Alicia, miralo, no podés decir que no está arrepentido. Está llorando y besa tus moretones; los que él se arrepiente de haberte he cho. Lo abrazás y decís que no pasa nada. Él te acaricia el cuello y jura que no va a volver a ocurrir. Se recuestan en la cama y se calma. Vos jurás que está perdonado. En el fondo sabés que está perdonado desde el sábado.
Recostados, se miran y se juran amor para siempre. La idea de recorrer el país cuando termines la secundaria vuelve a surgir. Estás más convencida que nunca. Después de todo, en diciembre de 2023 ya vas a tener 18 y no van a poder decirte qué hacer.
Sus manos son suaves. Te acarician el rostro y los moretones que te dejó. Él te recuerda que sos lo mejor que le pasó en la vida. Lo besás, sus labios están cálidos. Sabés lo que va a pasar y te encanta. Así que te dejás llevar por sus manos que siempre son tu guía. Al terminar, se quedan callados, mirándose. Te gusta hacer eso, es tu parte favorita, perderse en la profundidad de sus ojos y su sonrisa.
Claro que a veces sale mal. Roberto no sabe golpear la puerta, aunque por suerte cerró rápido y estaban tapados. Es la segunda vez que pasa, pero sentís más enojo que vergüenza en ese momento. Encima le encanta fastidiar desde el otro lado.
—¡Ay, ya se amigaron, que lindo!
—¡Papá!
—¡Es que me encanta verlos juntos!
—¡No digas eso! ¡Suena raro!
—¡Mejor te compro un pasador para la puerta! Nena, ¿te cuento para comer?
—No sé, tengo que preguntar.
—Preguntá; tengo que saber.
Convencer a tu mamá no es fácil. No sabe nada del sábado, pero algo intuye, no es tonta. Sin embargo, nunca vas a contar nada, ella no entiende cómo es su relación. Si bien sospecha, no encuentra excusas para no dejarte estar en casa de Alan.
—¡Sí, me quedo!
—Podés quedarte a dormir, si querés —te dice Alan.
—Alan, no puedo ir con esta ropa mañana, ¡está sucia! Tuve gimnasia.
—Si la pongo a lavar ahora, se seca para mañana a la tarde. Mientras te puedo prestar algo mío.
Después de una ducha, te probás su ropa. Te queda gigante, pero sirve. Además, tiene su olor, ¿qué más podés pedir? Se siente muy cómoda. Su papá se ríe cuando te ve. Su idea de dejar una muda por las dudas no es mala. Roberto sirve las salchichas. Se para al lado tuyo y te levanta el pelo. Ve tus marcas y mira al hijo.
—¿Qué hiciste?
—Señor, no se preocupe, ya lo hablamos y estamos bien.
—Nena, no te estoy hablando —responde mientras mira fija mente a Alan—. ¡Ni se te ocurra volver a hacer esto!
—No, papá.
La cena es un poco incómoda. El silencio es prolongado y necesitás interrumpirlo de alguna manera.
—Está muy rico.
—Sí, fue todo un desafío poner las salchichas en el agua. Los tres se ríen.
—Cuando la mamá de Alan se fue, mi mamá nos llenaba la heladera. No quería que su nieto viviese a comida chatarra. Hoy en día es Alan el que cocina…
Por suerte podés salir del momento incómodo. Sos hábil para eso.