Definitivamente es complicado

PRIMERA PARTE - CAPÍTULO 24

El lunes llegamos con Alan de la mano al colegio. Mis amigos se miraron y negaron con la cabeza. Les pregunté si tenían algo que decirme.

—No, dejá, es al pedo —dijo Guille.

Después llegaron los amigos de Alan. Miraron nuestras manos y después a él.

—¿¡Qué!? —preguntó Alan.

—Nada —respondió Esteban.

—¡“Nada”! ¿Qué sos? ¿Una mina? —volvió a preguntar.

—No creo, nunca vi que le pegaras —intervino Malena.

—¿Y a vos qué te pasa, nena?

—¿Qué me pasa? ¡Qué me da bronca que mi mejor amiga salga con un machista, violento, imbécil!

—Permiso, me lo llevo un rato que quiero hablar con él —dijo Felipe, y se fueron a parte.

—Alicia, no le hice nada porque Julio se metió en el medio, pero te toca un pelo una vez más… ¡Y te juro que lo cago a trompadas!

—¡Hacelo y no te vuelvo a hablar nunca más en la vida!

Guille quedó asombrado, no esperaba esa respuesta de mi parte; así como yo no esperaba ese comentario de él. Malena iba a hablar, pero Guille la frenó; cerró los ojos y negó con la cabeza. Nunca los vi tan tristes e impotentes. Esteban no opinó, él veía a sus amigos discutiendo desde lejos. También se lo veía preocupado.

En el recreo, el ambiente estuvo áspero. Esteban intentaba poner la mejor onda, pero mis amigos y mi novio estaban muy alterados. Alan me apretaba contra él. Mis amigos no entendían cómo podía perdonar lo que había pasado el sábado, pero yo insistía con que las cosas se solucionaban hablando.

Me daba miedo que los chicos hablaran con mi mamá. Yo les advertí que, si mi mamá se enteraba, no les iba a volver a hablar. Me juraron que no le iban a decir ni una palabra a ella. Sin embargo, le contaron algo a la gente del merendero. Ahí las chicas empezaron a hablarme de los mitos del amor romántico y la violencia gradual. A mí me cansaban sus discursos; llegado un momento, dejé de escucharlas.

Una tarde en la que llevamos la mercadería y estaban los nenes que se iban más tarde, Malena les leyó La bella y la bestia. Sin em bargo, cambió el final.

—Entonces Bella, que se dio cuenta de que el príncipe SIEMPRE SERÍA UNA BESTIA, lo denunció porque casi la mata de un golpe.

El problema fue que los nenes se acordaron de la violencia que los rodeaba.

—Con mamá nos tuvimos que ir de casa y ahora vivimos en un hogar.

—Yo vivo con mi tía porque mamá nunca se fue y papá la mató y ahora está en la cárcel.

Esas fueron algunas anécdotas que hicieron llorar a los chicos. Hubo problemas por esos comentarios y le llamaron la atención a Malena. Costó calmar a los nenes, fue muy incómodo. Rosa lo logró con tiempo, paciencia y amor.

—¿En qué estabas pensando? —le preguntó Cris cuando los chicos ya no estaban.

—En que yo la escuchara —intervine.

Suspiró. Se notaba que sus nervios y enojo estaban al límite. Podía tener problemas con las familias.

—Miren, este es un lugar seguro. No puede haber NI MENCIÓN de la palabra “violencia”. Estos pibes no solo pasan hambre, la mayoría sufre violencia en su casa y lo último que queremos es que lo recuerden cuando están acá. Es difícil una vida en la que no te sentís a salvo ni siquiera en tu hogar. Al menos, que se sientan a salvo acá. —Después me miró—. Espero que te acuerdes de este momento cuando pienses en tener hijos.

Se dio media vuelta y se fue a la cocina. Sus palabras me daban vueltas en la cabeza. Desde antes de que empezáramos a salir, había imaginado los hijos que tendría con Alan y si serían lindos como él. Pero nunca me había preguntado cómo sería su vida.

Pensaba en Malena que, a pesar de haber sido chica, todavía se acordaba de la violencia que había sufrido en su infancia. Pensaba en esos nenes llorando. Estaba aturdida.

En la cena, mi mamá se dio cuenta.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—¿Qué hizo Alan ahora?

—Nada.

—¿Y esa cara? ¿Te están molestando en el colegio?

Desde que salía con Alan ese no era un problema.

—Hoy fuimos al merendero. ¿Te imaginás lo que viven esos chicos? Digo, este arroz con pollo es un manjar para ellos. ¡Y me salió horrible!

—Un poco salado nomás.

Me reí, la verdad era que solo tenía gusto a sal. Nunca había cocinado tan horrible

—Hoy uno se puso a llorar porque… —contarle lo que había pasado no era una opción, así que improvisé rápido, con una historia que habían contado la semana anterior— ...a su papá le sacaron el carro anoche. Y los demás lloraron con él, porque tienen historias parecidas.

Mi mamá masticaba en silencio mientras me miraba.

—¿Quién le sacó el carro?

—Creo que la policía. Mamá tomó agua, el séptimo vaso, y volvió a hablar.

—No necesito imaginarme eso, lo he visto. Es difícil, pero si vas a estar así va a ser mejor que dejes de ir a ese lugar.

—¡No!

—¡Entonces cambiá la cara, Alicia! —gritó golpeando la mesa.

Me asusté, nunca la había visto así de nerviosa. Ella se levantó y fue al baño. Sentí que lloraba, pero no me atreví a preguntar qué le pasaba. Conocía la respuesta y no quería enfrentarla. Así que me fui a lavar los platos. Sentía un nudo en mi estómago. Sentí náuseas y me dolía la cabeza. Sentía que me ahogaba. Terminé con los platos y le escribí a mi hermano:

Hola. ¿Cómo estás, desaparecido? Nunca más me escribiste. Te cuento que tengo novio.

No quería escribirle otra vez, lo había hablado con Alan. Si él quería saber de mí, tenía que escribirme. Pero necesitaba saber de él, que me diera su opinión, ¿qué hacer?

Me respondió:

Hola, hermanita. ¡Qué bueno! Lo quiero conocer y advertirle que te cuide. Que no se atreva a hacerte llorar porque si no lo voy a agarrar.

Muy tarde, empecé a escribir y borrar, así hasta que salí del chat. Me fui a acostar sin saludar a mi madre.

Al día siguiente, me despertó su voz. Hablaba muy enojada por teléfono.




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