Definitivamente es complicado

PRIMERA PARTE - CAPÍTULO 30 (Fin de subida por cumpleaños, hasta la semana que viene)

Los días siguientes fueron difíciles: tenía que ver cómo Guille andaba a los abrazos con Helena. No quería ir a gimnasia; no solo porque estaba ella con sus amiguitas, sino por Malena. Estaba con las Novias de Quinto siempre y ya no nos mirábamos.

Lo que también había cambiado era el mundo de Alan. Se había peleado con los chicos, aunque no me quiso explicar por qué. Yo había aprendido que lo ideal era no insistir. Lo que sí me contó era que su abuela había dejado a su abuelo. Eso lo tenía muy triste, ella se había ido y ninguno de los hijos sabía dónde.

Yo le sugerí que le escribiera, pero él no quería provocar a su abuelo. Le tenía miedo, no sabía muy bien por qué, pero siempre había sentido eso. Para él era una situación muy difícil, su abuela y su padrino eran los únicos que le caían bien en la familia. Pero él tenía la misma postura que Alan.

—Vas a tener que ver qué pesa más: el amor que le tenés a tu abuela o el miedo que le tenés a tu abuelo.

Él sonrió y me dio un beso en el cachete. Después sacó el celular y le escribió, aunque no me dejó leer lo que puso.

Una tarde, después del colegio, fuimos juntos a Escalada. Desde que no hablaba con Felipe y Esteban, se veía más con sus otros amigos. A mí no me caían muy bien, él se portaba como tonto cuando estaba con ellos. Sin embargo, no quería dejarlo solo cerca de la Colo, así que me tragaba mi incomodidad.

Una tardecita que planeamos ir a su casa después de parar en Escalada, Alan estaba muy pegajoso, lo que me ponía incómoda.

—¡Pará un poco! ¡Están tus amigos!

—Bueno, podemos escondernos por allá…

—¡No, Alan, si querés vamos a tu casa! ¡Acá no!

Empezamos a pelear. No me acuerdo cuál fue su comentario, uno que provocó risas y me humilló. Lo eliminé, pero me quedó la sensación de asco al estar cerca de esa gente. No quería estar ahí, y estaba segura de que no quería volver. Así que lo saqué de un empujón y lo insulté. Me levanté para irme y uno tuvo que opinar.

—¡Mirá que en la esquina está la loquita esperando que te vayas!

—¡Se lo regalo!

Me fui con lágrimas en los ojos. Tal vez de tristeza, tal vez de bronca, tal vez una mezcla.

—¡Alicia, esperá! De pronto, lo tenía pedaleando al lado, recitando su pedido de disculpas que ya me sabía de memoria. Yo me había cansado de escucharlo.

—¡No podés volver sola! Aunque sea dejame acompañarte hasta tu departamento. ¡Es tarde!

Eso era verdad, había llegado el crepúsculo. Así que le dije que sí, pero que no me hablara. En la estación me hizo caso. Subimos al tren en el que casi no había gente: un tipo durmiendo, un perro al lado y una señora leyendo un libro de autoayuda. Pasó un pibe vendiendo flores y le habló a Alan.

—Amigo, ¿una flor para la señorita?

—¡¡Ni aunque me regale Holanda le vuelvo a hablar!!

—¡Uh, amigo, suerte! Al pibe le faltaban pies para irse.

—¡Dale, Alicia, hice cosas peores!

—Sí, pero me cansan.

—Estoy nervioso últimamente. Los chicos ya no me hablan, mi abuela no quiere decirme dónde está, no quiero quedarme sin estos pibes también.

—¡Estoy cansada de tener que entenderte! Mis amigos tampoco me hablan. Ni mi hermano, ni mi viejo. ¡Así que no empecemos a competir para ver quién está más solo!

—¡Tenés razón! Alicia, sos lo mejor que me pasó en la vida. Mu chas veces me pregunto cómo un pibe como yo tiene la suerte de estar con una piba como vos.

—Sí, lo mismo se preguntan mi mamá, Guille, Male, la gente del merendero…

No pude seguir. Lo miré a los ojos y, realmente, estaba al borde del llanto. Seguimos en silencio hasta Lomas y algo pasó, algo que me impidió bajar.

—Está bien, te perdono, pero a Escalada vas a venir solo. No pude, se había dado cuenta de que no tenía por qué tra tarme así.

No pude, se había dado cuenta de que no tenía por qué tratarme así.

Sin embargo, cuando estuvimos en su casa, no dejé que me tocara. En el fondo, seguía enojada. Así que llegamos y me acosté a dormir.

A la mañana siguiente, me despertó con mate y tostadas con dulce de leche. Él había madrugado, me dijo que no había dormido bien. No estaba muy contenta, despertarme un sábado a las 8 de la mañana no estaba en mis planes. No obstante, no podía enojarme con el dulce de leche y el mate.

—¿Hoy dónde querés ir?

—¿Qué?

—Bueno, me porté como imbécil ayer y te quiero invitar a un almuerzo de disculpas.

—Son las 8 de la mañana, Alan. No sé qué quiero hacer.

—¡Dale, te invito a comer! Mi papá paga.

—¿Viene tu papá?

—No, me dijo que te llevara a comer y me dio plata. ¡Dale! ¿Qué querés comer?

—¡No sé, Alan, estoy desayunando!

Por suerte, bajó la intensidad y pude desayunar tranquila, en silencio. Estuve pensando qué pedir. ¿Cuánto valía la humillación del día anterior? Demasiado. No creía que una simple comida solucionase las cosas. Sin embargo, no había por qué desaprovecharla. Decidí ir a una parrilla libre, en provincia o capital.

—Y si vamos a capital, quiero ir en auto, no tengo ganas de viajar en transporte público.

—Te estás abusando.

—¿Vos decís?

—¡Bueno, está bien! Él fue hasta su computadora y abrió diferentes enlaces que encontró. Cuando por fin tomé fuerzas para levantarme, revisé lo que había elegido. Una pestaña llamó mi atención, era un mapa abierto en una calle cerca del Velódromo de Lanús. Estaba cerca, así que quise ver, pero no aparecía ninguna parrilla cerca.

—¡SALÍ de ahí!

—Perdón, es que está cerca, pero no vi ninguna parrilla. Alan suspiró.

—A veces me meto a ese mapa, cuando mi cabeza me empieza a molestar.

—¿Pero qué es?

—El barrio de mi mamá. Cuando pidió que nos viéramos y yo la mandé a la mierda, me pasó su dirección y dijo que fuera cuando estuviera listo. A veces me meto para ver cómo es su casa. Parece que le fue bien.

No sabía qué decir. A Alan no le gustaba hablar de su madre. Yo sabía lo básico, vivir con su papá era peligroso para ella. Sin embargo, lo que siempre me pregunté fue ¿por qué? ¿Por qué dejó a su hijo con un tipo violento?




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