Al día siguiente, me encontré con Malena y caminamos juntas hasta la escuela. Ahí le conté lo que había pasado el día anterior. Según ella, Alan me estaba usando para darle celos a la Milplis, ya que se rumoreaba que su relación no iba bien. No obstante, yo no lo creía capaz de hacer eso; él parecía un chico sensible. Además, ¿por qué me iba a elegir a mí para darle celos a su novia? Al lado de ella, yo era un 10 (en escala Richter).
Lo que pasó en la entrada me generó tantas dudas como ilusio nes. Llegó y con mucha confianza me saludó. Después me dio una bolsa. Adentro estaba el libro Orgullo y prejuicio. Nunca lo había leído, aunque sí vi la película.
—Es uno de los que me regaló mi abuela. Me pareció que, si te gusta leer libros de amor, tenías que leer este. Es un clásico enemies to lovers, y Elizabeth no es como las otras chicas.
—¡Guau! ¡Gracias!
—Yo no lo leí completo, me aburrió en el tercer capítulo. Espero que a vos te guste. Y, si no te gusta, lo regalás.
De pronto, apareció Helena. Parecía loca. Mi posibilidad de ha blar con Alan en el patio del colegio había desaparecido; pero yo estaba feliz. Ella le gritaba, Alan apretaba los puños.
—¡Pará, loca! ¡Le regalé un libro nada más! —gritó por fin.
—¡Yo soy tu novia! ¡LOS LIBROS ROMÁNTICOS SON PARA MÍ!
—¡Pero si no te gusta leer!
Malena insistía en irnos, pero yo no quería perderme nada de lo que estaba viendo. Durante su pelea, apareció una sonrisa en mi rostro. La Milplis lo notó y me increpó.
—¡Escuchame una cosa! ¡Alan es mi novio! ¡Él es mío! —me gritó.
Nunca la había visto tan sacada. Algunos se dieron vuelta y em pezaron a rodearnos. Escuchaba murmullos, pero la adrenalina no me dejó descifrar lo que decían. Ella empezó a caminar hacia mí y yo me alejaba, cubriéndome con el libro. Me empujó y Malena se puso en el medio. En ese mo mento, su instinto de supervivencia apareció y se quedó congelada. Por suerte Alan agarró a su novia del brazo y la tiró para atrás.
—¡Tranquilizate! ¡ESTÁS LOCA!
Siguieron gritando, daban miedo, estaban sacados los dos. Malena me empujaba para irnos, pero yo estaba inmóvil. No entendía lo que pasaba. ¿Helena estaba celosa de mí? ¿Me consideraba una amenaza? ¿Era verdad lo que decía Malena? Alan quería darle celos a la Milplis ¿CONMIGO? ¿Me estaba usando?
La idea de él peleando con su novia por mí me llenaba de alegría. Después de todo, de todas las chicas que había para ponerla celosa, me había elegido a mí. Y él era el crush de muchas. De todas las opciones, ¿yo era la mejor? Mi autoestima subió y sonreí. Por fin aparecieron los preceptores y se los llevaron a dirección. Fueron los cuatro minutos más largos de mi vida. La adrenalina que sentí me dejó temblando, pero con una sonrisa.
Cuando entramos al salón, apareció Guille. Relajado, como si nada, sin entender por qué había tanta gente mirando para nuestro lado. Suspiró y se quejó con nosotras.
—¿Siguen con eso? Sí, hablo con una de 22, ¿y?
—No todo gira alrededor tuyo, Guille; hoy van a hablar de Ali cia. Lo sabrías si hubieras venido con nosotras.
No sabíamos nada de él desde ese numerito que hizo. No nos gustaba esa actitud de ofendido, pero aseguró que se le había pasado. Lo pensó mejor mientras trabajaba en el merendero esa mañana, y se calmó. Tuvo que ir porque Cris necesitaba ayuda con el festival de Pascuas.
Nos contó un poco más sobre Lucero. Estaba estudiando administración, trabajaba home office y alquilaba un departamento junto con su hermana mayor. Estuvieron juntos toda la mañana y habla ron mucho. Consiguió su celular y no sabía qué escribirle. Estaba con su chat abierto, pero no se le ocurría qué poner.
WhatsApp tenía la tilde azul para marcar el visto. Si hubiese tenido una roja para decir “Mira el chat con cara de tonto”, la tilde hubiese estado color sangre. Decidió escribir “Hola, ya llegué al co legio”. Después salió del chat, bloqueó el celular y lo guardó como si una moto hubiese pasado por al lado. Nos empezamos a reír y se enojó (otra vez). Después reaccionó.
—¡Ah, cierto! ¿Por qué te están mirando?
Le contamos lo que había pasado. Él estaba incrédulo y se la mentaba un poco de no haber llegado antes.
—Yo sí hubiese prestado atención a lo que decían los demás.
—¡Mentira! ¡Hubieses buscado al preceptor!
Él se rio y confirmó mi teoría. Con Malena opinamos que la Milplis era una tóxica. Guille odiaba ese término, pero sí estuvo de acuerdo en que no se podía estar con una persona tan controladora.
—Además, no creo que por regalar un libro esté haciendo una declaración de amor. Después de todo, Cris te regaló uno.
Su observación bajó de un hondazo mis ilusiones. Él se dio cuenta de eso e intentó arreglarlo.
—Es una buena manera para empezar a conversar con una per sona, pero creo que es buscarle muchas vueltas al asunto. Tratá de no hacerte muchas expectativas. Y cuidado con esa piba, está loca.
Por desgracia, no pude alejarme de ella por mucho tiempo. Esa semana, el profesor de Política, Barrios, eligió trabajar en conjunto con la vieja de Lengua. Ella nos había pasado la película, él iba a coordinar el debate.
Yo no presté mucha atención a la clase. Pensaba en Alan, el libro que me había regalado era muy intenso. Estaba segura de que me intentaba decir algo. Cuando Barrios cambió el tono de voz, me trajo de vuelta al mundo real.
—No. Con esto no estoy diciendo que dejen de consumir este tipo de películas, sino que deben tener un consumo crítico de ellas.
—Profesor, ¿qué sería un consumo crítico? —pregunté. —Lo primero que tenemos que tener en cuenta es que las pelícu las, el teatro, las series, las novelas NO ESTÁN PARA EDUCAR. SON ENTRETENIMIENTO. Los directores, actores o escritores no dicen “me gustaría que mi público siguiera el camino de mis personajes”. Si no, el creador de Hannibal estaría loco.
—Bueno, es Stephen King —señaló Guille.