Definitivamente es complicado

SEGUNDA PARTE - CAPÍTULO IX

Ese 4 de noviembre no lo vas a olvidar nunca. Tus sospechas son muy grandes y tenés miedo de contarlo. Ya pasó un mes y nada. Alan dijo que está cerca, pero sentís que no llega más. Son las cinco de la tarde y no sabés qué hacer.

Del otro lado de la puerta te espera el resultado que no te atrevés a enfrentar. Preferís que entre Alan, y te diga si hay un “más” o un “menos”. Te arrepentís de confiar solo en la inyección. Tu mamá te lo dice siempre y todos los preservativos que te da terminan dentro del cajón de la mesa de luz de Alan.

Revisás tu calendario y notás que no te olvidaste de ninguna aplicación. Sin embargo, nunca tuviste un atraso tan largo. Además, cada vez es más frecuente que se te hinchen los pies, los antojos, las náuseas, los cambios de humor, todo.

¿Qué vas a hacer? No querés ser madre, querés seguir estudiando. Tampoco te lo querés sacar, es tu hijo y el de Alan. Es tu sueño, lo deseás, pero no en este momento. Te suena el celular. Alan avisa que está en la esquina. Corrés hasta encontrarlo. Lo abrazás y temblás.

—¡Ey! ¿Qué te pasa?

—Alan, tengo miedo.

—Pero, ¿qué te pasó? ¿Está todo bien?

—¡No! ¡Tengo miedo!

Te ponés a llorar y él te tranquiliza haciendo que respires profundo. Cuando lo lográs, le explicás lo que te pasa. Se ríe, cree que estás paranoica. Empiezan a caminar hacia el departamento. Al principio, te trata de exagerada. Sin embargo, mientras detallás lo que te pasa, va cambiando su tono.

Sabés que se está enojando. Te alejás y se quedan hablando frente al edificio. Entonces eleva la voz. Te da miedo y, otra vez, aparece la agarrada del brazo.

—¡Decime la verdad! ¡Lo hiciste a propósito!

—¿Qué?

—No fuiste a aplicarte la inyección, ¿no?

—¿¡Qué decís!? ¡Obvio que sí!

—¡Mentira! Vos me querés atar, entonces te embarazaste, ¿no, perra?

Es la primera vez que te insulta. Sus palabras te duelen más que el agarre. Vos jurás y jurás que no es verdad. Pero él ya no te escucha, está más sacado que nunca. ¡Nunca te trató así, nunca te pegó así! Definitivamente no es él. No podés hacer otra cosa más que cubrirte.

Por suerte Walter escucha tus gritos y te lo saca de encima. Otras personas se acercan para inmovilizar a Alan. Walter te ayuda a le vantarte y te revisa. Dos chicas llaman a la policía por teléfono. Vos no querés seguir ahí.

Corrés hasta tu departamento y te encerrás en el baño. Te lavás la cara y mirás al espejo. No te reconocés de tantos moretones que tenés. Revisás el test y no podés creerlo. Gritás y lo tirás contra la pared. Te quedás llorando en el baño, con la espalda contra la puerta.

De pronto escuchás tu teléfono y temblás. El miedo te impide contestar. Suena una y otra vez, te tiembla el cuerpo y sentís pánico de que algo horrible pueda pasar.

Te acordás de que dejaste la puerta abierta, que se puede meter cualquiera. Hay pasos en el comedor y el terror te invade. Por suerte, escuchás la voz de Walter.

—Criatura. ¿Cómo estás?

—¡Quiero estar sola!

—Hablé con Ana, dice que no le atendés el teléfono.

Revisás y tenés llamadas perdidas de tu mamá. La llamás y te atiende. Está nerviosa, se la escucha agitada.

—¡Mamá, por favor, vení! Te necesito.




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