El sábado por la mañana, Clara descubrió que su madre tenía una idea bastante particular de lo que significaba «ir a mirar un vestido».
A las nueve y cuarto Elena ya estaba vestida.
A las nueve y veinte había preparado café.
A las nueve y veinticinco estaba frente a la puerta con el bolso colgado del hombro.
—Mamá, las tiendas no se van a escapar.
—Las ofertas sí.
Clara terminó el café.
—No voy a gastarme una fortuna en un vestido que probablemente utilizaré una vez.
—No tienes una fortuna.
—Gracias por recordármelo.
—Por eso tenemos que salir temprano.
Clara miró a su madre.
—¿Existe alguna lógica en esa frase?
—Perfectamente.
—No la veo.
—Porque todavía no has terminado el café.
Elena abrió la puerta.
—Vamos.
Clara suspiró.
Habían pasado cuatro días desde que Alejandro le había anunciado su compromiso.
Cuatro días durante los cuales todo había continuado prácticamente igual.
Prácticamente.
El café seguía esperando a Alejandro cada mañana.
Él continuaba entrando a las ocho y pocos minutos.
Continuaba llamándola diez veces al día.
Continuaba confiándole reuniones, informes, viajes y problemas que parecían imposibles hasta que Clara encontraba la forma de resolverlos.
Solo había una diferencia.
Ahora ella era consciente de algunas cosas que antes no veía.
Alejandro sabía cuándo comía.
Sabía cuándo evitaba una pregunta.
Sabía que no le gustaban las fiestas.
Y había conseguido su número personal sin preguntárselo.
Clara había intentado no pensar demasiado en aquello.
Con resultados bastante mediocres.
—¿Vienes?
Su madre ya estaba en el rellano.
—Voy.
⸻
La primera tienda fue un desastre.
El primer vestido costaba cuatrocientos ochenta euros.
Clara miró la etiqueta.
Después a su madre.
Después otra vez la etiqueta.
—¿Incluye el viaje a París?
La dependienta fingió no haberla oído.
Elena cogió a su hija del brazo.
—Nos vamos.
—Espera. Igual incluye apartamento.
—Clara.
—O coche.
—Vamos.
La segunda tienda fue peor.
—Pareces una monja —dictaminó Elena.
—Gracias.
—Una monja guapa.
—Mucho mejor.
La tercera tenía precios razonables, pero todos los vestidos parecían diseñados para mujeres que no necesitaban sentarse.
Clara salió del probador con uno negro extremadamente ajustado.
Su madre la observó.
—Respira.
—No puedo.
—Pues fuera.
—Espera.
—¿Qué?
—Creo que tampoco puedo quitármelo.
Elena comenzó a reír.
—No tiene gracia.
—Muchísima.
—Mamá.
—Levanta los brazos.
—No puedo.
Diez minutos después consiguieron liberar a Clara sin necesidad de llamar a los bomberos.
Salieron de la tienda riendo.
Hacía tiempo que no pasaban una mañana así.
Sin hablar de facturas.
Sin hablar del trabajo.
Sin hablar de cosas importantes.
Simplemente caminando juntas.
—Tengo hambre —dijo Elena.
—Eso es porque me has sacado de casa de madrugada.
—Son las doce y media.
—Exactamente.
Se sentaron en una pequeña cafetería.
Elena pidió un bocadillo.
Clara, otro.
Cuando llegó la cuenta, su madre intentó pagar.
—Ni se te ocurra.
—He invitado yo.
—Has dicho que tenías cincuenta euros para el vestido.
—Y los tengo.
—Pues guárdalos.
—Clara…
—Mamá.
Elena la miró.
Clara sostuvo la mirada.
—Está bien.
—Gracias.
—Eres igual de cabezota que tu padre.
—Genética.
Mientras guardaba la cartera, el teléfono de Clara vibró.
Lo sacó.
Un mensaje.
Alejandro.
Clara lo abrió.
Alejandro: Perdona que te moleste en sábado.
Elena estaba bebiendo agua.
—Es él.
Clara levantó la cabeza.
—¿Qué?
—La cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—No tengo ninguna cara.
—Tienes exactamente la misma que cuando tenías dieciséis años y te escribía aquel chico.
—Marcos.
—Ese.
Clara bajó el teléfono.
—Es trabajo.
El teléfono vibró otra vez.
Alejandro: ¿Tienes a mano el contrato de Lisboa?
Clara respiró.
Trabajo.
Por supuesto.
Clara: Sí. Dame cinco minutos.
Elena la observaba.
—¿Qué?
—Nada.
—No pongas esa sonrisa.
—¿Qué sonrisa?
—Esa de madre que cree saberlo todo.
—No lo creo.
Elena mordió el bocadillo.
—Lo sé.
Clara ignoró el comentario.
Buscó el documento en el correo y se lo reenvió.
Clara: Enviado.
Alejandro respondió.
Alejandro: Me has salvado la vida.
Clara sonrió.
Clara: No dramatices.
Tres puntos.
Alejandro: ¿Ahora me tuteas también por escrito?
Clara dejó de sonreír.
Su madre arqueó una ceja.
—Trabajo, ¿no?
—Cállate.
Clara escribió:
Clara: Dijiste que fuera del trabajo podía hacerlo.
La respuesta llegó enseguida.
Alejandro: Y estamos fuera del trabajo.
Clara miró alrededor.
La cafetería estaba llena.
Por supuesto que estaban fuera del trabajo.
Clara: Técnicamente acabas de pedirme un contrato.
Alejandro tardó unos segundos.
Alejandro: Buen argumento.
Otro mensaje.
Alejandro: ¿Qué haces?
Clara miró aquellas dos palabras.
No tenían nada que ver con Lisboa.
Ni con el contrato.
Ni con Vidal Global.
Elena intentó mirar la pantalla.
Clara apartó el teléfono.
—Mamá.
—Solo estaba mirando la hora.