Definitivamente es complicado

PRIMERA PARTE - CAPÍTULO 18 (capítulo extra por mi cumpleaños)

El domingo a la mañana le dije a mi mamá que iba a dormir en la casa de Malena. Ella solo sonrió y me siguió la corriente. Yo estaba nerviosa. Aunque no tenía ninguna duda, no sabía cómo empezar. Después de todo, no tocamos el tema.

El sábado me llamó porque me extrañaba. Hablamos de nuestro día, de lo que a él lo aburría estar en la casa de sus abuelos, en la cantidad de chetos que había en Recoleta, en que su tío sin hijos se había divorciado por cuarta vez, en que su abuelo se ponía molesto haciendo chistes sobre lo tonta que era su abuela, en que su padrino no pudo ir porque tenía una cirugía de emergencia y que su papá iba a dejarnos la casa sola. ¿Para qué? No lo dijimos, pero ambos lo sabíamos.

El domingo llegué quince minutos antes de lo acordado. No sabía si tocar timbre o hacer tiempo. Después de un rato me decidí y golpeé, a pesar de haber timbre. Alan abrió enseguida, como si hubiese estado esperando detrás de la puerta. Estaba más lindo que de costumbre. Él me agarró de la cadera, me besó y me invitó a pasar.

No lo hablamos ni lo preparamos; a veces las palabras están de más. En su pieza nos besamos y sentí cómo nuestra respiración se aceleraba. Estábamos solos en la penumbra de la noche. Dejé que sean mis manos las que hablaran y vieran. Así, en la oscuridad, sentía mejor los detalles de su cuerpo. Sus brazos me rodeaban y me acariciaban. Me sentía cómoda cerca de él. Sentía sus manos por todo mi cuerpo, sentí su pulso junto con el mío, marcando nuestro ritmo. Me sentí contenta pero, lamentablemente, no pudo durar para siempre.

Un rato después, me vi sola en la vereda de su casa, llorando. No sabía qué hacer, los chicos no estaban y no podía dormir en la calle. Así que decidí volver a casa.

Cuando mi mamá me vio entrar con una crisis de llanto, se asustó. Yo lloraba y no le explicaba por qué estaba ahí en ese estado. Se desesperó y empezó a revisar mi ropa, mi cuello y mis muñecas. Todo mientras me suplicaba que le explicara qué me pasaba.

No me quedó otra que contarle la verdad, la que escondía desde hacía tiempo. Luego de revisarme y ver que no tenía señales de violencia, fue un gran alivio para ella que solo haya sido una pelea. Después, tuvo que opinar.

—Lo que te voy a decir no te va a gustar, pero ese chico no es para vos.

—Pero, mamá… él…

—Alicia, te echó de su casa un domingo a la noche, en un barrio solitario. ¡No te dejó esperar el auto adentro, no sabía si tenías la SUBE encima, te pudo haber pasado cualquier cosa!

Me enojé. Ella no había visto a Alan más que una vez. En ese momento me saqué.

—¿Qué sabés vos si no tenés pareja? No pudiste conservar a mi papá y no tuviste otro después. ¡Vivís para trabajar! ¡No tenés tiempo para el amor! ¡No sabés amar!

No me di cuenta de lo que le dije. Mi mamá estaba asombrada. Su boca reprimía lo que su mente pensaba, pero sus ojos lo comunicaron claramente. Después los cerró y habló.

—Andá a bañarte y calmate un poco. Estás nerviosa.

Se levantó y se fue a la pieza. No podía entender su postura, yo me hubiese pegado una cachetada.

A la mañana siguiente, no podía ni mirarla. Sentía vergüenza de lo que le había dicho.

—¿Ya te calmaste?

—Perdón, no quise…

—Ya sé que no quisiste, pero lo hiciste. Grabate esa frase, te va a servir en el futuro.

Mi celular no paraba de sonar. Alan me había llamado, pero yo no le contestaba. Yo no sabía si estaba más enojada por lo que ha bía pasado o porque me había despertado a las 6:30 de la mañana. Después, llenó mi WhatsApp de mensajes.

—¿No le vas a contestar?

—Me está mandando canciones, algunas las conozco pero otras no. Todas son para pedirme perdón.

—¿Ya te mandó “Yo no me caí del cielo”?

—¿Cómo supiste?

Ella se corrió el pelo, dejando su omóplato al descubierto con sus características “P” y “R” coronadas, recordando que vivir solo costaba la vida.

—Noté que él tiene el mismo tatuaje en el brazo.

—Sí, le gusta.

—Los ricoteros siempre dedican ese tema cuando meten la pata.

—¿Cómo sabés? ¡Papá no es ricotero!

—Hija, tu papá no es el único hombre con el que estuve.

Me contó sobre un exnovio con el que andaba en la secundaria. Empezaron a salir porque los dos eran fanáticos de Los Redondos. Cuando él le fue infiel con su hermana, o sea, mi tía, se pelearon. En ese momento, entendí por qué conocí a mi tía recién a los seis años, en el velorio de mi abuelo. Eso sí era una sorpresa, mi mamá había sido novia de mi tío.

—¿¡Por qué nunca me lo contaste!?

—Nunca salió la charla.

—¿Y por qué perdonaste a la tía?

—Bueno, perder a un padre pone todo en perspectiva. Y la pobre ya tiene bastante castigo con soportar a ese marido, me hizo un favor. Dejando de lado a tu abuela, las mujeres de nuestra familia no sabemos elegir hombres.

Me reí sin darme cuenta de la indirecta que me estaba dando. Me sentí contenta al hablar de eso. Hasta ese momento, no me había dado cuenta de que mi mamá también había sido una adolescente. Fue ahí cuando entendí que, antes de ser mamá y doctora, fue simplemente Ana. Nunca la había imaginado yendo en carava na atrás de distintas bandas.

—Tengo una pregunta, pero no sé si te va a gustar.

—Decime.

—¿Con cuántos hombres estuviste?

Mi mamá sonrió.

—Se te hace tarde para ir al colegio.

Me quedé con la intriga, pero después de cómo le había contes tado la noche anterior, no podía recriminarle nada. Nos despedimos y, antes de que salga, agregó:

—Tal vez te parezca que yo no entiendo de amor, pero algo sí sé: NADIE MERECE ESTAR TRISTE Y CON UN ATAQUE DE NERVIOS DESPUÉS DE UNA RELACIÓN SEXUAL. Y menos aún si es con una persona que, en teoría, te quiere.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.