Definitivamente es complicado

PRIMERA PARTE - CAPÍTULO 17 (Capítulo extra por ser mi cumpleaños)

La primera vez que me escapé de gimnasia fue para ir a ver a Alan a su casa. La idea era ir juntos al colegio. Mi profesor de las primeras horas faltaba, así que entraba a las 15. Alan no, pero siempre encontraba cómo colarse sin que lo notaran.

Estábamos en su pieza, solos, jugando al truco. Empezó ganando él, pero di vuelta la situación enseguida. Me dijo que era una “mentirosa profesional”. Eso me enojó y le tiré con su almohada. Él me tiró un almohadón pero lo esquivé. Me empecé a reír, él se levantó, agarró la almohada y empezamos una pelea.

Después de un rato, grité que me rendía y se detuvo. Lo miré con una sonrisa. Él respiraba agitado. Se veía tan lindo todo despei nado, sonriente y con los ojos brillantes. Me incorporé y lo besé en el cuello. Él se quedó tildado un rato. Después me miró y sonrió. Nos acomodamos en la cama y empeza mos a besarnos. Sentía como fuego adentro de mi cuerpo, un calor interno que me hacía olvidar el invierno. De pronto, la puerta nos sorprendió cuando se abrió.

—Alan, bajá que vi… —El hombre nos vio y cambió el tono—. ¡Ay, perdón, no sabía que tenías compañía!

Yo no sabía dónde meterme. Me tapé con la almohada mientras la vergüenza se adueñaba de mi cuerpo.

—¿Qué hacés acá, papá?

—Acá vivo —dijo y sonrió—. Sigan, no los molesto.

Después cerró la puerta y nos quedamos solos, mirándonos.

—¿Seguimos?

—No.

—Lo imaginé.

Puso su frente en su pecho, suspiró. Después se empezó a reír. Ambos nos tentamos por la situación. Él se disculpó, no quería pre sentarme así a su papá. Me advirtió que era un poco difícil y que, muchas veces, lo avergonzaba. Yo lo entendí perfectamente.

De pronto, escuché risas y voces que venían del comedor. No tenía idea de quién podía ser. Hasta donde sabía, Alan vivía solo con su padre. Sin embargo, había voces jóvenes en el comedor. Alan estaba pálido y nervioso.

—Deberíamos escaparnos por la ventana —sugirió.

—¿Qué te pasa?

—Son… ¡Ay, no me dejes después de conocerlos, por favor!

—¿Qué te pasa, Alan?

—Son mis primos. ¡Dios, no puede ser!

Nunca lo había visto así. Estaba muy ansioso, se agarraba la cabeza y negaba. Después agarró el celular y escribió algo. Luego lo dejó en un costado y me abrazó.

—¡Ey, tranquilo! Voy a tratar de no mostrar vergüenza.

—Bueno, esta es la verdadera prueba de amor. Si no me dejás después de conocerlos, me amás de verdad.

¿Amor? Nunca habíamos hablado de amor. No mencioné el tema porque lo noté aturdido, pero escucharlo hablar de amor me hizo sentir muy feliz. No dije nada, solo le acaricié el pelo y las orejas. Nos quedamos unos minutos en silencio, solo mirándonos a los ojos y sintiendo nuestras manos en el pelo y la cara.

Después bajamos. El padre de Alan, Roberto, estaba tomando un café en el comedor con dos chicos idénticos y muy parecidos a él.

—¿Terminaron tan rápido? —preguntó e hizo reír a los jóvenes.

—¡Papá!

—Te estoy cargando… —Se levantó del sillón y me dio una palmada en el hombro—. No te preocupes, nena; yo no me asusto de nada. ¿Querés tomar algo?

—No, gracias. Soy Alicia, perdón por venir sin avisar.

—Está bien, no te preocupes. Las amiguitas de Alan son bienvenidas. Te traigo café. ¿Con azúcar?

Me agarró de los hombros y me sentó en uno de los sillones. Después de haber caído de sorpresa, no me parecía educado rechazar su insistencia de tomar algo.

—Sí, gracias. Los primos de Alan parecían clones. Eran rubios muy pálidos, de ojos verdes. No podía saberlo con precisión, porque estaban sentados, pero parecían más altos que Malena. Me llamó la atención que fueran muy parecidos al padre de Alan, solo que Roberto tenía el pelo un poco más oscuro. Supuse que eran los hijos de su gemelo. Me miraban de arriba abajo. Era incómodo. Fruncieron las cejas y se miraron entre sí. Uno rompió el silencio.

—Esta es la nueva, ¿no?

—¡“Esta” se llama Alicia! —dijo Alan enojado—. Alicia, él es mi primo, no muy inteligente, Daniel.

No pude ni mirar al tal Daniel porque el otro no me sacaba los ojos de encima. Era incómodo. Después miró a Alan y sonrió.

—Bajaste la calidad, ¿puede ser?

—¡Agustín!

Aunque Alan le contestó enojado y empezó a ladrarle, no sé qué dijo. En ese momento, solo pude pensar en que, quizás, Alan merecía a alguien más linda. No entendía por qué estaba conmigo.

—¿Qué les pasa? —preguntó Roberto cuando vino con el café.

—Nada, que tu hijo se enoja muy fácil —contestó Agustín.

—Sí, piba; no es nada personal. Nos da risa cuando se pone así —explicó Daniel y se estiró para agarrarle un cachete—. El chiquito de la familia es un calentón, ¿no?

Mi novio se soltó.

—¡Compórtense, ya están grandes! —dijo Roberto con tono de cansancio.

Por suerte sonó el timbre. Alan me agarró la mano y me arrastró hasta la puerta. Al abrir, entraron Felipe y Esteban. Ambos lo tranquilizaron un poco, le decían que se calmara y que no cayera en su juego. Roberto se acercó a la puerta y los invitó a pasar. Parecía que le caían bien. Yo me sentí un poco más cómoda con ellos ahí. Sin embargo, no podía dejar de pensar en lo lindas que eran las novias anteriores de Alan, ¿qué me había visto?

Según Esteban, habían ido a que les arreglasen el pelo. Alan se fue a buscar sus cosas y me dejó entre Esteban y Felipe. Saludaron a los primos y los cuatro conversaron. Roberto parecía disfrutar ese desfile de agresividad pasiva que había entre los invitados. Miraba a cada interlocutor mientras sonreía.

—¿Van a trabajar con Roberto? —preguntó Felipe.

—Sí, es hora de aprender el oficio —contestó Daniel.

—¿El oficio del nepotismo? —añadió Esteban.

—¡Je! Veo que en la escuela pública todavía enseñan vocabulario, aunque no a usarlo en el contexto adecuado. Aunque eso es clásico de tu gente —dijo Agustín.

Me dio mucha bronca ese comentario. ¡El clasismo me molestó siempre! Y ya consideraba a Esteban como un amigo. Por eso, sin pensarlo, lo defendí.




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