El viernes llegó.
Y Clara habría preferido que tardara un poco más.
Se miró al espejo por cuarta vez.
El vestido azul le quedaba bien.
Eso era indiscutible.
No demasiado ajustado.
No demasiado elegante.
No demasiado sencillo.
Había pasado media tarde intentando encontrar exactamente ese punto.
El problema era que no sabía cuál era ese punto.
¿Qué se ponía una mujer para asistir a una recepción organizada por personas que podían gastarse en una cena lo que ella necesitaba para vivir durante un mes?
Clara se acercó al espejo.
Se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja.
Los pendientes de su padre se movieron ligeramente.
Los tocó.
Siempre hacía lo mismo cuando estaba nerviosa.
—Bueno, papá.
Observó su reflejo.
—Supongo que ya no puedo echarme atrás.
Cogió el bolso.
Y salió de casa.
⸻
El taxi se detuvo frente al hotel a las ocho y veinte.
Clara no bajó.
No inmediatamente.
Miró a través de la ventanilla.
Coches negros.
Hombres con traje.
Mujeres con vestidos que parecían diseñados específicamente para ellas.
Una alfombra oscura conducía hasta la entrada.
—¿Señorita?
Clara reaccionó.
—Sí. Perdón.
Pagó.
Bajó del coche.
Y durante los siguientes treinta metros tuvo la sensación de que alguien descubriría en cualquier momento que ella no debía estar allí.
En la entrada, una mujer comprobó su nombre.
—Clara Montes.
Buscó en una tableta.
—Sí. Bienvenida, señorita Montes.
Clara sonrió.
Al menos estaba en la lista.
Primer obstáculo superado.
Entró.
El salón era todavía más impresionante de lo que había imaginado.
Lámparas enormes.
Cristal.
Mármol.
Camareros moviéndose entre los invitados con bandejas de champán.
Conversaciones en voz baja.
Risas elegantes.
Personas que parecían conocerse todas entre sí.
Clara cogió una copa únicamente para tener algo en las manos.
Entonces lo buscó.
No quiso hacerlo.
Pero lo hizo.
Alejandro estaba al otro lado del salón.
Hablaba con tres hombres.
Traje negro.
Camisa blanca.
Corbata oscura.
Parecía exactamente lo que Clara siempre había pensado que era.
Un hombre perteneciente a aquel mundo.
Ella no.
Apartó la mirada.
Y entonces ocurrió.
Alejandro la vio.
Clara no se dio cuenta inmediatamente.
Él sí.
Dejó de escuchar durante un segundo lo que le estaba diciendo uno de los hombres que tenía delante.
Solo un segundo.
Pero ocurrió.
Clara caminaba hacia el interior del salón con la copa entre las manos.
El vestido azul.
Los pendientes.
El cabello cayendo sobre los hombros.
Nada especialmente llamativo.
Y quizá por eso Alejandro tardó un instante en reconocerla.
No porque pareciera otra mujer.
Sino porque, por primera vez, Clara no parecía estar intentando desaparecer.
Uno de los hombres continuó hablando.
—Alejandro.
Él reaccionó.
—Perdona.
Volvió a la conversación.
Pero unos segundos después sus ojos buscaron de nuevo el vestido azul.
⸻
—Estás espectacular.
Clara se giró.
Marta apareció detrás de ella.
—Gracias a Dios.
Clara la abrazó.
—¿Por qué?
—Porque conozco a alguien.
—Conoces a medio departamento.
—No es lo mismo.
Marta cogió una copa.
—¿Lo has visto?
Clara fingió no entender.
—¿A quién?
Marta la miró.
—Perfecto. Empezamos así.
—He visto a mucha gente.
—Claro.
—Marta…
—Está allí.
Clara no miró.
—No me interesa.
—Y lleva mirándote desde que has entrado.
Ahora sí miró.
Error.
Alejandro estaba hablando con una mujer.
Pero en aquel preciso instante levantó los ojos.
Directamente hacia ella.
Clara apartó la mirada.
Marta sonrió.
—Nada interesado.
—Cállate.
—Yo solo observo.
—Pues observa otra cosa.
Marta bebió un sorbo.
—Por cierto, ¿has mirado dónde nos sentamos?
Clara sintió que regresaba el nudo al estómago.
—Sí.
—A mí me han mandado al exilio.
—Mesa catorce.
—Exacto.
Clara no dijo nada.
—¿Y tú?
—Siete.
Marta levantó las cejas.
—¿Siete?
—Sí.
—Eso está…
—Ya lo sé.
—Junto a Dirección.
—Ya lo sé.
Marta la miró.
Clara bebió de su copa.
—No preguntes.
—No he preguntado.
—Lo estás haciendo con la cara.
—Es que tengo una cara muy expresiva.
Clara soltó una pequeña risa.
Y no vio que, al otro lado del salón, Alejandro volvía a mirarla.
⸻
Media hora después anunciaron que podían ocupar sus lugares.
Clara encontró la mesa siete.
Y comprendió que la situación era peor de lo que había imaginado.
No reconocía prácticamente ningún nombre.
El director financiero.
Una responsable de expansión internacional.
Un hombre cuyo apellido había visto cientos de veces en correos importantes.
Una mujer de una consultora con la que la empresa llevaba años trabajando.
Y ella.
Clara Montes.
Miró discretamente las otras mesas.
Sus compañeros estaban agrupados.
Departamentos juntos.
Personas del mismo nivel.
Aquello no tenía ningún sentido.
—Clara.
La voz llegó detrás de ella.
Se giró.
Alejandro.
—Buenas noches.
Durante un segundo olvidó cómo se hablaba.
—Buenas noches.
Los ojos de Alejandro recorrieron brevemente su rostro.
Se detuvieron en los pendientes.
Después volvieron a ella.
—Azul.
Clara sintió calor en las mejillas.
—Le dije que sería azul.
—Lo recuerdo.
—Entonces no debería sorprenderle.