Llegamos a las seis de la mañana a la casa de Guille. En su pieza nos pusimos al corriente. Primero habló él. Si bien su tarea era “distraer” a Ela, ella parecía interesada.
—Bueno, ella me habló de un tal Pancho y le expliqué que no parecía una relación sana. Tampoco parecía una relación; el tipo la esconde todo el tiempo porque tiene miedo de que lo traten de maricón si los ven juntos.
—Igual no se le nota que es una chica trans —señalé.
—¡Alicia! ¡Eso no tiene nada que ver! —me corrigió Malena—. ¡Ser trans es parte de su identidad y su pareja tiene que aceptarla! ¡No digas esas cosas! ¡Es ofensivo que se diga que una chica trans es más o menos mujer por cómo se ve!
De pronto, se escuchó un golpe en la pared del lado de la pieza de los padres de Guille. Nos quedamos un rato en silencio.
Yo me avergoncé un poco por mi comentario, pues muchas ve ces habían cuestionado si yo era realmente mujer por cómo me ves tía. ¿Estaba siendo tan horrible como lo eran Emilio y Segundo? La idea me asustó, pero por suerte Guille continuó la historia, bajando la voz, por supuesto.
—Me contó que hoy se habían peleado porque ella subió una foto con él y se puso como loco. Dice que se arrepiente de haber dejado a Esteban, él nunca la vio como hombre a pesar de conocerse desde antes de su transición. Pero ella cree que ama a Pancho, según me explicó. Yo le dije que las relaciones humanas se basan en el respeto y ese tal Pancho no respetaba. Y que no use a Esteban, que no es un juguete. Ahí fue cuando se puso a llorar.
—¿Estuvieron toda la noche hablando de eso? —preguntó Malena.
—Bueno, después le hablé de mi relación con Lucero. Lo quise usar como ejemplo de relación respetuosa y ella me dijo que tampoco parecía serlo.
Con Malena nos empezamos a reír. Sentimos otro golpe en la pared.
—¿Y no pasó nada? —pregunté.
—Me intentó besar, pero yo la esquivé. No soy el juguete de nadie.
Con Malena nos miramos y él se enojó.
—¡NO SOY JUGUETE DE NADIE!
Se volvió a escuchar que le pegaban a la pared así que, por un rato, no abrimos la boca. Luego me pidieron que contara qué había pasado, pero yo quería hablar al final. Así que empezó a hablar Malena.
Ella no explicó mucho más: era un chico que había cumplido 15 años la semana anterior y le regalaron el viaje a Buenos Aires. Primero le pareció interesante: también jugaba rol, escuchaban la misma música, ambos pensaban trabajar como desarrolladores de videojuegos, así que tuvieron mucho de qué hablar.
Además, le gustó que no se intimidara para encararla. El problema fue después del primer beso. La conversación escaló de “podemos intercambiar material sobre desarrollo de videojuegos” a “a mis 18 vengo a vivir a Buenos Aires”.
—No me asusté, él va a venir a estudiar cuando termine la secundaria. Pero cuando me dijo que nuestros hijos serían lindos, me aterré.
Fue gracioso, pero aguantamos la risa para no escuchar que le pegasen a la pared otra vez. Malena susurró de manera imperativa.
—Ahora lo que queremos escuchar, no dijiste nada en el auto, empezá a hablar. Les conté todo lo que había pasado en la fiesta, lo feliz que estaba y, entonces, una duda apareció en mi mente.
—¿Qué hago ahora?
La fiesta estuvo bien, mi sueño se había hecho realidad. Cada momento que viví con Alan me gustó, me sentí completamente feliz. Que me diera su celular era parte de mi sueño, pero ¿qué hacer después? ¿Cómo seguir? ¿Esperar que me escriba? ¿Escribirle yo? ¿A qué hora? ¿Qué le escribiría?
—Tranqui, respirá. Seguro ahora está durmiendo. Escribile des pués de las tres, si no te escribió para ese entonces. No muy temprano ni muy tarde. Es domingo, un día para dormir.
Guille siempre trataba de contenerme, pero solo me dejó más ansiosa. Ahora tenía nuevas cosas en la mente. ¿Si no me respondía era porque dormía o porque no le había gustado? ¿Cómo podría es tar segura? Me empecé a rascar la nuca hasta que Guille me agarró la mano:
—Si no le hubieras gustado, no hubiese estado toda la noche con vos, ¿no?
—Guille tiene razón, ¡disfrutá lo que pasó esta noche!
Sus palabras me relajaron. Era verdad, la noche había sido perfecta y nada podía cambiarlo. Excepto los golpes a la pared que nos hicieron cerrar la boca e irnos a dormir.
La venganza llegó a las 9 de la mañana. La mamá de Guille nos despertó con música de Sumo a todo volumen. Escuchar a Luca era hermoso, pero “El ojo blindado” después de dos horas de sueño era terrible.
Sin embargo, a Guillermo no se le movía un pelo. Malena y yo lo zamarreamos.
—¿Cómo podés dormir con este ruido?
—La costumbre —dijo sin abrir los ojos—. Esta es su venganza desde que mis hermanas empezaron a ir a bailar.
Agarré mi celular. Tenía un mensaje de Alan: Hola linda, ¿cómo estás? Me voy a dormir, espero que me escribas cuando despiertes. Me lo había mandado a las siete y media. No podía creer lo que estaba leyendo, tanto pensar la noche anterior qué decirle y no hizo falta: me había escrito él primero. Grité de emoción, los chicos festejaron y apareció la mamá de Guille en la puerta.
—Bueno, ya que se despertaron con energía, vayan a la panadería a comprar un kilo de pan para la salsa del mediodía.
Después de vestirnos, salimos. Guille entró al perfil de Felipe y había algunas fotos que nos delataban. Malena salió bailando con el primo del cumpleañero en unas cuantas fotos, pero no había nada explícito. Alan y yo salíamos en dos. En una estábamos abrazados. En otra, de fondo, nos estába mos besando. Había varias reacciones, entre ellas, gente de nuestro quinto. Guille sonreía y se acariciaba la pera.
—Mañana va a ser un día interesante.
—¡Me muero de vergüenza! —admití.
—¿Vergüenza, vos? —dijo Malena—. ¡Yo aparezco bailando con uno de 15 que parece de 13! ¡Me quiero morir! Vos, querida amiga, vas a ser una ídola.
No estaba segura de querer eso, yo solo quería estar con Alan. Prefería pasar desapercibida, pero si iba estar con él, eso iba a ser imposible.