Unos días después, nos juntamos en mi casa antes de ir al cole gio. Guille quería hablar a solas: el día anterior había tenido proble mas. Decidimos juntarnos a hacer galletitas.
Malena llegó antes. Mientras hacíamos la mezcla, pensábamos en qué le podría haber pasado a nuestro amigo. ¿Su familia se ha bría enterado de su “relación” con Lucero? Estar con ella era jugar a las escondidas. Ni siquiera Cris lo sabía y, desde siempre, Guille le contaba todo.
—Ella todavía no cometió ningún delito —dije.
—Ayer se encontraban en su departamento, ¿en serio pen sás que no?
—Entonces no habría tenido problemas. Al menos que los ha yan descubierto.
—Tal vez la hermana de Lucero los vio.
—Ella sí lo sabe, pero no le interesa.
—Si el que se enteró es su papá, no sería un problema. Él, como mucho, estaría confundido porque está convencido de que Guille es gay.
Seguimos pensando qué podría haber pasado hasta que él llegó. Se lo oía más tranquilo que cuando nos llamó, así que imaginé que había sido su papá el que se había enterado y tuvo que pasar por la vergüenza de hablar sobre sexo con su padre. Preparó mate y explicó que estaba más relajado desde que había hablado con Lucero un rato antes.
—¿Se pelearon? —pregunté.
Guille tomó el primer mate. Lo escupió y explicó
—Bueno, ayer fui a su departamento. Su hermana no estaba y…
—¿Debutaste? —preguntó Malena.
—Era la idea, pero… Nos besamos, iba bien y… ¡Ay, es tan humillante!
Guille se ponía rojo con facilidad, pero en ese momento abusó de su capacidad. Era la primera vez que mostraba vergüenza con nosotras. Tartamudeaba, no nos quería mirar, incluso parecía estar a la defensiva.
Era entendible, nosotras podíamos ser sus hermanas de la vida, pero no dejábamos de ser mujeres. No se me ocurría qué decirle. Por lo que me había dicho mi mamá, era algo normal. Me había advertido que no me sintiera mal conmigo ni me riera si alguna vez estaba en esa situación, que tuviera empatía. Sin embargo, nunca me explicó qué podría hacer si un amigo me contaba eso.
—¡Tranquilizate! Mi mamá dice que es normal.
—Lucero me dijo lo mismo.
—Tal vez estabas nervioso o ansioso…
—Eso dijo ella. Lo malo fue lo que hice después. Le dije que necesitaba aire, así que me vestí. Y salí al patio. Y después me fui sin avisarle.
—¿¡Por qué!?
—¡No sé!
—¡Ey, no es tu culpa! —intervino Malena—. Además, ella se lo merece, por meterse con un pendejo.
—No empieces, por favor. Hablé con ella recién y me dijo que estaba bien, que le podía pasar a cualquiera, pero que no me volvie ra a ir sin avisarle.
—Bueno, ya lo hablaron. No veo el problema. Te lo explicó ella, le puede pasar a cualquiera —dije.
—¡Sí, pero me pasó a mí! Ustedes no entienden. ¿Dónde está Lucas cuando lo necesito?
—Me lo pregunto varias veces, Guille —dije.
Estaba segura de que mis amigos sabían lo que extrañaba a Lu cas, aunque nunca lo hablamos. Malena retaba a Guille con la mirada. Él tenía esa cara que ponía cuando quería apretar el botón de “deshacer”, pero se acordaba de que en la vida real esa opción no está, y cada palabra y acción que se hace no se revierte. De pronto, el silencio se adueñó de la cocina. Solo se escuchaba el ruido del mate al terminarse.
El ambiente se había puesto incó modo, así que decidí matar a Harpócrates.
—Ya quiero que Alan pruebe esto.
—Mirala, ya se cree la señora Marques —señaló Male.
Entre los dos me hicieron bromas, pusieron apodos y pudimos volver a la normalidad.
Después de almorzar, fuimos al colegio. Yo solo podía pensar que en el primer recreo iba a ver a Alan otra vez. Y así fue. Los tres amigos se acercaron con unas porciones de bizcochuelo.
—¿Qué onda? ¡Hoy cumplo 18! Así que les traje torta —dijo Felipe—. Ya tengo edad como para salir con alguna de tus amigas, Guillermo.
—Si tanto te interesa una chica mayor, ¿por qué no buscás en otro lado? No sé, en la facultad. ¡Ah, cierto! Repetiste tercer grado y por eso con 18 años seguís acá —contestó Guillermo.
—-¡Uhhh…! —gritaron Alan y Esteban.
Felipe agarró el mate y se cebó uno. Después habló:
—Encima que los quiero invitar a mi fiesta, este me insulta.
—Nos invitás a tu fiesta de 18… ¿por qué? Apenas nos conoce mos —preguntó Male.
—Hacen buenos mates.
—¿Nos invitás para que cebemos mate? ¿En una fiesta de 18? —insistió Malena.
Felipe rio y se pasó la mano por el pelo hacia atrás. Entonces me habló directamente a mí.
—La verdad es que cancelaron mis primos de San Juan; así que hay cinco lugares libres. Y, como dijo Alan, ustedes son flama.
—Si no van a estar cómodos, no hay problema —dijo Alan, me miró y siguió—. Pero sería una pena que no fueran.
—¿En dónde? —consulté.
—¿Vieron ese salón que está sobre Alsina, que es muy lindo con todo un parque adelante? —preguntó Esteban.
—Sí —respondió Male.
—Ahí no porque es muy caro —dijo, mientras sus amigos se llevaban la mano a la frente y nosotros reímos—. En el club de jubilados que está a seis cuadras del colegio.
—Es fiesta de disfraces —aclaró Felipe.
Mis amigos me miraron. Yo estaba con una sonrisa de oreja a oreja. Sentía que mi corazón latía muy rápido. Estaba roja, pero no sabía de qué disfrazarme. Literal y metafóricamente, no encontraba cómo disimular mi ansiedad. Seguro muchas chicas iban a estar rodeándolo, chicas lindas. ¿Cómo me iba a vestir para que me mire?
Esa noche le conté a mi mamá cuando llegó a casa. Estaba sorprendida, nunca le había hablado de chicos y de problemas con la ropa. Ella estaba encantada, aunque nunca supe si porque mostraba interés en un chico o porque le contaba algo de mi vida. Tal vez, las dos.
—Eso sí, hija, no lleves tu bolso.