Estas últimas semanas te sentís más contenta. Las marcas de tu cuello ya no están. Podés dejar de usar polera. Tu mamá reconoce que estás más feliz. También nota el cambio de Alan.
Desde que habla con su madre, él está más tranquilo. Incluso podés ganarle en los juegos sin que se enoje. Tendrías que estar orgullosa, muchos de sus cambios son gracias a vos.
De todas formas, tu madre le sugiere que vaya a terapia, pero él se niega. Sin embargo, no lo dice con violencia, sino con respeto. Pero ella sigue alerta y te pide que hagas lo mismo.
—Esto ya lo vi en el hospital. La luna de miel se termina. ¡Por favor, Alicia, tené cuidado! En serio, vos también necesitás terapia.
—Mamá, estoy bien. Alan y yo estamos bien. ¿A qué voy a ir a terapia? ¿A hablar de papá? ¡No merece mi atención! Es más, ¿sabés qué podemos hacer hoy? ¡Ir a comprar un bolso! Hace mucho que no paseamos juntas. Y ya me toca cambiarlo, no se puede reparar.
La idea llena de alegría a tu mamá y, esa tarde, salen. Es difícil elegir, hay muchos modelos. El negro combina con todo, pero hay colores muy lindos. Liso es mejor, los estampados son más difíciles de combinar.
De pronto, tu celular suena, es Alan. Está en el hospital, internaron a Maribel. Su mamá lo llamó esa mañana porque quería que él estuviera, pero Alan se siente solo. Necesita que estés ahí. Se lo explicás a tu mamá y te entiende. Decide acompañarte. A pesar de ser su franco, está dispuesta a ir. ¿En serio creés que es porque quiere asegurarse de que la beba está bien? Quiere conocer a Maribel, es obvio. De todas formas, le decís que sí.
Llegan a Lanús y entran al hospital. Tu mamá conoce ese lugar, así que sabe para dónde ir. Encuentran a Alan rápido. Se lo ve nervioso. Cuando te ve llegar, te abraza. Luego se separan y nota a tu madre.
—Gracias por venir, Ana.
—Bueno, nunca está demás volver donde una empezó. ¿Qué sabés de tu madre?
—Recién la llevaron a la sala de partos. Estoy asustado.
—Tranquilo, este es un buen hospital. Va a estar bien. Si lo pudo hacer a los 16, va a poder ahora.
—A los 16 me tuvo por cesárea, nunca tuvo un parto natural. ¡Ella no sabe parir!
La idea hace reír a tu mamá que, por primera vez, lo mira con ternura.
—Te lo digo por experiencia propia, es mucho mejor tener un parto natural que una cesárea. No te preocupes, en un rato ya va a salir.
Lo ves nervioso, así que agarrás su mano.
—Es raro, soy el único de su familia. Están los padres de su marido y me tratan re bien. No paran de felicitarme y preguntarme cómo me siento. Me tuve que alejar, me ponían incómodo. ¿Qué sé yo? ¡Raro! Nunca pensé que iba a tener una hermana. O sea, de chico quería una, pero ya no puedo jugar con ella.
—Podés enseñarle a andar en bicicleta —le decís.
Él sonríe y te acaricia la mano. Lo que te dice te hace pensar. ¿Cómo habría sido para ella el nacimiento de Alan? Sin nadie alrededor, teniendo tu edad, totalmente sola. Vos con una simple gripe ya estás llorando. ¿Qué harías en esa situación? Pariendo sin tus padres, hermanos, amigos. Tu única familia sanguínea sería ese bebé que va a nacer.
Respirás tranquila, sabés que nunca estarías en ese lugar.
Cuando el nuevo padre baja e informa que salió todo bien, invita a Alan a subir. La parturienta quiere que su hijo entre y él lo hace. Todavía no es el horario de visita, así que vas a tener que esperar para entrar.
Tu mamá y vos salen un rato. Piden un cuarto de helado cada una por celular. La moto llega rápido y podés disfrutar de esa fru tilla que te llena de placer. Tu madre te cuenta un poco de cómo empezó a trabajar ahí cuando se recibió. No tenías idea de nada de lo que te cuenta.
Después de comer, entran. Alan todavía no bajó, pero tenés un mensaje que dice que está todo bien. Vos pensás que lo ideal es irte, pero él quiere que conozcan a la beba. Tu mamá no está de acuerdo, pero en el fondo la mata la curiosidad. Falta poco para el horario de visitas. De pronto, una voz desconocida las interrumpe:
—¡Doctora Echeverri!
¿Quién le dice “Echeverri” a tu madre todavía? Mirás y un enfermero se abraza con tu mamá. ¿Quién es? ¿Y por qué ella sonríe? No entendés qué pasa, pero sabés que lo mejor es aclarar la situación antes de que ella se olvide.
—¡Es la doctora Guerra!
Tu mamá se pone incómoda, pero sonríe. Él también parece feliz de escuchar eso.
—Es mi hija, Alicia. Alicia Echeverri Guerra.
—¿Dos apellidos? Bien.
—Sí, por ahora. Echeverri ya me lo voy a sacar.
Tu mamá está asombrada, no conoce esa intención. Después mira al enfermero. Los dos se conectan en silencio, con sonrisas y miradas. Solo te preguntás una cosa: ¿es soltero? En su mano no hay anillo, pero tal vez está de novio. Te morís por preguntarle.
—Igual ya no trabajamos juntos, podés decirme Ana.
—O sea, no vas a volver a trabajar acá. ¡Qué pena! Bueno, podés decirme Samuel.
—No, Samuel, no voy a trabajar acá. Vengo a ver a una parturienta.
—¡Ah! Te puedo hacer pasar, ¿el nombre sabés?
—Maribel… algo —decís.
Tal vez hubiese sido mejor preguntarle el apellido a Alan. Por suerte está el marido al lado, así que le consultás dónde está. Te responde sin preguntar quién sos o por qué querés saberlo. Así que Samuel las ayuda a pasar.
—Tienen suerte, su compañera termina de irse. Igual hagan rápido. Ya sabés cómo es, Ana; en cualquier momento va a entrar otra paciente.
—Sí, muchas gracias.
Llegan a la habitación y ves a Alan con su hermanita en sus brazos. La imagen te llena de amor. Maribel se ve agotada, pero está contenta. Samuel se va y las madres se presentan. Empiezan a hablar pero vos estás concentrada en Alan y su hermanita. Es hermosa, muy parecida a él. Duerme muy tranquila y él se ve atontado.
—¿Viste lo chiquita que es? ¡48 cm mide! Es muy chiquita…
Tu mamá no quiere molestar a Maribel, pero le dice que ante cualquier duda no tema en consultar al personal. Que son excelentes médicos los que trabajan ahí.