Clara aprendió muy pronto que había cosas que era mejor no desear.
No porque fueran imposibles.
Sino porque desearlas demasiado podía hacerla olvidar cuál era su lugar.
A las siete y doce de la mañana cerró con cuidado la puerta de casa para no despertar a su madre. El ascensor llevaba tres semanas averiado, así que bajó los cuatro pisos por las escaleras mientras buscaba las llaves dentro del bolso.
En el portal se cruzó con la señora Amalia.
—Otra vez tan temprano, hija.
—Como todos los días.
—Trabajas demasiado.
Clara sonrió.
—Eso significa que todavía tengo trabajo.
La mujer negó con la cabeza mientras Clara salía a la calle.
Hacía frío.
Se subió la cremallera del abrigo hasta el cuello y caminó deprisa hacia la parada del autobús.
A esas horas la ciudad todavía pertenecía a otra gente.
A los que limpiaban las calles. A quienes levantaban las persianas de las cafeterías. A los repartidores que descargaban cajas mientras el resto dormía. A mujeres como ella, que calculaban mentalmente si podían permitirse llegar cinco minutos antes tomando un café o si era mejor guardar esos dos euros.
Clara siguió caminando.
El café podía esperar.
Cuarenta minutos después, las puertas de cristal de Vidal Global se abrieron ante ella.
Siempre experimentaba la misma sensación al entrar.
Mármol. Cristal. Silencio.
Y un enorme logotipo metálico presidiendo el vestíbulo.
VIDAL GLOBAL.
Más de tres mil empleados. Oficinas en seis países. Hoteles, inversiones inmobiliarias y una división tecnológica que había convertido a la familia Vidal en una de esas familias cuyo patrimonio aparecía de vez en cuando en las revistas económicas.
Clara enseñó su acreditación al vigilante.
—Buenos días, Clara.
—Buenos días, Miguel.
—Hoy has ganado.
Ella miró el reloj.
—¿A quién?
—A mí. Pensaba que conseguiría llegar antes que tú alguna vez.
Clara sonrió.
—Mañana tienes otra oportunidad.
Entró en el ascensor.
Pulsó el número 32.
Las puertas se cerraron.
Y entonces, como cada mañana desde hacía cuatro años, comenzó la parte absurda de su vida.
La parte que nadie conocía.
Porque Clara Martín estaba enamorada de Alejandro Vidal.
Su jefe.
No de una forma razonable.
Ni siquiera sabía exactamente cuándo había sucedido.
Quizá había sido aquella tarde, durante su primer año en la empresa, cuando Alejandro encontró llorando a una empleada a la que acababan de comunicar que su marido estaba gravemente enfermo.
Clara había esperado verlo marcharse.
Tenía una reunión importante.
En lugar de hacerlo, Alejandro canceló la reunión, se sentó junto a aquella mujer y permaneció con ella casi una hora.
O quizá había sido cuando Clara cometió el peor error de sus primeros meses y estuvo convencida de que la despedirían.
Alejandro se limitó a cerrar la puerta de su despacho.
—¿Sabes qué has hecho mal?
—Sí.
—¿Volverá a ocurrir?
—No.
—Entonces no necesitamos perder más tiempo hablando de ello.
Y nunca volvió a mencionarlo.
El ascensor llegó al piso treinta y dos.
Clara salió.
A esa hora todavía estaba prácticamente vacío.
Dejó el bolso junto a su mesa, encendió el ordenador y entró en la pequeña cocina reservada a dirección.
Alejandro llegaría en unos minutos.
Café solo.
Sin azúcar.
Una costumbre ridícula.
Podría preparárselo cualquiera.
Pero hacía tres años que Clara lo hacía cada mañana.
Y él jamás se lo había pedido.
A las ocho menos cinco oyó abrirse el ascensor.
No necesitó mirar.
Reconocía sus pasos.
Alejandro Vidal apareció al fondo del pasillo con el teléfono junto al oído.
Traje oscuro.
Abrigo largo.
Cuarenta y tres años.
Alto.
El cabello oscuro comenzaba a mostrar algunas canas en las sienes, algo que, para desgracia de Clara, solo conseguía hacerlo todavía más atractivo.
Pasó junto a ella mientras hablaba.
—No. El jueves es demasiado tarde. Quiero el informe mañana.
Clara fingió concentrarse en la pantalla.
Alejandro entró en su despacho.
Cinco segundos después volvió a salir.
—Clara.
Ella levantó la mirada.
—¿Sí?
Él sostenía la taza.
—Algún día tendrás que explicarme cómo sabes exactamente a qué hora voy a llegar.
—No es difícil.
—¿Ah, no?
—Es usted bastante previsible.
Alejandro arqueó una ceja.
Clara sintió que acababa de sobrepasar una línea invisible.
Pero él sonrió.
—Eso ha sido un insulto.
—Una observación.
—Peor todavía.
Durante unos segundos se miraron.
Y, como siempre, Clara fue la primera en apartar los ojos.
—Tiene la reunión con el consejo a las nueve.
—Lo sé.
—Y el señor Ferrer ha vuelto a llamar.
La sonrisa desapareció.
—Ese hombre acabará conmigo.
—También es bastante previsible.
Alejandro la miró nuevamente.
Esta vez sonrió de verdad.
—Buenos días, Clara.
—Buenos días, señor Vidal.
Él regresó a su despacho.
Clara esperó a que la puerta se cerrara.
Después dejó escapar el aire.
Patética.
Cuatro años.
Cuatro años enamorada de un hombre que probablemente no sabía si ella tenía novio, hermanos o dónde vivía.
Y así estaba bien.
Alejandro Vidal pertenecía a un mundo en el que una cena podía costar lo mismo que Clara gastaba en comida durante un mes.
Ella pertenecía a otro.
No había nada malo en ello.
Simplemente eran distintos.
A las once y veinte, Alejandro volvió a llamarla.
Esta vez no levantó la voz desde el despacho.
Apareció frente a su mesa.
—¿Tienes un minuto?
—Claro.
—Dentro.
Clara se levantó y lo siguió.
Alejandro cerró la puerta.
Sobre la enorme mesa había una pequeña caja blanca.
—Necesito pedirte un favor.
—Dígame.
—El viernes de la semana que viene celebramos la recepción anual de la compañía.
Clara asintió.
Lo sabía.
Todo el mundo lo sabía.
Era uno de los acontecimientos del año. Un hotel de cinco estrellas, empresarios, políticos, prensa económica y buena parte de la alta sociedad de la ciudad.
Clara jamás había asistido.
—Quiero que vengas.
Ella tardó un momento en reaccionar.
—¿Yo?
—Sí, tú.
—¿Por qué?
Alejandro pareció sorprendido por la pregunta.
—Porque trabajas conmigo.
—También trabajaba con usted el año pasado.
—Y no viniste.
—No.
—Ni el anterior.
Clara permaneció callada.
Alejandro apoyó las manos sobre la mesa.
—Precisamente.
—Ese tipo de fiestas no son mucho lo mío.
—Eso ya lo había deducido.
—Entonces estamos de acuerdo.
Él sonrió.
—No exactamente. Esta vez necesito que estés.
Clara bajó la mirada hacia la caja.
—¿Hay algún motivo especial?
Alejandro tardó unos segundos en responder.
—Sí.
Cogió la caja y se la tendió.
Clara la abrió.
Dentro había una tarjeta gruesa, de color marfil.
Leyó primero el nombre de Alejandro.
Después el de una mujer.
Victoria de la Vega.
Y debajo, una fecha.
Clara sintió algo extraño en el pecho.
Como si durante un instante hubiera olvidado cómo respirar.
—Voy a casarme.
Levantó la mirada.
Alejandro sonreía.
Parecía feliz.
—La recepción será también el anuncio oficial del compromiso.
Clara volvió a mirar aquella tarjeta.
Había imaginado muchas veces el día en que ocurriría.
Solo que en ninguna de aquellas fantasías había imaginado que sería él mismo quien se lo contaría.
—Enhorabuena.
Su propia voz le pareció lejana.
—Gracias.
—Es una noticia estupenda.
Alejandro la observó unos segundos.
—¿Estás bien?
Clara sonrió.
Había aprendido a hacerlo incluso cuando no quería.
—Perfectamente.
Cerró la caja.
—Entonces allí estaré.
—¿Seguro?
—Me lo ha pedido mi jefe.
—Preferiría que vinieras porque quieres venir.
Clara sostuvo su mirada.
—Entonces no me pregunte por qué voy.
Por primera vez, Alejandro pareció no saber qué responder.
Clara dejó la invitación sobre la mesa.
—¿Necesita algo más?
—No.
Ella caminó hacia la puerta.
—Clara.
Se detuvo.
—¿Sí?
Alejandro seguía mirándola.
—Gracias por el café de cada mañana.
Clara sintió deseos de reír.
O quizá de llorar.
No hizo ninguna de las dos cosas.
—De nada, señor Vidal.
Salió del despacho y cerró la puerta.
Solo entonces comprendió algo.
Durante cuatro años había conseguido esconder perfectamente que estaba enamorada de Alejandro Vidal.
Ahora tenía exactamente once días para aprender a verlo anunciar su compromiso con otra mujer.