Definitivamente es complicado

PRIMERA PARTE - CAPÍTULO 26

Llegó el primer día de clases, pero yo no quería ir a gimnasia. Sin Male, iba a estar sola. De todas formas, era un trato que tenía con la doctora Ana, así que cumplí.

Mis compañeras me miraban y susurraban entre ellas. Juzgaban a mi amiga y yo no podía hacer nada, me sentía impotente. El grupito de Milplis se acercó y su Abanderada empezó a hablarme.

—¿Y tu amiga?

—¿Te importa?

—¡Por eso te pregunto! Queremos saber cómo está.

—¡Mal! ¿Cómo querés que esté? ¿Y qué les importa?

La profesora nos interrumpió. Por fin conocí a la suplente. Me asombró su apariencia, no era mucho más alta que yo. ¿Cómo podía jugar básquet? Después me acordé de González, que jamás agarró una pelota, así que, ¿qué probabilidades había de que la nueva jugara al básquet?

Primero nos hizo correr. Me empezó a doler la panza. La profe se acercó.

—¿Qué le pasa?

—Siento que me pincha acá —le dije agarrándome el lado derecho.

—No te detengas: caminá una vuelta y trotá otra.

Me sorprendió, el dolor se me fue pasando.

—¡No arrastren los pies, puede causarles fatiga muscular! Incluso lesionarse —gritó.

Después de 15 minutos de resistencia, en los que casi pierdo un pulmón, nos mandó al piso a hacer abdominales, flexiones de brazos y espinales. Mientras, hablaba.

—Recuerden, es importante mantener una respiración consistente al correr, para evitar la fatiga. Respirar de forma profunda y regular, con una inhalación y una exhalación de la misma duración. Hoy terminamos la parte física antes, quiero hablar un poco con ustedes. Vayan a tomar agua y siéntense alrededor.

—Hola, Alicia.

Cuando me di vuelta vi a Lili. Ella y Eva no habían hablado con Malena desde la difusión del video. Me sorprendió que tuvieran cara para hablarme.

—¿Cómo está Malena?

—¿Por qué no le preguntan?

—Es que… El video se empezó a difundir entre nuestros compañeros y… —empezó a excusarse Eva, pero yo no quería escucharla.

—Miren, si les importa Malena, escríbanle. Me di vuelta y volví con la profesora. Hicimos una ronda alrededor de ella. Nos pidió seriedad, ya que era un tema delicado. Las chicas le hicieron caso enseguida.

—Hoy falta una compañera. Una de las chicas cuya intimidad fue vulnerada.

Algunas de las chicas reían. Yo apreté los puños y me di vuelta. Una de las del otro quinto se reía fuerte, estaba detrás de mí. Estuve a punto de saltar encima de esa imbécil, pero la voz de Luciana, la nueva profesora, interrumpió mi impulso.

—¿Quiere decir algo, señorita Amalia?

—No, nada.

—¿Podría decirme por qué usted y sus amigas se ríen?

—Bueno, es que se hace la víctima y ella envió el video. Ahora llora, pero nadie la obligó.

—Amalia, ¿tiene redes sociales?

—Obvio.

—¿Y ahí sube todo en público?

—No —respondió entre risas—. ¿Quién pone las cosas en público? Bueno, excepto la diosa Helena, pero es su trabajo.

—Supongo que porque quiere que las vean solo determinadas personas.

—¡Guau, profesora! —dijo con sarcasmo—. ¡Descubrió cómo funcionan las redes sociales! ¡Felicidades!

—Gracias —respondió sin alterar su voz—. Pero supongo que no le molestaría que sus fotos y videos estén en una red pública de… no sé, memes…

—¡Eh… sí! ¡Mi cuenta es privada! —comentó con un tono tan detestable que me costaba entender cómo la profesora seguía con la misma calma del principio.

—Bueno, pero entre sus contactos puede haber alguien que tenga malas intenciones. No sé, por ejemplo, alguien con quien se llevaba bien y ahora no. O alguna cuenta que no haya notado. O que una persona entre sus contactos olvide su perfil abierto en la computadora de la escuela, cosa que pasa seguido. No sé, hay tantas posibilidades…

—¡Pero no es justo! ¡Yo no doy mi permiso para que cualquiera pueda sacar mis fotos de mis redes! ¡No pueden subirlas a cualquier lado!

—¡Guau, Amalia! ¡Descubrió cómo funciona la privacidad! ¡Felicidades!

Un par nos reímos, otras se miraron sorprendidas, nunca nos habían hablado así. Amalia agarró su celular y, por el movimiento de sus dedos, se notaba que estaba buscando algo. Parecía nerviosa.

—Acá somos todas mujeres y lo primero que escucho es que culpan a su compañera. Era un video privado, entre dos personas.

—Es que a mí me preocupa —comentó una del otro quinto—. Yo mandé unas fotos a uno de ese curso que no me gustaría que otras personas vean. Tengo miedo de que las muestre. Me juró que no lo iba a hacer, pero me da miedo.

—¡Chicas! ¡Esas fotos se mandan en modo efímero! —dijo indignada Loli.

Hubo un alboroto. Muchas estaban en la misma situación y des confiaban de los receptores. ¿Y qué podíamos hacer? Ya las fotos estaban mandadas.

—Para mí, Malena debería subir los videos de él. Seguro que va a dar pena —opinó Frida.

—Eso sería peor —advirtió la profe—. Primero, porque estaría difundiendo fotos de un menor. Después, se estaría poniendo en su nivel. Además, seguro que su compañera ya fue a la policía, y hacer lo que dicen lo complica. Y sus fotos no van a desaparecer de la web solo porque difundas las de otra persona.

—¡Pero crearías otra tendencia! —argumentó Frida.

—¡Sí! ¡La policía no hace nada! ¡Es mejor eso! —exclamó otra.

Empezaron a gritar. Por fin la bronca fue dirigida al pibe.

—¡Bueno, basta, escuchen! —gritó Luciana y nos callamos—. Ahora, ustedes dicen “la policía no hace nada”, “ella debería hacer tal cosa…”. ¿Y ustedes? ¿Qué hacen?

—¿Qué podemos hacer? —dije—. Si la policía no hace nada. A él los padres le cambiaron el celular, pero tiene el video en la nube.

—Bueno, yo a mi último novio lo dejé por idiota —explicó Fri da—. Pero primero eliminé todas mis fotos de sus archivos. Y después dicen que no es necesario tener la clave de tu pareja —comentó entre risas—. Es que me dio desconfianza. Me juró que nunca lo haría, pero juró muchas cosas.

—Sí, es difícil confiar en otras personas. Pero ustedes pueden hacer algo.




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