Definitivamente es complicado

SEGUNDA PARTE - CAPÍTULO XI

Sos un mar de lágrimas y no querés hablar con nadie. Desde ayer a la tarde que no tocás tu celular, está apagado. Tenés miedo. No de sufrir otro golpe, sino de perdonarlo.

Sentís que sos responsable, que no tendrías que haberle contado; tendrías que haberte hecho el test en secreto y luego, en caso de em barazo, avisarle por teléfono. El problema es que no sabés hacer las cosas por vos misma. Metiste a Alan en un estrés innecesario. Sabés que tiene problemas para manejar sus emociones.

De todos modos, algo adentro de vos te hace dudar sobre tu culpa: ¿por qué sos vos la que siempre tiene que entenderlo? Tenés que entender que su vida es complicada, pero estás cansada de justificarlo siempre. Nadie puede negar que él tiene problemas: su papá es violento, su mamá aparece después de 14 años de abandono, lo poco que recuerda de sus padres juntos son peleas estando él en el medio.

La imagen da pena, un nene metiéndose entre sus padres para que no peleen. Pero ¿vos qué culpa tenés? Sí, lo podés entender, pero eso no significa aceptarlo como es. Vos ya lo aconsejaste, intentaste sacarlo, pero no podés lograrlo si él no quiere. ¡Basta, Alicia! Sabés que merecés algo mejor.

De pronto, escuchás ruidos. Distinguís una voz familiar pelean do con tu mamá. No lo podés creer. ¿Tus oídos fallan? La incredulidad te empuja a salir de la pieza. Tus sospechas son ciertas. Silenciás la pelea, necesitás saber por qué él está ahí.

—¡Hija! ¡Por fin saliste!

—¿Qué hacés acá? —le preguntás enojada al intruso.

—¡Lo tuve que ir a buscar a la comisaría! Por pegarle a Alan —interviene tu mamá.

—¡Ese idiota se lo merecía! —afirma Lucas mientras acaricia tus golpes—. ¡Y me quedé corto!

—¿¡Corto!? ¡Le pegaste a un menor de edad! —grita tu mamá.

—¡Se hace el vivo con minas! ¡Que se meta con un hombre!

—¡Hay una denuncia en proceso y no sé qué va a pasar ahora!

—¿Por qué le pegaste? —interrumpís la discusión y te alejás para que no te siga tocando.

—¿Cómo “por qué”? ¿¡No ves cómo te dejó!?

—No, desde ayer no me miro al espejo, pero yo no te pedí que le pegaras.

—Alicia, ¿lo estás defendiendo otra vez? —pregunta tu madre.

—No. Pero no quiero que Lucas le pegue. Quiero que me llame. Quiero que me pregunte cómo estoy. Quiero que esté conmigo. ¿Por qué me dejó de hablar? ¡Si el problema era con vos! —Le hablás a él—. ¿¡Por qué me abandonaste!? Tu pelea fue con mamá, no conmigo. ¡Y a mamá no le molestaba que seas gay, sino el idiota que te elegiste de novio! ¡Y los dos sabemos que ella tenía razón! ¿Y sabés por qué tenía razón? ¡Porque es hombre! ¡Y de ustedes no se puede esperar nada! ¡NO SIRVEN PARA NADA! ¡Solo saben lastimar y dejarte tirada! ¡Como vos! ¡Como papá! ¡Como Lucio! ¡Como Alan! —Sentís que se te quiebra la voz—. ¡Incluso Guillermo me cambió! ¡Qué todos los hombres se vayan a cagar!

—¡Pobre Walter! —dice una voz grave.

La reconocés. Te das vuelta y desde la cocina te miran Guille y Malena. Corrés y los abrazás. Les pedís perdón y ellos hacen lo mismo. Otra vez están juntos los tres.

—¡Las extrañé!

—¡No volvamos a pelear, nunca!

—¡Jamás!




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