El Viernes Santo fuimos a un festival medieval al que Male que ría ir hacía rato. Ella se había vestido para la ocasión. Como siempre, su disfraz era excelente; realmente parecía una hermosa elfa. Estaba tan bien hecho que incluso unos nenes le pidieron fotos con ella en la estación. Yo ya sabía que, por mi parte, iba a desentonar; estaba como para ir a ver un partido contra nuestro clásico: Huracán.
Mientras caminábamos, Guillermo se quejaba porque nuestros compañeros siempre le preguntaban por Lucero y hacían comenta rios desagradables.
—Es una chica muy hermosa; si la ven los del colegio, vas a ser Dios —opiné.
—¡Mujer! Es una mujer hermosa —recalcó Malena—. Una hermosa delincuente.
Guille se limitaba a revolear los ojos. Yo preferí no dar mi opinión, la única que hablaba era Male, pero lo cansó con su último comentario.
—¡Encima este es un blandito!
—¡Sé lo que hago, no jodas!
Para mí, Malena tenía razón: Guille estaba en desventaja con respecto a Lucero. Aunque habían sido solo mates en un primer momento, rápidamente se convirtió en sexteo. Si avanzaban así de rápido… ¿Qué iba a ser de Guille cuando ella se aburra? No lo creía capaz de estar con alguien sin engancharse, mi amigo no tenía ese perfil.
Ellos empezaron a elevar la voz y me puse nerviosa. Empecé a enredar mi índice en mi pelo y a rechinar los dientes. Si decía lo que pensaba, Guille se iba a enojar y se iba a ir. Pero si me ponía de su lado, Malena iba a gritar y, probablemente, se iba a ir. Ya estábamos en Capital, no tenía ganas de volver.
Quería cambiar de tema, pero en mi cabeza no había ni un solo comentario para escapar de esa situación. Tenía vagas ideas, desordenadas, caóticas como el subte al que estábamos por subir. Así que dije lo primero que pensé.
—Hay mucha gente.
—Sí, Alicia, como si fuese feriado —se burló Male, y Guille se empezó a reír.
Me cargaron un rato y logré que dejaran de pelear. Combinamos el subte, bajamos en Palermo y caminamos por la ciudad. Ese Viernes Santo había convocado mucha gente. Para cortar camino, cruzamos por los bosques de Palermo. Seguía tan lindo como siempre, un pulmón verde entre tantos edificios que invadían la ciudad gris. Y, como todo lindo día, estaba lleno. Había muchas personas andando en bicicleta, karting y rollers. Pasamos por la zona donde las bicicletas y patinetas lucían sus piruetas. Miré a sus conductores esperando encontrar esa cara familiar. De lejos, un pibe miraba para nuestro lado.
—No es él —dijo Guille—. No todos los que van en bicicleta son Alan.
—No te ilusiones —me aconsejó Malena.
—Tené cuidado. Sos muy buena para ser el segundo plato de nadie —advirtió Guille.
No contesté lo que tenía en la mente porque era darle el pie a Malena para que hiciera un segundo sermón. Sin embargo, les recordé algo.
—¡Pero se peleó con la Milplis!
—Entonces el puesto de segunda va a estar vacante —señaló Malena. S
uspiré. La verdad era que, desde esa semana, yo no podía dejar de pensar en Alan. Todas las caras de la calle tenían algo que me recordaban a él. ¿Qué podía hacer? ¿Empezar a hablarle en la escuela? ¿Qué te mas de conversación tendríamos en común? Había terminado de leer el libro que me prestó. Sin embargo, a él le había aburrido, así que no iba a interesarse. Aunque en mi mente estaba la idea de que me lo había dado para volver a hablarme.
Lo único que sabía sobre bicicletas era transportarme. Yo tenía una, pero ya no tenía con quién andar, así que la había dejado tirada. Me aburría andar sola. Ese era otro dato que podía comentar. Pero ¿por qué le interesaría? Sí, daba el pie para una invitación a salir, pero no sabía cómo encajar esa conversación.
—Dale, el lunes caemos los tres en bici y nos habla de curioso nomás.
—Guille, ¡sos un genio!
—Era una joda.
No me importaba nada. Sí, daba cringe. Sí, era obvio que quería mos llamar su atención. Sí, estaba arrastrando a mis mejores amigos en esto. Sí, era una buena idea.
Si Alan se acercaba para hablar sobre mi bici, podía explicarle que la usaba con Lucas, pero ya no nos veíamos y no me gustaba andar sola. Entonces me preguntaría si Lucas era mi novio y yo respondería que no, que era mi hermano, que se fue de casa. Y la conversación seguiría hasta que me invite a salir. Pero no podía hacer esa jugada sin ayuda de mis amigos. No tenía sentido decir “no me gusta andar sola en bici” y llegar así al colegio.
Ellos primero se negaron; era muy evidente mi intento de llamar la atención. Cada uno tenía su objeción. Para Guillermo, que vivía en un barrio con calles adoquinadas, no era cómodo andar en bici cleta. Ni siquiera era de él, era de su hermana mayor. Por otro lado, Malena tenía una bicicleta nueva y solo la usaba para salir a pasear con sus papás al velódromo. Ella no quería que se arruinara dentro del colegio, junto a todas las que dejaban apiladas.
No fue fácil convencer a ninguno de los dos. Tenían buenos fundamentos, en especial, que yo hacía mucho que no andaba en bici. Apenas caminaba para ir y volver del colegio unas diez cuadras (y muchas veces usaba el colectivo). Mi vida era muy sedentaria, así que no me tenían fe de hacer más de cinco cuadras en bicicleta sin terminar con un respirador.
—Bueno, nos juntamos a practicar dando unas vueltas en la plaza de Lomas mañana. ¡Pero acompáñenme!
—Está cerrada. La están arreglando —dijo Guille—. Que sea en el Finky.
El Parque Finky era un clásico en Temperley; un espacio verde recuperado por los vecinos; un pequeño parque escondido atrás de la cancha de Temperley. Ese lugar invitaba a todo tipo de perso nas: ¿querías ir a tomar mates al aire libre con familia o amigos? El Finky te ofrecía un amplio prado con algunas mesas. ¿Querías ir a la plaza? El Finky te ofrecía espacios con juegos para chicos. ¿Querías entrenar? El Finky te ofrecía espacios con aparatos de en trenamiento. ¿Querías jugar a la pelota? El Finky te ofrecía cancha de fútbol y básquet. ¿Querías pasear, correr o andar en bici? Tenías la pista de caminata y bicicletas.