El cumpleaños llegó. Tuvimos que ir temprano a la casa de Malena para que nos disfrazara. Se notaba que estaba feliz: por fin podía disfrazarnos.
Guille quedó igual a Légolas, su personaje favorito de El señor de los anillos, libro de su autor favorito. Malena era muy dedicada a sus disfraces, así que le planchó el pelo con un antifreeze. El pelo planchado le quedaba más largo aún, por debajo de la cola. Después le hizo las trenzas típicas de ese personaje. Era un cosplay perfecto. Se notaba lo artesanal, pero él había quedado casi igual, solo que con telas en vez de paño.
—¿Cómo lo hiciste tan rápido? —preguntó.
—Fue bastante fácil, tenés el mismo talle que mi papi, así que las calzas y la camiseta te las presta. Después, la túnica es una pavada de hacer. Y los accesorios son recuerdos.
—En serio, deberías dedicarte a esto.
—No, es un hobby. O un hobbit, ja, ja.
Después me tocó a mí. Sabía que planchar mi pelo era en vano, pero me puso brillo. Después me puso un vestido suelto negro con un escote redondo y un tajo en el costado izquierdo.
—Ahora no respires —dijo y me ajustó un corset negro con detalles dorados—. El corset es de mi madrina, así que cuidalo. El poeta medieval tenía razón, el dorado te queda muy bien. Aunque tu aura es de cazadora, no de realeza.
Después me puso una caperuza arriba y me prestó su arco. Yo estaba muy nerviosa.
—¡Ay, amiga, me muero de vergüenza!
—¡Dale, está genial! —me dijo mientras agarraba su ropa y se iba al baño.
Quedamos en la pieza solos Guille y yo. Nos mirábamos en el espejo. Los disfraces estaban excelentes. Me puse a pensar que, qui zás, no era mala idea usar ropa de mi talla. Después me di vuelta para mirar a Guille. Nunca lo había visto así, no me había dado cuenta de lo parecido al elfo que era. Nos miramos a los ojos y sonreímos.
—Te va a ir bien —dijo apretándome el hombro—. Vos tranquila.
—A vos también. Después de todo, con Lucero no hay nada serio.
Sonrió y miró al piso.
—Lo mismo me dijo ella.
—¿Qué tal? —dijo Malena e hizo una pose.
Tenía un pantalón negro, roto, y una cadena como cinturón, una musculosa al cuerpo con una “A” de “anarquía” (pero al revés). Usaba mitones negros de cuerina. Además, una campera roja ajustada con capucha. Su cuello tenía una cadena con un candado.
—¿Por qué no te disfrazaste de estilo medieval? —pregunté.
—Porque quise homenajear a mi clan —respondió—. Ahora, ¡maquillaje! ¡Necesitamos base y delineadores! Rímel no, con ustedes es un desperdicio.
No pudimos negarnos, tantas veces quiso hacerlo y nunca la dejamos. Más que el cumpleaños de Felipe, parecía el de Malena. Después de la base, el delineado, la sombra, las armas, las fotos y las historias, nos fuimos a la fiesta. Habían pasado dos horas y media, nunca había tardado tanto en cambiarme. Pasé de ser una hincha del cuervo a una cazadora medieval, con arco y flecha.
Una hora después, llegamos al frente del club. Yo estaba muy nerviosa. Había muchas chicas, altas, hermosas, usando tacos, maquilladas, con disfraces que no dejaban nada a la imaginación. Sentía que todas iban por Alan. Quizás me había vuelto un poco obsesiva.
—Tenemos que entrar… —dijo Malena.
—Dale, estás muy linda. Si no te mira él, te va a mirar otro —comentó Guillermo.
Según él, Alan era un capricho. En la fiesta seguro iba a haber muchos chicos y me iba a olvidar de él. Estaba muy equivocado.
Entramos y nos llevaron a nuestra mesa, la mesa cinco.
Era verdad lo que nos había dicho Felipe, la mayoría eran desconocidos. Había unas cuatro personas de sexto. Según los nombres de las mesas, la mayoría de sus amigos eran del club o del conservatorio.
—No sabía que tocaba la guitarra —comenté.
—No sabía que hacía fútbol —agregó Guille.
—Es verdad, para eso necesita ser responsable y él no parece serlo —comentó Malena.
—Cuando le conviene, es responsable —dijo una voz de mujer que desconocía.
Al darnos vuelta, encontramos a Lili y Eva, las Novias de Quinto.
—Ah, hola. Soy…
—Alicia, Malena y Guillermo —comentó Lili—. Compartimos fama en Instagram.
Nos reímos. Las Novias de Quinto, Eva y Lili, eran otras protagonistas de las cuentas de escraches. Nuestros compañeros solían subir fotos riéndose de su noviazgo. Por suerte, ninguno de los que nos molestaban del colegio estaba presente.
Ellas y mis amigos empezaron a hablar, pero yo buscaba a Alan entre la multitud.
—Va a llegar más tarde —advirtió Eva.
—¿Qué? —pregunté
—Sos una de las chicas bicicleta, así que buscás a Alan —respondió.
Me puse roja. ¿Era tan obvio? Maldecía el momento en el que se me había ocurrido usar la bici para ir al colegio.
—No te preocupes, yo empecé a ver La casa de papel para sacarle temas de conversación a Lili —dijo Eva y miró a su novia—. Se hacen locuras por amor.
Hablamos de todo un poco, nos reímos bastante e intercambiamos redes. Ellas no tenían muchos amigos en el colegio. Las chicas creían que podían enamorarse de ellas y los pibes solo querían verlas besarse. Así que buscaron amistades por otros lados.
De pronto, se apagaron las luces. En una pantalla comenzó una cuenta regresiva y, cuando dio 0, tiraron papeles por los costados de la puerta. Alan y Esteban, vestidos de escuderos, traían alzado de las piernas a Felipe, que se había disfrazado de rey. Se acercaron sus otros amigos y lo levantaron en el aire un par de veces. Luego lo bajaron, abrazó a la gente y se sacaron un par de fotos.
Después vino con nosotros. Estaba contento porque habíamos ido. Le dimos en efectivo lo que hubiésemos gastado en un regalo. Nos dio un abrazo y agradeció como si fuéramos amigos de toda la vida.
—¿Se dieron cuenta? ¡Mesa cinco porque solo invité a cinco personas de quinto! ¿No soy un genio? —dijo y se fue corriendo.
Luego, abrieron la pista. Sus escuderos nos saludaron y lo si guieron. Alan me sonrió y yo sentí que me temblaban las piernas. Después dejé mi arco y los tres fuimos a bailar. La música no estaba mal.