Malena nos invitó a cenar para ponernos al día. Sus papás no estaban y a ellos no les gustaba que quedara sola. Guille y yo teñíamos de gris la noche del lunes.
—Bueno, al ver sus caras, pienso que al final me fue bastante bien. Guille, ¿seguro no querés hablar? Él se negó a dar muchos detalles.
—“Te quiero, pero no puedo darte lo que necesitas”, me dijo. Y después se excusó usando un montón de excusas que ya sabíamos y nunca fueron un problema. Pero ya está, no vale la pena seguir llorando. ¡Lloré todo el fin de semana! Todas putas.
Ninguna emitió sonido.
—Perdón, no quise…
—Bueno, esta “puta” va a hacerte mate para que te sientas mejor —interrumpió Malena.
—¡Que sea amargo, cómo la vida! —dijo cruzado de brazos—. No, mejor no quiero mate.
—Yo sí —dije.
Después de contarles todo lo que había pasado entre Alan y yo, ellos estaban incrédulos. Les había escondido muy bien mi humillación, desde enero. No me gustaba contar lo que había vivido en el verano, pensé que podría esconderlo.
Por su parte, mis amigos estuvieron de acuerdo con mi mamá; insistieron en que ya era suficiente, besito en la frente y “fue lindo mientras duró”. Pero yo había pasado por mucho como para dejar todo y ya. No solo me dio bola, también me defendía de todos los que se metían conmigo.
—¡Pero nunca te defiende de él! —opinó Malena—. Amiga, es raro. Se enoja muy fácil. ¡Y no puede enojarse por eso!
Yo estaba aturdida, Alan no era malo, solo tenía un carácter es pecial. Había que saberlo llevar. Necesitaba ser tratado con mucho amor y paciencia.
—¿Saben lo que me jode? ¡Qué mi primera vez no me gustó! O sea… —respiré y tomé un mate que me ofreció Male—. ¿¡Por qué fui tan tonta!?
—Lo que no puedo creer es que nos lo hayas escondido. ¿Por qué nunca contaste nada sobre ese idiota? —preguntó Male.
—Porque tenía vergüenza.
—¿De nosotros?
—De mí —dije antes de tomar otro mate—. Decirlo era re cordar todo, que me diera bronca otra vez… ¡Recordar lo boluda que soy!
—Te entiendo —Guille interrumpió su soliloquio de silencio con la empatía que siempre lo caracterizó—. Ustedes saben que la primera vez que lo intenté me puse nervioso y no pude hacerlo. Me sentí un boludo.
—A mí tampoco me gustó. Tal vez la primera vez es una cagada siempre —comentó Male.
—No, no es así. ¡La primera vez la pasé muy bien! —interrumpió Guille.
—¿No era que no? —pregunté.
—¡La primera vez que lo intenté la pasé mal, pero la vez que lo hice la pasé bien!
—Supongo que para que te guste tenés que estar segura, como yo con Alan. Estaba segura de lo que quería, y él también. ¡Pero la tuve que cagar!
—¡Ey, no! ¡Él no era virgen el domingo, tuvo relaciones antes! —exclamó Guille—. ¿Te enojaste por eso?
—No.
—¿Y por qué él sí?
—Pero yo ya sabía que él había estado con otras, yo no le conté nada.
—¿Te preguntó?
—Bueno… No directamente. ¡Pero me siento muy culpable! Porque…
—¡No! ¡Culpa no! Según Lucero, no tenés que sentir culpa en una relación. Ella siempre me hablaba de la responsabilidad afectiva.
—¿Qué es eso? —consulté.
—En pocas palabras, ser buena persona. Entender que tenés al lado a una persona, con su historia y su individualidad. Respetar a la persona, sus sentimientos y construir una relación con base en…
Se quedó en silencio, como buscando en su cerebro ejemplos de que en su relación existió eso.
—Yo pude tener relaciones cuando tuve confianza. Ella lo entendió. Me respetó mucho. Hubo cosas que ella quería y yo no, y no se hicieron. Yo también entendí sus tiempos. Que dispusiera ella del tiempo en que nos veíamos porque yo tenía más tiempo libre. Acepté sus términos, qué viera a otras personas. Qué saliera aunque yo no la podía acompañar por no tener 18… —En ese momento se le quebró la voz—. ¡Ella siempre supo mi edad! ¿Por qué ahora es un problema? ¿¡Por qué ahora que siento algo por ella me deja!? ¡Sí, me gustó siempre! ¡Desde que la vi en el comedor! Pero eran ilusiones de un pendejo. ¿¡Por qué no lo dejó así!? ¿¡Por qué no dejó todo como una ilusión y ya!? ¿Y ella me hablaba de responsabilidad afectiva?
Se tiró contra la pared y empezó a llorar. Después se dejó caer y se quedó sentado en el piso. La imagen me partía al medio, sabía que estaba sufriendo y no sabía cómo aliviar ese dolor. Nosotras lo rodeamos y abrazamos. Decir “te lo dije” no tenía sentido; las palabras estaban de más. ¿Qué podía hacer para que no sufriera? O sufriera menos. Todo lo que una amiga podía hacer parecía poco.
Después de que se calmó un poco, miró a Malena en silencio un rato.
—¿Me das un mate?
Ella le cebó un mate lavado y tibio que tomó de un sorbo. ¿Qué podía hacer yo? Calentar el agua y cambiar la yerba.