Definitivamente es complicado

SEGUNDA PARTE - CAPÍTULO VIII

Últimamente tu papá apenas te habla. Se pone así cuando está enojado, y ya estás acostumbrado. Por eso visitás a tu mamá más seguido.

Decidís darle una mano con la mudanza. La casa nueva es muy linda, y está cerca de la universidad a la que piensa ir Alicia. No podés pedirle que no estudie, pero sí podés estar cerca cuando lo haga. Después de todo, tu mamá te dijo que podés quedarte en el escritorio que tiene la casa. Iba a ser la biblioteca del marido, pero quiere tenerte cerca otra vez.

¿Cómo se lo vas a decir a tu papá? ¿Te vas a ir, lo vas a abandonar como ella los abandonó? Él siempre está y estuvo ahí, en las buenas y en las malas. ¿Dónde estaba ella?

Sabés que tu madre hace lo que puede. Todavía tiene miedo de qué él aparezca y le haga algo. No lo creés capaz, pero tu mamá no te cree. Tantos años de maltrato dejan huellas.

Mirás a tu hermana y le tocás las manos, son muy chiquitas. Le cantás la canción de Víctor Heredia que le dio su nombre. Ella te mira con los ojos entreabiertos. Te preguntás si puede reconocerte, si distingue lo que ve con solo doce días.

Te la imaginás en 16 años, de novia con un idiota. Sentís un escalofrío cuando te imaginás que llega a la casa con marcas en el cuello. Te llena de miedo y bronca esa escena. Pero te calmás cuando recordás a Felipe y Esteban, que jamás se violentan con sus parejas. Entendés que no todos son bestias. Pero tenés fe, creés que vas a poder cambiar y ser un buen novio como lo son tus examigos.

—¡Hijo! ¡Gracias por ayudarnos a limpiar!

—No hay de qué. No quiero que te esfuerces de más.

—Bueno, ustedes no me dejaron hacer nada —dice mirando a su marido y a vos—. ¡Esa chica Alicia me cayó muy bien! Apenas nos conoce y estuvo bajando cajas. Y la mamá vino en su franco al hospital. ¡Qué familia amorosa!

—Ellas sí. El hermano y el padre son idiotas.

La sonrisa de tu mamá desaparece. Sabe que el papá de Alicia hizo lo mismo que ella, aunque por otros motivos. Sin embargo, el comentario no deja de tener algo personal y se le nota la culpa. Es difícil salir de esa conversación. Por suerte ella se toma ese trabajo.

—¡Hijo, mirá, te compré algo! Abrís la bolsa y sacás una camiseta de Argentina con el nombre de Messi. Intentás fingir una sonrisa, pero no te sale.

—¿No te gusta? Ya sé que no es la original, pero…

—No es eso. Es que… no me gusta el fútbol.

—¿Qué?

—Me aburre.

—¡Pero es el Mundial! —interviene su esposo.

—Sí, y me aburre. Yo sigo la NBA. Ya sé, es cosa de yanquis. ¡Pero el fútbol viene de Inglaterra! No sé, me aburre que un partido termine 0-0.

Te sentís mal por tu sinceridad, pero te molesta que tu mamá te dé algo que jamás te pondrías. ¡Hasta tus profesores saben que odiás el fútbol! Además, es un talle menos. ¿Cómo puede equivocarse en el talle? De todas formas, es un buen regalo para Alicia, aunque ya la tiene.

—Gracias, igual. La voy a usar como cábala.

—No tenés que usarla si no te gusta —te dice tu mamá.

—Bueno, así estaríamos vestidos igual con Alicia. Ella ama el fútbol.

—¡Las dos familias podríamos ver el partido juntas! Es a las 7 de la mañana.

—Mamá, puedo ponerme la camiseta y fingir ver un partido a la tarde. ¡Pero no me despiertes a las 7 de la mañana a ver fútbol!

Ella se empieza a reír y recuerda que no te gusta madrugar. Tienen mucho para aprender el uno del otro.




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