Demasiado Lejos De Ti

Una pregunta sin respuesta

Clara llegó el lunes decidida a no preguntar nada.

A las ocho y veinte ya había cambiado de opinión.

A las ocho y cuarenta volvió a decidir que no lo haría.

Y a las nueve comprendió que llevaba casi una hora mirando la misma puerta.

La del despacho de Alejandro Vidal.

—Vas a desgastarla.

Clara apartó la mirada inmediatamente.

—¿Qué?

Marta señaló la puerta con el bolígrafo.

—De tanto mirarla.

—No estaba mirando nada.

—Claro.

Clara volvió a la pantalla.

Tenía abierto un informe desde hacía veinte minutos y apenas había avanzado dos líneas.

Todo por culpa de una mesa.

Una estúpida mesa.

Durante el fin de semana había intentado convencerse de que aquello no significaba nada.

Dirección General no tenía por qué significar Alejandro.

Había secretarias.

Asistentes.

Responsables de protocolo.

Personas que podían modificar la distribución de una recepción sin que el director general supiera siquiera quién se sentaba en cada sitio.

El problema era que Laura había sido bastante clara.

La modificación no aparecía como un ajuste de protocolo.

Había llegado de Dirección General.

Y Clara había cometido el error de mirar la nueva distribución.

Su mesa ya no estaba al fondo del salón.

Ahora estaría a pocos metros de Alejandro.

Demasiado pocos.

—¿Te pasa algo? —preguntó Marta.

—No.

—Llevas toda la mañana rara.

—Es lunes.

—El viernes también estabas rara.

Clara la miró.

—Gracias por el diagnóstico.

—De nada.

Marta volvió a su ordenador.

Clara intentó hacer lo mismo.

A las nueve y doce se abrió la puerta del ascensor.

Alejandro apareció pensativo y sin decir nada.

No miró hacia ella.

Siguió caminando mientras hablaba con ellos y desapareció en su despacho.

Clara sintió una punzada de decepción.

Y se enfadó consigo misma por sentirla.

—Ni se te ocurra —murmuró.

—¿Qué?

—Nada.

Marta volvió a mirarla.

—Cada vez me preocupas más.

Clara sonrió y regresó al informe.

Esta vez consiguió trabajar.

Hasta las once y cuarto.

Fue entonces cuando recibió un correo.

De: Alejandro Vidal

Lo abrió.

Clara, cuando termine el informe de costes, tráigamelo, por favor.

Eso era todo.

Una petición absolutamente normal.

Profesional.

Inofensiva.

Y, sin embargo, Clara sintió que el estómago se le encogía.

Terminó el informe quince minutos después.

Podía enviárselo por correo.

No lo hizo.

Lo imprimió.

Marta levantó la vista cuando la vio caminar hacia el despacho.

—Suerte.

Clara se detuvo.

—¿Suerte para qué?

—No sé. Tú sabrás.

—Voy a entregar un informe.

—Pues mucha suerte entregando el informe.

Clara negó con la cabeza y siguió caminando.

Llamó dos veces.

—Adelante.

Alejandro estaba sentado detrás de su mesa.

—El informe de costes.

Lo dejó delante de él.

—Gracias.

Clara esperó.

Alejandro abrió la carpeta.

Ella seguía allí.

Él levantó la mirada.

—¿Necesita algo?

Era el momento.

Podía preguntar.

Cuatro palabras.

¿Cambió usted mi sitio?

Nada más.

Clara abrió la boca.

—No.

Cobarde.

—Entonces gracias.

—De nada.

Clara se giró.

Llegó hasta la puerta.

Puso la mano sobre el picaporte.

Y se odió un poco.

—Alejandro.

Silencio.

Clara se quedó inmóvil.

Acababa de llamarlo Alejandro.

Nunca lo hacía.

Siempre era señor Vidal.

O simplemente evitaba llamarlo de cualquier manera.

Se giró lentamente.

Él la observaba.

—Dígame.

Clara respiró.

—¿Cambió usted mi sitio para la recepción?

No hubo sorpresa en su rostro.

Ni siquiera una pequeña duda.

Alejandro cerró la carpeta.

—Buenos días, Clara.

Ella frunció el ceño.

—¿Perdón?

—Esta mañana no nos hemos saludado.

Clara no entendía nada.

—Buenos días.

—Ahora sí.

Ella tuvo que contenerse.

—¿Cambió usted mi sitio?

Alejandro se recostó ligeramente en la silla.

—¿Quién se lo ha dicho?

—Eso no importa.

—Si me lo pregunta a mí, probablemente sí.

Clara sintió que estaba perdiendo el control de una conversación que apenas acababa de empezar.

—La modificación viene de Dirección General.

Alejandro permaneció en silencio.

—Entonces ya tiene su respuesta.

—No.

Clara dio un paso hacia la mesa.

—Sé de dónde salió la orden. No sé por qué.

Él la observó durante unos segundos.

—¿Le molesta el nuevo sitio?

—No.

—¿Prefería la mesa catorce?

—No es eso.

—Entonces no veo el problema.

Clara apretó los labios.

Era desesperante.

—No hay ningún problema.

—Me alegro.

—Solo quiero saber por qué.

—Eso ya lo ha dicho.

—Y usted sigue sin contestarme.

Algo cambió en los ojos de Alejandro.

Una especie de diversión contenida.

—No sabía que fuera tan insistente.

—No lo soy.

—Lleva cinco minutos insistiendo.

—Porque usted lleva cinco minutos evitando responder.

Alejandro sonrió.

Muy poco.

Pero lo hizo.

Clara sintió que acababa de cruzar una línea.

No sabía cuál.

—¿Siempre habla así con su director general?

—Solo cuando mi director general cambia mi sitio en una fiesta sin decirme por qué.

El silencio que siguió fue largo.

Alejandro se levantó.

Clara se arrepintió inmediatamente de la frase.

Él rodeó la mesa.

Se detuvo frente a ella.

No demasiado cerca.

Pero lo suficiente para que Clara tuviera que levantar ligeramente la mirada.




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