Alan vino a rogarme en el colegio al día siguiente. Fue muy humillante. Se arrodilló en el medio del patio y me suplicó.
—¡Alan, soltame los pies y levantate!
—¡No hasta que no me perdones!
—¡Estás haciendo el ridículo!
—¡No me importa!
Sus amigos intentaban incorporarlo, pero él hacía peso muerto. Algunos se reían. Dos preceptores le ordenaron que se levantara, pero no hizo caso.
—¡No me paro hasta que no me perdone!
—¡Antes de perdonarte, tenemos que hablar como gente normal! A la salida, y solo si te levantás.
Recién ahí se incorporó y se fue. Malena y Guille me pidieron que no fuera tonta, pero les aseguré que solo lo hacía para que se levantara. Ellos revolearon los ojos. Claramente no me creían. Y tenían razón.
A la salida del colegio, Alan y yo nos fuimos a caminar por la plaza que estaba cerca del colegio. Él me había comprado bombones, una caja de 24 “culpas”.
—Perdón, en serio. No quise hacerte sentir mal.
—Pero lo hiciste. ¡Otra vez!
—Ya sé. Con vos tengo mucho que aprender. ¡Te amo! ¡Te juro que te amo! Y por eso me puse celoso. Yo… quería ser el primero.
—Yo también te amo, Alan, y sé que no fui la primera. Se quedó callado un momento. Miró para abajo, tratando de esconder su vergüenza.
—Bueno, yo… Me dijiste que soy tu primer novio, me mentiste.
—No te mentí. Sos mi primer novio. Lucio y yo no éramos novios.
Gritó indignado y me soltó como si estuviera tocando la basura. Apretó los puños y le dio una patada a una piedra que la hizo volar hasta la vereda de enfrente. Por suerte, no le dio a nadie.
—¡Si te vas a poner así, terminamos acá!
Me di la vuelta y empecé a correr, tratando de aguantar las lágrimas. Sin embargo, sentí que alguien me agarraba de atrás.
—¡Perdóname! Me saqué. Es que no puedo imaginar que dejes que otro, que ni siquiera era tu novio, te toque… Esperá, hablemos bien, me saqué al pedo.
Nos sentamos. Intentó agarrar mi mano otra vez, pero yo lo saqué. Después de un rato, empecé a contarle sobre mis vacaciones. En enero, con mi hermano ausente y mis amigos de viaje, estuve mucho tiempo sola. Lo único que hacía era jugar ajedrez sin parar. Primero en aplicaciones, luego empecé a ir a encuentros en socieda des de fomento.
Así conocí a Lucio. En un torneo que organizó el municipio, me tocó competir con él en la final. Iba ganando, pero me descuidé y dio vuelta el partido. Cuando me iba con mi medalla del segundo lugar, él se acercó y me felicitó. Opinó que había sido una rival digna y se la había hecho difícil.
Después preguntó mi nombre y empezamos a conversar. Contó que vivía cerca de la estación de Adrogué, iba a un colegio por ahí. En el futuro, quería ser pediatra y payamédico. Tenía ganas de empezar teatro, pero no tenía cómo pagarlo. Sus papás también estaban separados, pero ellos se llevaban bien y veía a ambos. En la escuela le iba bien, académica y socialmente. Me dijo que podría cambiarme ahí, entonces nos sentaríamos juntos.
Empezamos a salir más seguido. Me aclaró que no quería nada serio hasta no conocerme bien. A las dos semanas llegó su cumpleaños. Me dijo que podíamos salir los dos esa noche ya que estábamos de vacaciones. Mi mamá no estaba, así que le propuse que viniera. Ese día pasamos nuestra primera vez juntos. Y fue la última. Se pidió un auto enseguida, con la excusa de que podía venir mi ma dre en cualquier momento. A la mañana ya no me contestó. Al día siguiente tampoco. Me di cuenta de que me había bloqueado de todos lados.
Yo sabía dónde vivía. Lo busqué y ni siquiera me hizo pasar. Dio un par de vueltas, buscó excusas, pero terminó confesando que solo quería sexo, que fingió interés pero que ya se había sacado las ganas y no le servía más. También me enteré de que no había sido su cumpleaños.
Se volvió a meter en su casa y yo me fui. Subí al tren totalmente avergonzada y no podía parar de llorar. Me quedé un rato sola en la estación hasta que me calmé un poco y fui a casa. A la noche, mi mamá me preguntó qué me pasaba. Ya no estaba llorando, pero tenía la cara hinchada. Le dije que extrañaba mucho a Lucas.
Siempre se daba cuenta si mentía, pero había algo de verdad en esa mentira. Después de todo, a Lucas le hubiese contado sobre Lucio y se habría dado cuenta de lo que tramaba. La verdad era que yo estaba sola y lo había notado recién en ese momento.
Cuando terminé de contarle toda la historia a Alan, vi que él apretaba los puños.
—¿Dónde vive?
—¡Alan!
—¡Es que no te merecías eso, es una basura!
—¡Ya sé! —Respiré hondo y seguí —. Y… Bueno, no quería que te fueras vos también, por eso no me decidía.
—¡Jamás te haría eso! No juego con los sentimientos de la gente.
No sabía qué decirle. Estaba confundida. Sí, Lucio se fue en seguida; pero Alan me había echado de su casa como si fuese una cualquiera. Sentía sus dedos acariciándome el pelo. Intentaba que lo mirara a los ojos. Esos ojos que siempre me convencían de perdonarlo.
—Te amo, y no quiero hacerte sentir mal.
—Pero lo hiciste. ¡Me podría haber pasado cualquier cosa!
—¡Ya sé, me equivoqué! Si te hubiese pasado algo yo… no, no sé qué hubiese hecho.
—Yo tenía miedo. Pensé que solo estabas conmigo para darle celos a Helena. Y que te ibas a sacar las ganas y después dejarme, como lo hizo Lucio.
—No soy TAN MALO.
Me recosté en su hombro. Él me agarró la mano y la acarició. Así estuvimos un rato.
—Mi primera vez también fue una cagada.
Me sorprendió ese comentario.
—Fue en la costa. Habíamos ido con mi papá de vacaciones, a ver a una familia amiga de él. Ellos tienen hijos un poco más grandes y me invitaron a una fiesta en la casa de sus amigos. Él me dio una caja de preservativos y me dijo “divertite”. La verdad, no había pensado mucho en eso, pero la situación se dio.
»Yo era el más pibe ahí, tenía 15 años. Y había una chica simpática. Hablamos porque éramos los dos más pendejos. Ella me dijo que estaba cerca de cumplir 16 y, antes de hacerlo, quería tener relaciones. Todas sus amigas lo habían hecho y ella quería saber cómo se sentía. Después me preguntó si sabía guardar secretos y le respondí que sí.