Demasiado Lejos De Ti

Dos euros para un café

Clara aguantó exactamente nueve horas y treinta y siete minutos.

No estaba mal.

Durante nueve horas y treinta y siete minutos respondió correos, cambió dos reuniones de hora, consiguió que el señor Ferrer dejara de llamar cada veinte minutos y reservó una mesa para cuatro personas en un restaurante al que probablemente nunca podría permitirse ir.

También entró seis veces en el despacho de Alejandro.

Seis.

En ninguna de ellas ocurrió nada extraordinario.

Él habló.

Ella tomó notas.

Él pidió documentos.

Ella se los llevó.

A las dos y cuarto Alejandro incluso le preguntó si había comido.

—Sí.

Era mentira.

Pero Clara había descubierto hacía mucho tiempo que algunas mentiras eran demasiado pequeñas para sentirse culpable por ellas.

A las seis y treinta y dos apagó el ordenador.

—Hasta mañana, Clara —dijo una de las administrativas desde el otro extremo de la oficina.

—Hasta mañana.

Se puso el abrigo.

Cogió el bolso.

Y no miró hacia el despacho de Alejandro.

Eso también podía considerarse una pequeña victoria.

El ascensor descendió treinta y dos plantas mientras Clara contemplaba cómo los números iban desapareciendo sobre la puerta.

Cada planta parecía alejarla un poco más de él.

Y, sin embargo, cuando llegó al vestíbulo, seguía escuchando aquellas tres palabras.

Voy a casarme.

Salió a la calle.

La ciudad había cambiado desde aquella mañana.

Ahora estaba llena de coches, luces y personas que caminaban deprisa hacia alguna parte.

Clara no tenía ninguna prisa.

Por primera vez en mucho tiempo.

Caminó hasta la parada del autobús.

Y entonces vio la cafetería.

La misma por delante de la que había pasado aquella mañana.

Se detuvo.

A través del cristal vio las mesas pequeñas, una barra de madera y una máquina de café soltando vapor.

Miró el precio escrito con tiza en una pizarra.

Café con leche.

2 €.

Clara sonrió.

Aquella mañana había decidido que no podía permitírselo.

Ahora pensó que acababan de romperle el corazón y que, como mínimo, aquello debía darle derecho a gastar dos euros.

Entró.

—Un café con leche, por favor.

—¿Para llevar?

Clara estuvo a punto de decir que sí.

—No. Aquí.

Se sentó junto a la ventana.

Sacó el teléfono.

Tenía tres mensajes de su madre.

Mamá: ¿A qué hora llegas?

Mamá: He hecho tortilla.

Mamá: Compra leche.

Clara dejó escapar una pequeña risa.

Había algo tranquilizador en saber que podían anunciarte que el hombre del que llevabas cuatro años enamorada iba a casarse y, aun así, el mundo continuaba necesitando leche.

La camarera dejó el café delante de ella.

—Gracias.

Clara rodeó la taza con ambas manos.

Estaba caliente.

Pensó en Victoria de la Vega.

Conocía el nombre.

Era difícil no conocerlo.

Su familia era propietaria de una importante cadena de clínicas privadas. Había aparecido en revistas, actos benéficos y fotografías de sociedad.

Clara la había visto alguna vez.

Alta.

Elegante.

De esas mujeres que parecían saber qué hacer con las manos cuando alguien las fotografiaba.

Intentó imaginarla junto a Alejandro.

No le costó demasiado.

Ese fue el problema.

Encajaban.

Mismo mundo.

Mismos restaurantes.

Mismas personas.

Probablemente incluso las mismas vacaciones.

Clara miró sus propias manos alrededor de la taza.

Tenía una pequeña mancha de tinta en el dedo índice.

La frotó.

No desapareció.

Y entonces ocurrió.

Una lágrima cayó sobre la mesa.

Clara se quedó mirándola.

—No.

Se la secó rápidamente.

Otra amenazó con salir.

—Ni se te ocurra.

Una pareja de la mesa de al lado la miró.

Clara bajó la voz.

—Perfecto. Ahora también hablo sola.

Bebió el café demasiado deprisa.

Estaba caliente.

Se quemó la lengua.

Y por algún motivo aquello terminó de romper algo dentro de ella.

Se tapó la boca.

Primero rio.

Después lloró.

No mucho.

Tres o cuatro lágrimas.

Quizá cinco.

Las suficientes para sentirse absolutamente ridícula.

Sacó un pañuelo del bolso y se secó los ojos.

—Se acabó.

Lo dijo en voz baja.

Esta vez nadie la oyó.

—Se acabó, Clara.

Alejandro Vidal nunca había sido suyo.

Por tanto, técnicamente, no estaba perdiendo nada.

Solo tenía que convencer a su corazón de aquel pequeño detalle.

Su madre abrió la puerta antes de que Clara pudiera meter la llave.

—¿Has comprado la leche?

Clara levantó la bolsa.

—Dos botellas.

—Esa es mi hija.

Elena Martín tenía sesenta años y la extraordinaria capacidad de detectar un problema antes incluso de que existiera.

Miró a Clara.

Después miró las dos botellas.

Después volvió a mirar a Clara.

—¿Qué ha pasado?

—Nada.

—Clara.

—Mamá.

—Tienes los ojos rojos.

—Hace frío.

—El frío pone roja la nariz.

Clara se tocó instintivamente la nariz.

Su madre cruzó los brazos.

—Entra.

Clara obedeció.

El piso era pequeño.

Dos habitaciones, un comedor en el que el sofá estaba demasiado cerca de la mesa y una cocina que su padre había prometido reformar tantas veces que la promesa había terminado convirtiéndose en una broma familiar.

Seguía sin reformar.

Habían pasado once años desde que murió.

En una estantería del comedor todavía estaba su fotografía.

José Martín sonreía a la cámara con una cerveza en la mano y una camiseta que Elena siempre había odiado.

Clara dejó el bolso sobre una silla.

—Huele bien.

—No cambies de tema.




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