El lunes por la mañana, Clara descubrió que era posible sentirse ridícula sin haber hecho absolutamente nada.
Entró en la oficina a las ocho y cuarto.
Saludó.
Encendió el ordenador.
Respondió dos correos.
Y durante todo ese tiempo evitó mirar hacia el despacho de Alejandro.
Lo cual significaba, naturalmente, que era plenamente consciente de dónde estaba su despacho.
—Buenos días —dijo Marta.
—Buenos días.
—¿Qué tal el viernes?
Clara siguió escribiendo.
—Bien.
—Qué completa la información.
—Fue una recepción.
—Eso ya lo sabía.
Clara suspiró.
—Cené. Hablé con gente. Volví a casa.
Marta la observó.
—¿Y?
—¿Y qué?
—Alejandro.
Clara levantó la cabeza.
—¿Qué pasa con Alejandro?
—Nada. Solo preguntaba.
—Pues no pasó nada.
Marta sonrió.
—Eso ha sonado como si hubiera pasado algo.
—No pasó nada.
—Ahora ha sonado todavía peor.
Clara dejó de escribir.
—Marta.
—Vale.
Silencio.
Cinco segundos.
—¿Te dijo algo?
Clara la miró.
—Sí.
—¡Lo sabía!
—Que cree que puedo asumir más responsabilidad dentro de la empresa.
Marta dejó de sonreír.
—¿En serio?
—Sí.
—Clara, eso es importante.
—Ya lo sé.
—¿Y tú qué dijiste?
—Nada especialmente inteligente.
—Eso no me lo creo.
Clara volvió a mirar la pantalla.
La conversación de la terraza seguía demasiado presente.
Entonces es trabajo.
Sí.
Una palabra.
Nada más.
Era absurda la cantidad de veces que la había recordado durante el fin de semana.
Aquello era bueno.
Muy bueno.
Alejandro Vidal pensaba que tenía talento.
Quería promocionarla.
Era exactamente la clase de oportunidad que muchas personas esperaban durante años.
Y, sin embargo, cada vez que recordaba aquel sí, aparecía la misma pequeña decepción.
No tenía sentido.
Y precisamente por eso decidió no pensar más en ello.
A las nueve y cinco Alejandro entró en la oficina.
Clara lo supo antes de levantar la mirada.
Él caminó hacia su despacho.
Pasó cerca de ella.
—Buenos días, Clara.
Ella alzó los ojos.
—Buenos días.
Nada más.
Profesional.
Correcto.
Exactamente como debía ser.
Alejandro siguió caminando.
Clara volvió a su pantalla.
Marta esperó tres segundos.
—Eso ha sido raro.
—No ha sido raro.
—Muchísimo.
—Solo me ha dado los buenos días.
—Exacto.
Clara la miró.
—¿Quieres trabajar?
—No especialmente.
⸻
A las once recibió una invitación de calendario.
Reunión. 16:00. Sala 3.
Participantes:
Alejandro Vidal.
Elena Robles.
Clara Montes.
Clara leyó los nombres dos veces.
Marta se acercó.
—¿Qué pasa?
Clara giró la pantalla.
Marta abrió los ojos.
—Eso tiene pinta de ascenso.
—O de despido.
—Sí, claro. Te sientan con Expansión y Dirección General para despedirte.
Clara cerró la invitación.
—No quiero hacerme ilusiones.
—Pues yo me las voy a hacer por ti.
⸻
A las cuatro en punto, Clara entró en la sala.
Elena ya estaba allí.
Alejandro llegó dos minutos después.
—Buenas tardes.
—Buenas tardes —respondieron ambas.
Alejandro dejó una carpeta sobre la mesa.
—Voy a ser directo.
Clara contuvo el aire.
—Estamos preparando una nueva unidad de coordinación entre Operaciones y Expansión.
Elena continuó.
—Queremos reducir tiempos, eliminar duplicidades y centralizar determinados procesos.
Clara escuchaba atentamente.
—Y necesitamos a alguien que conozca el funcionamiento interno —añadió Elena—, pero que no esté demasiado condicionado por cómo se han hecho siempre las cosas.
Alejandro miró a Clara.
—Pensamos en usted.
Clara tardó unos segundos en reaccionar.
—¿En mí?
—Sí.
—Pero yo no tengo experiencia en Expansión.
—Eso se aprende —respondió Elena—. Lo que no se aprende tan fácilmente es el criterio.
Clara miró a Alejandro.
Él no sonreía.
—No es una promoción inmediata —aclaró—. Primero sería un proyecto de tres meses.
Clara asintió.
—¿Y después?
—Dependerá de usted.
Aquello le gustó.
No porque fuera fácil.
Precisamente porque no lo era.
—Quiero hacerlo.
Elena sonrió.
Alejandro también.
—Eso esperaba.
La reunión continuó durante casi una hora.
Cuando terminó, Elena salió primero.
Clara recogió sus notas.
—Gracias —dijo.
Alejandro levantó la mirada.
—No me dé las gracias todavía.
—¿Por qué?
—Porque voy a exigirle bastante.
—Me parece bien.
—Eso también esperaba.
Clara sonrió.
—Tiene demasiadas expectativas sobre mí.
Alejandro la observó.
—Quizá usted tiene demasiado pocas.
Aquello la dejó callada.
Cogió la carpeta.
—Hasta mañana.
—Clara.
Se giró.
—¿Sí?
—Lo del viernes…
El corazón le dio un pequeño salto.
Alejandro hizo una pausa.
—Hizo un buen trabajo.
Nada más.
Clara sonrió débilmente.
—Gracias.
Salió de la sala.
Alejandro se quedó solo.
Miró la puerta cerrada.
Y por primera vez pensó que promocionarla quizá iba a complicar bastante más las cosas de lo que había previsto.