A pesar de todo, continuamos yendo en bici hasta que se volvió costumbre. Era nuestro nuevo pasatiempo. Los domingos se habían convertido en tardes de paseos, juegos y, dependiendo de la fecha, los partidos de San Lorenzo.
En la escuela, Alan solía saludarme, pero apenas hablábamos. Hasta que un día me pidió un mate.
Fue a mediados de mayo. Llevamos mate y tortas fritas ya que el frío había aparecido. Cuando nos ordenamos para comer en el recreo, varios de nuestros compañeros se acercaron. Malena los echó sin mucho problema. De pronto, mi voz favorita apareció.
—¿Me convidás uno?
Nunca fui tan feliz de estar cebando. Con torpeza le di uno y lo invité a sentarse, a él y sus amigos, que estaban rodeándolo. Así conocí a Felipe y Esteban. Parecían simpáticos. Eran una buena dupla cómica. Entre chiste y chiste, se terminaron casi todas las tortas fritas.
—¡Pero qué muertos de hambre son! —dijo Alan—. El lunes nosotros traemos algo para comer, ustedes pongan el mate.
No lo podía creer, Alan había dicho que íbamos a estar en el recreo del lunes juntos. Me quedé sin habla. Sentía que el lunes no llegaba más, necesitaba que fuera lunes y Alan todavía estaba al lado mío, esperando que le agarrase el mate.
En el salón, mis amigos y yo hablamos. Para mí, Alan no parecía interesado. Malena opinó que estaba interesado en las tortas fritas, pero que eso era un comienzo. Guille era un poco más optimista. No creía que yo le gustara, pero sí que parecía intrigado por mí.
—A ver, él sabe muy bien que vos estás enganchada con él, como la mayoría de las chicas del colegio. Pero algo de vos le llama la atención, por eso se acercó. Creo.
—¡Ay, chicos! ¿Qué me pongo el lunes? —dije.
—¡No! ¡Mala idea! —dijo Guille—. Ya sabe que te meás por él y está tratando de conocerte. No te disfraces. Te habló cuando tenías jogging, ¿para qué cambiar ahora?
A partir de ese día, nos empezamos a juntar en algunos recreos para tomar mates y comer galletitas. Una tarde, Alan hizo brownies y salieron muy bien. Felipe le suplicaba a Guille que le contara sus trucos para conseguir mujeres de arriba de veinte años. “Si no lo mandé a la mierda es porque Alan se está acercando”, me dijo un par de veces. Pero no podía iniciar una conversación con él a solas, no sabía cómo ni cuándo ni nada.
Una tarde, mientras hablábamos de películas, pude meter el comentario de que había terminado Orgullo y prejuicio. La verdad era que me había gustado mucho más que la película. El libro explicaba mucho mejor los conflictos y subconflictos de los personajes.
—Me dijiste que es un clásico enemies to lovers, pero no lo creo.
—¿Cómo no? ¡Es un clásico!
—Sí, pero es mucho mejor que una historia entre dos que se odian y luego se aman. Hay muchas preguntas. ¿Cómo vemos el mundo? A partir de nuestras vivencias, nuestros prejuicios. ¿Y qué es el orgullo si no una manera de protegerse de lo desconocido? El orgullo se convierte en… no sé, un escudo. Lo usamos para no dejar que lo nuevo nos lastime, igual que los prejuicios, que nos permiten formarnos ideas para anticiparnos a lo que nos puede herir. Pero hay que bajar esos escudos para tener una relación. Y es difícil, es complicado bajar la defensa y dejar que otra persona entre a tu in timidad. Sobre todo, si ya tenés una idea sobre esa persona, o sea, un prejuicio.
Quedamos un rato en silencio. Mis amigos miraban a los tres nuevos con una sonrisa.
—¿Hiciste brownies locos, Alan? —preguntó Esteban.
—¡Sabés que no hago esa mierda! —respondió Alan y después me miró a mí—. No lo había leído de esa manera.
El timbre sonó y nos fuimos. Alan nos acompañó hasta el salón. Me dijo que quería escuchar más sobre el libro. No pude explicarle mucho, la profesora lo echó. En el siguiente recreo, Alan me fue a buscar a la puerta del aula. Él me empezó a hacer preguntas sobre lo que había leído y se que daba escuchando con atención mis largas respuestas. No opinaba, solo me miraba fijamente. A veces abría la boca como para decir algo, pero se arrepentía y dejaba que yo siguiera con mi monólogo.
—Creo que te está yendo bien —comentó Guille cuando volvi mos al aula.
—Pero si apenas me habló.
—Creeme, vas bien.