El feriado de Güemes no lo dedicamos a hacer patria, sino a juntarnos con amigos para ir al bowling. Después de todo, ya no había realistas para matar.
Nos acompañaron las Novias de Quinto y Alan con sus amigos. La novedad era que iba a venir Lucero, quien nunca se juntó con nosotros más allá del merendero.
Nos encontramos en la estación de Temperley y, desde ahí, caminamos hasta el bowling. Guille nos mandó un mensaje diciendo que nos veía allá. Me sentía rara, siempre éramos los tres y, en ese momento, era un grupo, para mi gusto, multitudinario.
Llegamos y cargamos la tarjeta. Guille no llegaba más, así que empezamos sin él. Alan jugaba dos veces, una por él y otra por Guillermo. Lo mismo hizo Eva para cubrir a Lucero. Mi novio era muy bueno, incluso en los tiros que eran de Guille se esforzaba.
—Alan, estás jugando como Guille —observó Malena.
—¿Es bueno? —preguntó Felipe.
—Es bueno y, depende el día, es brillante —contestó Malena.
—Creo que hoy va a ser su día “brillante” —dije, y Male me dio la razón.
Después de cuatro vueltas, vimos a nuestro amigo llegar solo. Se lo veía de mal humor. Nos contó que Lucero se sentía incómoda entre tantos pibes. A Guille se lo veía molesto. Tal vez porque, siendo nosotros tres, ella sí hubiese venido. Pero como a último minuto se sumaron más, quizás se intimidó.
Se estaba poniendo los zapatos cuando, por primera vez, hice una chuza en el día. Después seguía mi amigo. Se paró y agarró una de las bolas.
—Es entendible, seguro que tiene más cosas para hacer que estar con un montón de pibes —dijo y tiró todos los pinos de una, con un sonido que indicaba tanto perfección como frustración.
No nos equivocamos, era uno de sus días brillantes. A diferencia de Alan, sus tiros eran todos perfectos.
—Si hubiese llegado temprano, haría un juego perfecto —comentó con una sonrisa de resignación en la cara.
Alan se sintió tocado, ya que, hasta ese momento, los tiros que no fueron perfectos los había hecho él. Entonces empezó a tirar con más fuerza. La competencia era entre ellos. Nosotros nos alejamos un poco, dejamos de hacer chistes y comentarios sobre cada uno. Terminó ganando Alan.
—No se vale, los tiros que no fueron perfectos fueron tuyos —le reclamó Guille a Alan.
—¿Querés revancha? —preguntó él, apretando los dientes y los puños.
—¿Juegan en la mesa de al lado? Porque nosotros venimos a reírnos un rato —intervino Malena, y los dos parecieron calmarse.
Decidimos ir al pool, chicos contra chicas. Ahí la competencia siempre era Malena vs. yo. Sin embargo, ahora éramos más, y Felipe y Alan decían ser muy buenos también. Declarado el desafío, jugamos.
Empecé rompiendo y metí dos bolas lisas. Los chicos empezaron con todo. Eva y Lili no eran buenas, pero se defendían bastante bien. Cuando Alan dejó la bola negra entre la única lisa y la blanca, pensó que ya habían ganado. Sus amigos lo vitorearon, pero Guille los frenó:
—Esto todavía no termina.
Dicho y hecho, hice saltar la bola y le pegó a la lisa. No entró, pero la acercó bastante al hoyo. Los chicos quedaron asombrados, me vitorearon, menos Alan, que prefirió insultar a mi madre. Seguía Esteban y metió la bola negra. Alan lo insultó, recordando que siempre que jugaban con él perdían por su culpa, que encima que le pagaban los juegos, él no aprendía. Esteban le respondió con más insultos y recordando que era él quien insistía para que fuera. Felipe los intentó controlar, yo no sabía qué hacer. Las novias empezaron a hablar entre ellas, felicitándose y recordando cuánto se amaban; estaban en otro mundo. Guille se acercó a nosotras y sugirió ir a devolver las cosas del pool. Eso hicimos y quedamos los tres solos.
—Yo no jugaría a nada con él —comentó Male.
—Es un poco agresivo —opinó Guille.
—Es que no le gusta perder. Es muy competitivo. Yo también soy así —lo defendí.
—Pero no te lo tomás personal —dijo Guille—. ¡No puede sacarle en cara a Esteban que le bancan las salidas!
—Es una pelea de amigos —dije.
—No me gusta —opinó Guille.
—A mí tampoco —confirmó Malena.
—¡No exageren! ¡Es competitivo y no le gusta perder! No tiene nada de malo.
Intercambiaron miradas, que no me gustaron, y no agregaron nada.
—¡Ya se le va a pasar! ¡Siempre se le pasa! Cuando volvíamos de dejar las cosas, los cinco nos alcanzaron. Fuimos al patio de comidas a tomar algo. Era la hora de merendar. Así que compramos y fuimos a una de las mesas.
Las cosas estaban más tranquilas entre ellos. Como sabía, ya se les había pasado el enojo. Pero Malena y Guille estaban raros, en silencio; sus ojos analizaban a mi novio. De pronto, Lili empezó a hablar:
—Así que, Guillermo… ¿Cuántos años tiene tu novia?
—No es mi novia, es mi… O sea, somos como novios, pero a ella no le gustan las etiquetas. Digamos, no somos exclusivos —respondió y tomó su café.
—Bueno, ¿cuántos años tiene tu “novia no exclusiva”? —volvió a preguntar.
—Veintidós —contestó—. Ya sé que parece mucho. Es más, la escuela hace poco llamó a mi familia y mi mamá me dio un sermón. Que es muy grande, que se está aprovechando… la quiere denunciar, pero mi papá no quiso porque “tengo que aprender a darme la cabeza contra la pared”.
—Tu mamá algo de razón tiene —comentó Eva—. Hoy es tás raro.
—¡Ay, me tengo que adaptar y ya! ¡No me puedo portar como pendejo si estoy saliendo con alguien que va a la universidad!
—Solamente decía.
—Es la misma diferencia de edad que tienen mis padres —comentó Alan—. Mi mamá tenía 16 y mi papá 22 cuando nací.
—Medio bufarra tu papá —comentó Guille.
—Medio bufarra tu “novia no exclusiva” —dijo Alan.
—Ambos tienen razón —afirmó Malena.
Nos reímos, menos Alan, quien solo hizo una mueca.
—¿Y su relación va bien? —preguntó Guille.
—Bueno, mamá se fue a comprar cigarrillos cuando yo tenía tres años y parece que todavía no consiguió. Cuando vuelva le pregunto.