Clara leyó el mensaje cuatro veces.
Después una quinta.
Alejandro: Esta mañana, cuando te dije que iba a casarme… ¿por qué tuve la sensación de que te había hecho daño?
Dejó el teléfono sobre la cama.
Lo volvió a coger.
Lo dejó otra vez.
—No.
Se levantó.
Fue hasta la cocina.
Bebió agua.
Regresó al dormitorio.
El teléfono seguía allí.
Como si esperara una respuesta.
Clara se sentó en el borde de la cama.
No sabía qué era peor.
Que Alejandro hubiera percibido algo.
O que hubiera estado pensando en ello doce horas después.
Abrió la conversación.
Escribió.
No me hiciste daño.
Lo leyó.
Demasiado personal.
Borró.o
No sé por qué tuvo esa impresión, señor Vidal.
Horrible.
Parecía una declaración ante un juez.
Borró otra vez.
Escribió:
Me sorprendió la noticia. Nada más.
Esta vez no borró.
Envió.
Y se arrepintió inmediatamente.
Los dos pequeños indicadores confirmaron que el mensaje había llegado.
Clara dejó el teléfono.
Un minuto.
Dos.
Nada.
—Perfecto.
Se metió en la cama.
Apagó la luz.
El teléfono vibró.
Lo cogió tan deprisa que sintió vergüenza de sí misma aunque no hubiera nadie para verla.
Alejandro: ¿Solo eso?
Clara frunció el ceño.
¿Qué demonios quería que le dijera?
Clara: ¿Qué otra cosa iba a ser?
Esta vez respondió casi inmediatamente.
Alejandro: No lo sé. Por eso te lo pregunto.
Clara sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
Aquello era absurdo.
Era una conversación absurda.
A las doce de la noche.
Con un hombre que acababa de anunciarle que iba a casarse.
Escribió:
Clara: Es tarde. Mañana tiene una reunión a las 8:30. Debería dormir.
La respuesta tardó pocos segundos.
Alejandro: Acabas de cambiar de tema.
Clara cerró los ojos.
—Maldito seas.
Otro mensaje.
Alejandro: Y cuando haces eso normalmente es porque no quieres contestar.
Clara se quedó inmóvil.
Normalmente.
Aquella palabra la inquietó más que cualquier otra.
¿Cuántas veces había observado Alejandro la forma en que ella evitaba una pregunta?
Escribió.
Clara: No sabía que me analizaba tanto.
Esta vez los tres puntos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Alejandro tardó casi un minuto en responder.
Alejandro: Hay muchas cosas de ti que sé.
Clara dejó de respirar.
Miró aquellas siete palabras
Volvió a leerlas.
No.
Aquello podía significar cualquier cosa.Si
Trabajaban juntos desde hacía cuatro años.
Por supuesto que sabía cosas de ella.
Era su jefe.
Clara: Eso suena un poco inquietante.
La respuesta llegó inmediatamente.
Alejandro: Ha sonado peor de lo que pretendía.
Clara sonrió.
No pudo evitarlo.
Clara: Bastante peor.
Alejandro: Olvida que he dicho eso.
Clara: Demasiado tarde.
Pasaron unos segundos.
Alejandro: Buenas noches, Clara.
Clara esperó.
Eso era todo.
Sintió una mezcla absurda de alivio y decepción.
Clara: Buenas noches, señor Vidal.
Dejó el teléfono sobre la mesilla.
Volvió a apagar la luz.
Vibró otra vez.
Clara lo miró.
Alejandro: Y deja de llamarme señor Vidal cuando no estamos trabajando.
Clara se quedó mirando la pantalla.
Sonrió.
Y esta vez tardó bastante más en conseguir dormirse.
⸻
A las ocho y cuatro de la mañana siguiente, Clara ya estaba en su mesa.
El café estaba preparado.
Aquello la irritó.
Había pensado seriamente en no hacerlo.
Durante aproximadamente siete segundos.
Después había encendido la cafetera como cada mañana.
A las ocho y nueve se abrieron las puertas del ascensor.
Alejandro apareció.
Clara levantó la mirada.
Él también la miró.
Y durante un segundo ninguno de los dos dijo nada.
Era ridículo.
Habían intercambiado quizá diez mensajes.
Nada más.
Pero algo había cambiado.
O quizá Clara simplemente sabía ahora que Alejandro había estado pensando en ella mientras estaba en su casa.
—Buenos días —dijo él.
—Buenos días.
Alejandro miró la taza que había sobre su mesa.
—Pensaba que hoy me castigarías sin café.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—Por escribirte a medianoche.
—Eran las once cincuenta y uno.
Él sonrió.
—Veo que llevas la contabilidad.
—Forma parte de mi trabajo.
Alejandro cogió la taza.
—Gracias.
Clara asintió.
Él caminó hacia su despacho.
—Alejandro.
Se detuvo.
Era la primera vez.
Clara lo supo en cuanto pronunció su nombre.
Durante cuatro años siempre había sido señor Vidal.
Alejandro se volvió lentamente.
Ella sintió deseos de esconderse debajo de la mesa.
—¿Sí?
Clara tuvo que recordar qué iba a decir.
—Su reunión… tu reunión empieza en veinte minutos.
Algo cambió en la expresión de Alejandro.
Muy poco.
Pero Clara lo vio.
—Lo sé.
Entró en su despacho.
Clara miró la pantalla del ordenador.
No había leído una sola palabra de lo que tenía delante.
⸻
El resto de la mañana transcurrió con normalidad.
O con una versión extraña de la normalidad.
Alejandro estaba ocupado.
Clara también.
A las diez recibió tres llamadas consecutivas.
A las once tuvo que reorganizar toda la agenda de la tarde.