La victoria contra Polonia había posibilitado el partido del 3 de diciembre. Sin embargo, a Alicia le costaba concentrarse. Un mes atrás, las peores sospechas habían aparecido por su mente. Y, si bien había muchas causas que podían ocasionar un atraso, eligió el peor escenario. Y eso la llevó a la situación final con su relación de sueño. Ese sueño del que tuvo que despertar. Sus amigos se dieron cuenta de que estaba rara: no comentaba el partido, no hablaba de las posibles jugadas y demás.
—¿Qué le pasa a la comentarista deportiva? —preguntó Guille.
—¿Eh? Nada, es que… Va 0-0 todavía —comentó Alicia.
—¡Qué profundo! —bromeó Malena.
—Perdón, no estoy concentrada. No importa.
El Mundial que esperaba desde el 2018 estaba sucediendo, pero sus recuerdos del 4 de noviembre no la dejaban concentrarse. Al día siguiente se cumpliría un mes sin contactarse con Alan. Él seguramente se quejaría de un partido que iba 0-0 después de media hora. No podía dejar de preguntarse cómo estaba, si la extrañaba y muchas otras cosas.
Sabía que sus amigos lo estaban acompañando otra vez y que, por ley, tenía que ir una determinada cantidad de sesiones con psicopedagogos y psicólogos. Deseaba llamarlo y preguntarle si necesitaba algo, si le estaba sirviendo todo lo que hacía. No obstante, sabía que no podía hacerlo. “No es bueno para ninguno de los dos”, le habían dicho muchísimas personas. Su relación estaba rota, ya no podía arreglarse.
Un pase de Messi a Mac Allister la trajo al partido.
—¡A Otamendi! —gritó y Alexis obedeció.
Cuando Otamendi la amortiguó para dejársela al diez, los amigos corearon.
—Cantalo, cantalo, canta… ¡GOL!
Un grito unísono inundó Temperley y toda la Argentina.
La casa de Felipe no era la excepción. Todos gritaban menos Alan, que se limitó a sonreír. Acariciaba un pequeño gato que tenía en sus piernas. Como si supiese la angustia que sentía, el cachorro empezó a ronronear.
A Alan le costaba estar ahí. El fútbol le hacía mal, solo le recordaba que hacía casi un mes no veía a la mejor novia que tuvo. No podía hablar con ella ni contarle que estaba mejor. Estaba bloqueado de todos lados. O eso creía ella.
La verdad era que Facebook ya no se usaba, pero no dejaba de estar conectado con Instagram. Las publicaciones subidas ahí suelen compartirse en Facebook (al menos que esté desactivado). Ella nunca lo bloqueó de esa red obsoleta, entretenimiento de la generación X.
Pudo ver la historia de Alicia; había subido un video con la jugada que había hecho gritar a la Argentina. Él estaba seguro de que ella ya había visto ese gol antes que la pelota entrara al arco. Quería llamarla, hablarle, contarle lo mucho que había avanzado y que la extrañaba, pero sabía que no podían volver jamás.
En el entretiempo todos estaban comentando el partido, pero Alan se fue con el cachorro a la pieza de Felipe. Prometió que iba a volver para el segundo tiempo así Argentina ganaba el Mundial de una vez por todas.
Una vez ahí, inició una videollamada que fue atendida rápidamente.
—No pensaste que te iba a dejar en paz, ¿no?
—No esperaba que lo hicieras. Es más, me gusta que me llames. ¿Cómo andás?
A Alan le parecía irónico que a su tía le gustara que él llamara, ya que no le agradaban los hombres de su familia.
—Después de pelear con tu hermano, vine a ver el partido con mis amigos.
—¿Por qué pelearon?
—Porque me regaló un gato.
—¿Y qué tiene de malo?
—¿Por qué me regaló un gato? ¿Para sacarle un ojo a este también? Hoy vine porque Felipe me dejó traerlo. ¡No pienso dejarlo solo con él! Es más, me lo voy a llevar de vacaciones.
—¿Y cómo vas a hacer con la terapia en vacaciones?
—No voy a dejar, para eso existe Internet. Ya quiero que llegue enero, no soporto a tu hermano —suspiró irritado—. ¡Ay…! ¡No sé qué me pasa con el viejo! Últimamente nos llevamos así.
—Bueno, es común a esta edad. Y en especial por lo que estás pasando.
—Mi terapeuta dice lo mismo. Es más, ayer fuimos los dos.
—¿Y cómo les fue?
—Peleamos en terapia también. Lo raro es que después me dijo que me quería, ¿lo podés creer?
—Volvió a hablarme para pedirme ayuda por vos. Nos dejamos de hablar hace años y nunca nos llevamos bien. Así que sí, le creo.
—No sé… Nunca me lo dijo y me puso incómodo. ¡Me dio bronca! Porque le dije que yo no sabía si me quería o no y me dijo “obvio que te quiero”. ¿¡Cómo va a ser obvio!?
—Tal vez necesites tomar distancia.
—Sí, creo que me van a hacer bien las vacaciones.
—Falta bastante. Recién hablé con él.
—¿De qué?
—¿No te gustaría vivir acá un tiempo?
—¿Qué?
—Bueno, el quincho que adaptamos para tu abuela es grande. Y a ella le gustaría que vivieras con ella un tiempo. Incluso se puede agrandar para que tengas una pieza aparte si querés pasar un tiempo acá y un tiempo allá. Y los amigos de tu primo son de arreglarse mucho, así que vas a tener un par de clientes.
Era mucho para procesar. En La Plata iba a estar lejos de sus amigos, aunque Felipe iba a estudiar ahí el año siguiente. Además sentía algo de culpa; su papá iba a quedarse solo en una casa tan grande. Claro, podía visitarlo, pero no sería lo mismo.
Vivir con su abuela era un deseo que tenía de chico, que ella se quedase con su papá y él. Pero ¿vivir con una tía que solo conocía por llamada? ¿Con un primo un poco más chico que él que no conocía? Y de su tío no sabía nada.
—¿Puedo llevar a mi gato?
—Por supuesto.
—Lo voy a pensar.
—Tomate tu tiempo.
Se despidieron y Alan quedó pensativo. Mudarse era cambiar de ambiente, abandonar a su padre y a la casualidad: la casualidad de encontrarse con Alicia. Solo podía entrar a su perfil una y otra vez.
Sabía que eso no estaba bien, pero quería decirle tantas cosas.
—¿Qué haces acá solo?
Alan miró hacia la puerta y se encontró con Ela. De a poco, volvía a hablarle. Era difícil para ella, habían sido amigos de chicos, pero la indignó que se portara como se portó. Sabía que su arrepentimiento era genuino, pero también se sentía traicionada. ¿Cómo podía hacer para creerle? Ella también se había cansado de creer. Aunque sabía muy bien que su enojo no era del todo hacia él.