“¡Calmate, Alan!”.
Te despertás agitado. Otra vez, ese sueño. Esa pesadilla se repi te con mayor frecuencia. ¿Qué te pasa? Si estás haciendo las cosas bien. Son las seis y media de la mañana, pero te da miedo volver a dormir.
Te levantás y revisás la ropa de Alicia. Ya está seca. La idea de que ella use polera no te gusta. Sabés que lo hace para protegerte. Pero ¿por qué? No merecés eso. Lo mínimo que podés hacer es plancharla. Aprovechás que está durmiendo y bajás.
Por desgracia, tu papá también se levantó temprano.
—¿Qué hacés?
—Plancho el pantalón de Alicia.
—Ay, esa culpa… ¿Sabías que los moretones siguen ahí unos días más? Por suerte el invierno no se quiere ir.
Sentís escalofríos. Que te comparta ese dato te recuerdan un montón de imágenes que querés olvidar. Él se levantó con ganas de hablar.
—Ya lo hablamos, no podés pegarle a una mujer, ¿querés terminar en cana? No tengo ganas de estar cubriéndote. ¿Qué pasó?
Suspirás y recordás lo que pasó el sábado. Pensás que es mejor que tu papá se entere de las cosas por vos antes que por él mismo. Mientras más rápido lo sepa, mejor.
—Tengo que decirte algo que no te va a gustar.
—¿Qué hiciste ahora?
—Volví a hablar con mamá. Las palabras salen como si fuesen un vómito. Se sintió como cuando te sacaste la gasa que cubría tu tatuaje. Él está sorprendido, ¿o enojado? No le gusta lo que escucha, pero no dice ni un comentario. Su silencio te asusta y desearías que te grite antes que esté en silencio, mirándote fijo, sentado, golpeando de a uno sus dedos contra la mesa.
—Me habló en pandemia y yo no quise saber nada. Pero ahora…
—¿Tu noviecita te dijo que le hables?
—No metas a Alicia en esto.
—¡Nunca quisiste verla y ahora que estás con ella, le hablás!
—¡Le conté que tenía curiosidad y lo único que hizo fue animarme a ir!
—¿De qué tenés curiosidad? ¡Es una perra que te abandonó an tes de empezar el preescolar! ¡Tuve que bancarme tus preguntas, tu llanto y tus pesadillas! ¿Y ahora viene a buscarte? Para hacerse la víctima es muy buena.
—¡Ella no me habló de vos! ¡Le pedí que no lo haga! Pero ya te lo dije, yo me acuerdo de lo que le hacías. ¡Era obvio que se iba a ir!
—Estás exagerando. Hijo, eras muy chico y te impresiona bas fácil. No podés creer lo que dice. Vos sabés lo que viviste, por eso te acordás. Ningunea tus sentimientos como si no valieran nada.
—Yo no era el problema. Ella me sacaba, a vos nunca te pegué ni te hice nada. No podés decir que soy violento.
—Papá, le sacaste un ojo a Plutón.
—¡Casi me caigo de la escalera porque se cruzó!
—¡Papá, es un gato!
—¡Casi me tira!
—¡No fue a propósito! ¡Es un gato!
Él suspira, busca dar por terminada la charla. Sin embargo, vos te levantaste picado.
—¡Y Helena pensó que fui yo!
—Mirá, lo mejor que nos pudo pasar es que haya creído eso y que nos pida el gato a cambio de no denunciarte porque le ha bías pegado.
—¡Pero era mi gato!
—Fue un buen arreglo. Una causa penal a los 17 años iba a ser un obstáculo en tu futuro. ¡Y ojo con lo que le hacés a esta pendeja! Es dócil, sí. Pero tiene algo que la otra no: familia.
Agarra las llaves y se va, así como así. Pero no sin confirmar lo que más temés.
—Tal vez no estés hecho para tener novia. A veces es mejor que darse solo.
Sus palabras te duelen y él no tiene idea. No podés decírselo, se va antes de que puedas reaccionar. No espera respuesta ni saber qué pensás vos sobre eso. Aunque tampoco vos sabés que pensás. Lo único que te sale es desquitarte con la plancha hasta que terminás y vas a tu pieza para ver a Alicia.
Todavía está dormida. Agradecés que no haya oído nada. Las marcas del cuello te atormentan. La mirás y pensás lo afortunado que sos de que una piba como ella esté con una bestia como vos. Tal vez Internet tiene alguna respuesta. Así que le consultas al único que creés que pueda tener una respuesta: Google.
¿La violencia de género es genética?
¿El hijo de un golpeador está destinado a ser golpeador?
¿Puedo dejar de ser golpeador?
Los resultados abundan en la red y son muy diferentes. ¿Quién tiene razón? ¿Cómo saber cuál es la respuesta correcta?
Tenés miedo de hacerlo mal. Sos un completo desastre. Alejás a todo el mundo, nadie te aguanta. No es como que seas buen amigo, buen hijo, buen novio… Alicia está acá. Pero ¿por cuánto tiempo? Ya se va a dar cuenta de lo que sos y…
—¡Basta!
—¡Alan! ¿¡Qué pasa!?
Ya la tuviste que despertar, ni para dejarla dormir servís.
—Nada, es que… ¿No te pasa que tenés una voz en tu cabeza que te rompe las pelotas?
—A veces. —Te acaricia, es un amor—. ¿Qué te dice? —pregunta.
—Que no merezco una novia tan perfecta como vos.
Te abraza, porque ella sí es amorosa. Podría hacer feliz a cualquier pibe, pero te elige a vos. Algo bueno debés tener