PARTE 2: La necesidad de hacer las pases
¿Qué vas a hacer ahora? Alicia, llorar frente al espejo de esta estación de servicio alejada de casa no va a servirte para nada. ¿Por qué llorás? ¿Qué te sorprende? Si esto te lo advierten siempre. Todos: tu mamá, la gente del merendero, tus amigos…
Ah, no, tus amigos no. ¿No te acordás? Alicia, ya no tenés amigos. ¿A quién le vas a contar ahora? Increíble, todos te abandonan. ¡Pero Alan está ahí! Vos sos la que lo abandona. Te hacés la difícil, pero sabés que lo vas a perdonar. Por algo no aceptás la ayuda que te ofrecen. En el colectivo, en la estación de servicio, todos te ofrecen ayuda. Cada persona que te cruzás y te ve llorando te pregunta cómo puede ayudarte. Sin embargo, solo sabés responder: “No pasa nada”.
El espejo te dice que la situación es grave. Te mirás una y otra vez el cuello, sus dedos están impresos en tu piel, a pesar de que tenías un pañuelo rodeándolo. No es una sorpresa, pero ahora tenés que esconder las heridas. No te duele el ahorque, te duele SU ahorque.
Llorás más fuerte cuando escuchás tu teléfono. Es obvio: es él y no querés contestar. Sabés que te va a pedir perdón, sabés que está arrepentido, incluso sabés que lo vas a perdonar. Porque, después de todo, no es el único culpable; vos insististe en ir para que hablara con su madre. ¿Para qué te metés? ¿Ves que te la buscás?
Y agradecé que todavía hace frío, así podés justificar tu pañuelo. Y ojalá la primavera se demore, porque esos moretones no se van a ir así nomás.