Definitivamente es complicado

PRIMERA PARTE - CAPÍTULO 22

Cuando llegó el primer informe, hubo problemas. Las rateadas de gimnasia pusieron un “TEP” en mi boletín y un grito en la boca de mi madre. No fue el mejor momento para pedirle permiso para ir con Alan y su papá a Costa del Este en vacaciones de invierno.

—¿Vos me estás cargando, Alicia?

—¡Pero mamá!

—No, Alicia. Y tengo varios argumentos.

—¡Yo también!

—Bien, empiezo: no conozco a esa familia.

—¡Nunca nos vamos de vacaciones!

—Hace unos días te dejó en la calle sola, de noche en un barrio solitario.

—¡Va a estar su papá y con él se porta bien!

—Reprobaste gimnasia por estar escapándote con él. ¡Me mentís, Alicia!

—¡Nunca me llevé ninguna materia! ¡Y me cansa estar en gimnasia! ¡No soy buena, siempre me cargan, me molestan y…!

No pude seguir. Me quebré, estaba temblando. Mi mamá me acarició. Ella no sabía todo lo que ocurría en ese infierno, pero no iba a ganar nada con enterarse. Lo único que podía hacer era hablar con la directora, que daría una charla y seguiría todo igual. Mi plan de no ir a gimnasia y aprobar en diciembre, sola, era mejor. Para ella no. Claro, no podía defenderme para toda la vida. Pero, en su cabeza, si no podía defenderme de mis compañeras, no iba a poder hacerlo, en el futuro, en una carrera o en un trabajo. Yo no tenía ganas de pensar en el futuro, quería vivir mi presente.

—Hagamos esto: volvés a tus clases en agosto. Yo invito a la familia de Alan mañana a almorzar y, si me convencen, te dejo ir a Costa del Este.

No me creía ni un poco ese intento de arreglo, estaba haciendo ese trato sabiendo que la respuesta final sería “no”. Sin embargo, ¿qué más podía hacer? Acepté sabiendo que todas las posibilidades estaban en mi contra.

Tampoco ayudó que, antes de esa cena, ella me viera con un gol pe en la frente. Cuando vio que tenía un corte, no sabía qué decir. Me llevó al baño y cerró la puerta, dejando a Alan solo en la cocina.

—¡No es nada, ya se lavó!

—¡No necesito que un mocoso me explique mi trabajo! —le gritó y luego me susurró—. ¿Qué pasó?

—¡Nada! Estábamos jugando al tejo y le pegó muy fuerte a la bocha.

—¿Este corte te lo hizo una bocha de tejo?

—Sí, fuimos a jugar cuando pasamos a comprar. ¡Fue sin querer!

Ella suspiró mientras me revisaba. Luego curó mi herida y la cubrió con gasa. Cuando salimos del baño, mi mamá miró fijo a Alan, con un reproche que no podía verbalizar.

—Fue sin querer.

—Ajá —dijo mi mamá y fue a poner la mesa.

Por suerte sonó el timbre. El padre de Alan había llegado. Le confirmé a Walter que lo dejara subir y, unos minutos después, estuvo en la puerta. Le abrí y lo invité a pasar. Cuando me vio se sorprendió y miró a Alan. Él desvió la mirada y su papá suspiró. Luego me sacudió los pelos.

—¿Cómo estás, nena? Hace mucho que no te veo por casa.

—Bien. Le presento a mi mamá, Ana Guerra.

Roberto fue extremadamente respetuoso. Le agradeció la invitación y le dio un vino fino que había traído. Mi mamá le sonrió de manera condescendiente y le dio la bienvenida a casa. Luego lo invitó a sentarse para comer.

Habíamos cocinado empanadas, la vieja receta de la abuela. Roberto las elogió, tanto en palabras como en acciones: comió más de una docena. Felicitó a mi mamá por tener una hija tan inteligente y llevar a cabo la tarea de la crianza sola, que él sabía que era un trabajo difícil. También se sorprendió de que pudiera tener una carrera tan interesante a su edad.

Pensé que mi mamá estaría incómoda ante tantos halagos, pero parecía muy calmada. Después él habló de su vida, su trabajo y otras cosas que nadie le preguntó. En el medio, decía algunos chistes que, más que dar gracia, incomodaban. Yo me reía por compromiso, mi mamá apenas hacía muecas y Alan se rascaba la nuca. La cena era un monólogo de Roberto, como si hubiese querido dar un show de stand-up a cambio de comida. Uno muy malo a un precio muy caro.

En un momento, no sé si por aburrimiento, por curiosidad, preocupación o una mezcla de todo, mi mamá desvió la charla.

—Alan, no probaste la comida. ¿No te gustan las empanadas?

—¡Sí le gustan! Es más, le salen muy bien. Hace las tapas caseras y… —intervino Roberto, pero no pudo continuar.

—¿Te sentís bien? —interrumpió mi mamá.

—Estoy esperando que se enfríen, ya como —dijo Alan y abrió la que tenía enfrente.

—Eso ya está congelado, hijo. Comé y dejá de hacer un espectáculo.

Roberto cambió el tono de voz. Parecía fastidiado. Alan lo obedeció sin contestarle. Parecía raro, no era el novio con el que siempre había estado. Apenas hablaba y estaba serio. Mi mamá lo notó y empezó a hablar con él.

—Me dijo Alicia que van a Costa del Este desde que sos chico.

—Sí, tenemos amigos ahí. Bueno, yo ya no. Son más grandes y se fueron a vivir a Mar del Plata para estudiar.

—Ah, sí, muy buena universidad.

—Lamentablemente no pudieron convencer a mi hijo de seguirlos. Está por terminar la secundaria y solo aspira a ese título porque es obligatorio. Sería el primer Marques sin estudios después de tres generaciones.

—Pensé que había estudiado peluquería —comentó mi madre.

—Barbería —corrigió Alan—. Pero no es un doctorado.

—No te preocupes, trabajo no te va a faltar. Aunque te tenés que actualizar constantemente, si te gusta no va a ser un problema.

Alan sonrió sinceramente por primera vez en todo el almuer zo. Roberto parecía enojado, el cambio de su cara fue muy rápido, notorio e increíble. Estaba enojado, pero mi mamá también había cambiado su gesto, por fin su sonrisa era auténtica, la que yo había bautizado “la sonrisa de la flor de espadas”.

Según me contó Esteban al día siguiente, ella fue la primera per sona adulta que le vio un futuro a Alan. Incluso los padres de sus amigos creían que no iba a llegar a nada. Así que pude entender por qué en ese momento había recuperado la sonrisa que me había enamorado.




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