Definitivamente es complicado

PRIMERA PARTE - CAPÍTULO 12

El viernes acompañamos a Guille al merendero. Alan se disculpó, pero dijo que no podía sumarse. Me pareció raro, pero supuse que iba a encontrarse con sus amigos de Escalada.

Cuando entramos, había más desorden de lo habitual. Ordenamos y nos fuimos. Caminamos hasta la esquina y apareció Alan. Estaba muy lindo: se había peinado, estaba de camisa y jeans. Su bici no estaba.

—Quiero invitarte a jugar y cenar, ¡vayamos a Adrogué!

No estaba cómoda dejando a los chicos solos. Además, no estaba vestida como para salir. Sin embargo, él insistía en que estaba preciosa y quería llevarme a pasear. Ni siquiera estábamos cerca del departamento para cambiarme. Él insistió y terminé cediendo. Después de despedirme de los chicos, le escribí a mi mamá para avisarle que no iba a cenar. Luego fuimos al shopping de Adrogué.

—Yo invito, papá me dio plata por aprobar un examen.

Me reí. Si me pagaran por cada examen aprobado, tendría mi propio banco.

—Además, aprobé porque me ayudaste, así que parte de la plata es tuya.

Cuando llegamos, estaba lleno. Me pidió hacer una parada antes de comer: quería sacarse fotos en la máquina instantánea. Después de eso fuimos al patio de comidas y pedimos una parrilla para dos. La idea era jugar en el patio de juegos después, pero nos pasamos un buen rato hablando.

—¿Ajedrez? Nunca tuve paciencia para esas cosas que te gustan.

—¿Por qué lo decís?

—Bueno, el ajedrez es un juego que puede durar horas. Y el fútbol… ¿90 minutos y el resultado puede ser 0 a 0? ¡Dios! ¿Cómo a la gente le puede gustar eso? Prefiero el básquet, ahí sí que puede cambiar todo en segundos.

¡Básquet! ¡Justo eso tenía que decir! Él me contaba las jugadas que hacía y yo no entendía ni la mitad. Me habló de cómo eran un grupo de tres, pero parecían cinco en la cancha y los otros dos estaban de adorno. A veces la profesora los separaba para que no hubiera desventajas en los equipos.

—¿No tenés a González? —¡No! ¡Ese desastre queda en quinto! El año que viene tenés a Rosa, una genia.

Bueno, me quedaba menos de un año de humillación en gimnasia y después podía cambiar de docente. Pero no quería arruinar mi primera salida con Alan hablando de mi incompetencia física.

Era el momento de estar con el chico de mis sueños. Él me preguntó qué quería hacer. Sin vergüenza alguna, le dije “besarte”. Nos besamos hasta que pasó alguien de seguridad y nos ordenó que nos separáramos. Me dio vergüenza, así que nos fuimos al patio de juegos.

—Quizás pueda ayudarte un poco. No es lo mismo, pero se parece. Estábamos frente al juego de básquet. Pasó la tarjeta y cayeron tres pelotas. Se acercó el aro y Alan empezó a tirar. Entraron todas, hasta que el aro empezó a moverse, ahí erró dos tiros. Me quedé admirada por su manera de jugar, luego fue mi turno.

—Ahora te toca. Tratá de imitarme.

Agarré una pelota y me preparé para tirar.

—No, esperá. No pongas la mano así, no llevás una bandeja. Me hizo agarrar la pelota con las dos manos y pidió que apun tara al cuadrado. Lo hice, el tiro salió bastante bien, pero no la emboqué. Después de un par de intentos, metí una pelota. Entonces empezó a moverse. Me puse a gritar y tirar las pelotas a lo bruto hasta que terminó el juego. Alan se rio y pasó la tarjeta otra vez, se puso detrás de mí y me acomodó los brazos.

—Como cuando tocaste el aro. Pero un poco más fuerte.

Volví a intentar y me fue mejor: emboqué dos. Cuando empezó a moverse el aro se complicó, pero logré meter una. Salté de alegría y aplaudí. Alan me felicitó y me abrazó.

Luego fuimos a la otra punta. Ahí jugamos pinball, ambos éramos muy buenos, pero me ganó. Después pasamos por la máquina de peluches.

—Elegí uno —dije.

—¿Qué?

—Te quiero regalar uno.

—Bueno, el que te sea más fácil.

—¡Dale, elegí uno!

Miró un rato la máquina y señaló un gato negro. Estaba un poco tapado, pero sabía cómo sacarlo. Y así lo hice.

—¡Guau! ¡Qué suerte!

—¿Suerte? ¡Ja! Elegí otro.

Esa vez señaló uno que estaba más lejos, pero lo pude sacar.

—¡Guau! ¡Hacés que parezca muy fácil! —Miró los peluches y luego a mí—. Gracias, son muy lindos.

Pasamos por varios juegos y nos ganamos una pelota tirando latas. Después volvimos al patio de comidas: era hora del postre.Hablamos de nuestros pasatiempos. Cada cosa que me contaba de él me intrigaba más y más. Tenía una manera de ver la vida muy linda; para él la vida era un viaje en el que conocías gente con quien podías compartir ruta y luego, quizás, se abría y no la volvías a ver.

—Con mi papá nos vamos de vacaciones, pero siempre son los mismos lugares y no recorremos mucho. Por eso estoy ahorrando para viajar solo y conocer lugares nuevos.

—¿Tus amigos no te acompañan?

—No, Felipe sí quiere estudiar. Esteban también, pero no puede. Tiene que trabajar sí o sí, su papá no lo va a bancar; no puede. Es viudo y tiene tres pibes más chicos; así que Sistemas debe esperar.

Me sentí mal por él; por lo que se veía, tenía potencial. Y sabía por Malena que esa era una carrera cara, por más que la universidad pública la ofrezca. Sin embargo, otra idea apareció en mi cabeza.

—Entonces te irías… solo… en enero ya no te vería —afirmé con la voz entrecortada.

—¡Hey! Tranqui, a mediados de febrero vuelvo. Y falta mucho para enero. Perdón por hablar tanto, contame más de vos.

Comparado a lo que él me contaba, mi vida era bastante aburrida. Todo lo que me rodeaba me parecía ajeno. ¿Ayudar en el comedor? Iba porque ayudaba a Guille. ¿Ferias medievales? Iba porque acompañaba a Malena. ¿Andar en bici? Había empezado porque quería sacar un tema de conversación con Alan. ¿Cocinar? No me apasionaba. ¿Jugar truco? Solo con mamá y, a veces, con los chicos. Si yo me quedaba sola veía películas o fútbol. Quizás leía. En ese momento pensé que todos vivían mientras yo veía la vida pasar. Mi vida se resumía en ver tele, estudiar y…




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