—Hija, te saqué turno con tu ginecóloga.
Así nomás, sin un “buen día” sin un “¿cómo dormiste?” empezó mi mañana. Yo tenía mucho sueño para responder, solo la miré apenas pudiendo abrir los ojos.
—Es mañana por la mañana. Vas a faltar a gimnasia. ¿No estás feliz?
Yo seguía sin entender nada, me costaba seguir a mi mamá cuando se ponía acelerada. Ella había planeado mi martes y yo no había empezado el lunes.
—No está de más que consultes. Estás empezando una relación y tendrías que hablar con un profesional para que te dé una segunda opción de anticonceptivos.
—¿Segunda?
—Sí —dijo y puso una caja de doce preservativos en la mesa—. Este va sin falta.
—Mamá, necesito un mate, no preservativos.
—Le devolví la caja, pero ella la volvió a empujar para mi lado.
—Necesitás las dos cosas —insistió y luego me dio un mate.
Lo tomé mientras pensaba en lo que pasaba. Me daba miedo pensar en sexo todavía. Para mí tenía que ser un momento romántico. Sin amor, no me interesaba, y quería estar segura de que fuera recíproco. No quería confiarme. Hasta ese momento, parecía que Alan sentía lo mismo. Después de todo, él no se había insinuado para nada, ni siquiera ese sábado a la tarde que fui a su casa. Me invitó a ver una película porque su papá no estaba. Estuvimos acurrucados viendo clásicos del terror que yo nunca había visto. Pero… ¿Y si estaba actuando?
—Quiero estar segura antes de hacerlo. —¡Me parece perfecto! Igual vas a ir.
Ese martes, le mandé un mensaje a Alan para avisarle que no podía acompañarme a gimnasia porque no iba a ir. Me llenó de preguntas: ¿Por qué no vas? ¿González te maltrató? ¿Te sentís mal? ¿No querés verme? ¡Claro que quería verlo! ¿Cómo me iba a preguntar eso? Pero me daba mucha vergüenza decirle a dónde iba. Y más decirle que era para saber cómo cuidarme para no salir embarazada. Más aún porque nunca tocamos el tema. Al final, le escribí la verdad, pero un poco más amplia: Mi mamá me trajo al médico. No es nada grave, solo control.
Cuando entré al consultorio, me dio un poco de vergüenza. La doctora me conocía desde los trece, pero era la primera vez que entraba sola. La puse al día.
—Bueno, en estos cinco meses pasaron muchas cosas. No tenés que tener vergüenza, trabajo hace quince años de esto, no me voy a asustar porque tengas relaciones con alguien que no es tu novio. Por las dudas, te voy a hacer una orden para un laboratorio completo.
—Quiero esperar para estar segura de Alan.
—Entiendo, pero es mejor prevenir que curar. Lo sabés.
Por cómo hablaba del sexo, parecía que era una zona de guerra. No, relacionarte con alguien que te gustaba era la zona de guerra. Las dos decían lo mismo, “tenés que prepararte”. No importaba lo que iba a suceder, no importaba si mañana se terminaba todo, siempre había que prepararse. Siempre lista. Era una relación, no una amenaza nuclear.
Me ofreció un montón de métodos, algunos que no conocía. Lo malo era que todos tenían hormonas. ¿No había otra manera de prevenir hijos que no sea con hormonas? Sentí envidia de los hombres, solo tenían que preocuparse por una sola cosa: acordarse de comprar preservativos en la farmacia. O en un kiosco. Sin receta ni nada, venta libre.
De a poco fui aceptando mi destino de pollo criado para el cuchillo y me decidí por la inyección mensual. Si me aplicaba la inyección a tiempo, su efectividad era del 99 %. Además, iba a poder tener hijos sin problemas cuando quisiera.
Al salir fui directo a la escuela. Entré tarde, pero el certificado me justificaba todo. Les pedí a mis amigos que no dijeran donde había estado, en especial a Alan. A ambos les parecía tonto, pero respetaron mi decisión. Después de todo, era mi vida.
En el recreo nos juntamos todos. Alan me abrazó, me preguntó cómo estaba y qué me había dicho el médico. Le respondí que estaba todo bien, que no importaba.
—¿Pero tenés algo? ¿Por qué vas al médico de repente?
—No te preocupes, Alan, estoy bien.
—¿Por qué no me querés decir qué te pasa?
—Solamente fui a hacer una visita de rutina.
—¿Pero por qué de pronto?
—Porque mi mamá sacó turno sin avisarme.
—¿¡Pero por qué!?
—¡Porque así hace las cosas ella!
—¿¡Pero por qué no me lo podés decir!?
Los amigos pusieron cada uno una mano en cada hombro.
—Vamos a lavarte la cara —le ordenó Felipe—. Nos vemos en un rato.
Ellos se fueron al baño. Malena y Guille me miraron.
—¿Qué fue eso? —preguntó Guille.
—No sé —respondí—. Tal vez tendría que haberle dicho la verdad.
—Amiga… me dio miedo —comentó Malena.
—Tal vez piensa que tengo algo contagioso y se lo estoy escondiendo.
—Bueno, que se calme o lo calmo.
Ese comentario lo esperaba de Malena, no de Guille. Me asombró su repentina actitud.
Los otros tres desaparecieron todo el recreo, se internaron en el baño. Guille se ofreció a ir para escuchar qué decían, pero yo no quise.
En el recreo siguiente, Alan estaba esperando a la salida de nues tro salón. Quiso hablar conmigo a solas y me pidió disculpas. Me explicó que estaba preocupado por si tenía alguna enfermedad que me estuviera matando lentamente o solo falté a gimnasia para evitarlo. Para que se tranquilizara, le dije la verdad.
—Fue idea de mi mamá, no estoy pensando en eso todavía.
Alan sonrió y me besó.
—Perdón. Es que pensé que tenías algo como cáncer o, peor, que me estabas evitando y… bueno, en realidad vas al médico por mí.
No podía creer que pensara que lo estaba evitando. ¿Cómo podía dejar a alguien tan perfecto como él? No podía abandonar lo mejor que me había pasado en la vida. Pero tenía, además de vergüenza, miedo de que lo malinterpretara y creyera que yo quería algo más.
—Te juro que es porque mi mamá insistió, yo no quiero saber nada. O sea, me gustás mucho, pero no quiero tener relaciones… todavía. No quiero hacerlo con alguien que recién estoy conociendo.