Ya había pasado una semana, pero Alan seguía enojado porque no iba con él a la costa. Decía que no me esforzaba lo suficiente para convencer a mi mamá. De todas formas, me pidió acompañarlo al UVI, la fiesta que sexto organizó por las “últimas vacaciones de i nvierno”.
Era en un auditorio de Temperley que habían pagado entre los cuatro sextos. Fuimos con los chicos. Para sorprender a Alan, me había comprado un short corto, unas botas bucaneras y una blusa escotada. Cuando me vio, se asombró por mi cambio, pero no como pensaba.
—¿¡Qué te pusiste!?
—¿Qué?¿No te gusta? Alan me miraba de arriba a abajo, estaba desconcertado.
—¡Dale, amigo, presumí que comés bien! —bromeó Esteban.
—¿Querés que me cambie?
—No, no, se nos hace tarde.
—Me vestí así para vos. ¿No te gusta?
Solo me abrazó y me besó, no me dijo nada. Noté que Malena y Guille no habían dicho nada, solo se miraban entre ellos. Conocía esa mirada, no me gustaba nada.
Después entramos, Alan no me soltaba; estaba mucho más pegote que otras veces. Sin embargo, no se sentía como cuando estábamos mucho tiempo sin vernos; era más como si me estuviese aislando de mi alrededor. Me gustaba que fuese cuida, pero tam bién era sofocante en un espacio cerrado.
De todas formas, nos fuimos a la pista. Al principio, bailamos los seis juntos. Después nos separamos: Guille estaba un poco mejor e intentó encarar a una chica de otra escuela, pero su timidez le ganó y volvió al lado de Felipe. Él y Esteban se ofrecieron a ayudarlo y se fueron los tres.
Por otro lado, Malena tuvo suerte. Uno de los chicos del sexto de la mañana la sacó a bailar y no se separó de ella. El pibe la superaba en altura, así que yo me sentía diminuta al lado de él. De esa manera, nos quedamos solos con Alan, como la primera vez que nos besamos, pero había algo distinto.
En un momento, cerca de las cuatro de la mañana, tuve que ir al baño. A la salida, un desconocido me cerró el paso. Me dijo que era linda y me empezó a tocar el pelo. Todo pasó muy rápido, porque, cuando menos me di cuenta, Alan ya lo estaba golpeando. Enseguida vinieron los patovicas y echaron a Alan, a pesar de que les expliqué que me estaba defendiendo.
Yo salí detrás de él. Nos quedamos en la puerta. Les mandé un mensaje a los chicos para avisarles lo que había pasado y que estaba con él afuera.
—¿Qué estabas haciendo?
—Nada, salí del baño y me cortó el paso.
—¿Por qué dejaste que te tocara?
—Es que… perdón, no me di cuenta. Fue muy rápido y de pronto ya estabas encima.
—¿Y si no estaba yo?
—Bueno, yo…
—¿Te das cuenta por qué quiero que vengas a la costa conmigo? ¿Y si te pasa de vuelta y no estoy?
—No te preocupes, no voy a salir si no estás vos. Yo nunca salgo.
Me arrinconó contra una de las paredes. Después me miró fijo, parecía desencajado. Me besó bruscamente y luego se acercó a mi oído.
—¿Sos mía?
—¿Qué?
—Decímelo.
—Sí.
Me agarró de los hombros y me volvió a mirar a los ojos. Sentí miedo, nunca lo había visto así. Levantó la voz.
—¡Decime que sos mía!
—Alan, ya te dije que sí, te amo.
—¡Decime que sos mía! —gritó y me apretó más los hombros.
—¡Soy tuya, Alan!
—¿Te gustó ese tipo?
—¿Qué?
No entendía nada, cada vez estaba más asustada y adolorida.
—¡Decime la verdad! ¿Te gusta ese tipo?
—¡No!
—¡Decime la verdad!
Me empezó a zamarrear y yo le suplicaba que parara. En ese momento, llegó el pibe que sacó a bailar a Malena y lo alejó. Atrás llegaron Malena, Guille, Felipe y Esteban. Estos últimos dos lo sostuvieron para que se tranquilizara.
—¿¡Cómo no te van a buscar si te vestís así!? ¿Me estás jodiendo? ¿Estás buscando? ¡Me querés cagar y a mí nadie me caga!
—¡Te juro que no! ¡Perdoname, yo no quise…!
Era difícil. Mis amigos querían agarrarlo entre los dos, Felipe y Esteban intentaban calmarlo y defenderlo de Malena y Guille; Julio, el nuevo, hacía lo posible para separar los bandos. Hasta que los patovicas se dieron cuenta de lo que pasaba, se acercaron y Alan se fue solo.
—Vamos a buscarlo. Por favor —dijo Felipe mirando a Malena—, escribime cuando lleguen.
Como solíamos hacer, fuimos a la casa de Malena. Julio manejaba, así que nos llevó en su auto.
—Escribime si necesitan algo —le dijo a Male.
—Gracias, te debo una.
—No, no es nada.
—Perdón, les arruiné la noche —dije cuando bajamos del auto.
—Bueno, ahora sé dónde vive esta diosa —comentó y luego se fue.
Me pareció ver a Malena sonreír. Entramos a la casa y les conté lo que había pasado. Ellos me dijeron que ya era suficiente, que no podía seguir así. Cuando miré mi celular estaba lleno de mensajes que me pedían disculpas. Que lo entendiera, que iba a cambiar, que estaba aprendiendo a querer y que sentía miedo de perderme. Quería saber que su viaje de diez días a la costa no iba a arruinar nuestra relación. Me recordó que me amaba.
Yo estaba aturdida, sentía que los brazos me ardían. Los vi y tenía sus dedos impresos en la piel. Eso me hizo llorar. Mis amigos acariciaban cada uno un brazo.
—¡Alicia! —dijo Guille con lágrimas en los ojos—. Por fa vor, basta.
—Tienen que entenderlo, saben que tuvo una vida complicada. Su mamá lo abandonó porque el padre era violento con ella. Él vio todo eso. Se crio así.
—¿A mí me hablás de vida complicada? —gritó Malena—. Lo sabés, yo también vi cómo mi biológico le pegaba a mi biológica y ella a mí. Y cómo se tiraban cosas entre ellos, y cómo se drogaban y cómo se… —Se le hizo un nudo en la garganta—. ¡Lo mejor que me pudo pasar es que los dos se murieran de una sobredosis y mis padres me adoptaran! ¡Y si bien mis primeros cinco años fueron una mierda, no me estoy desquitando con todo el que se me cruza! ¡Y menos con la gente que siempre me está cuidando! ¡¡Que se deje de joder!! ¡Sos su novia, no un centro de rehabilitación!