Demasiado Lejos De Ti

Elena

Elena Robles no tardó mucho en convertirse en el centro de la nueva vida profesional de Clara.

Era exigente.

Rápida.

Incómodamente observadora.

Y no tenía ningún problema en decir exactamente lo que pensaba.

—Ese informe es demasiado largo.

Clara miró las quince páginas que había preparado.

—Me pidió que justificara las conclusiones.

—Sí. No que escribiera una novela.

Clara cerró los ojos un segundo.

—¿Cuánto quiere?

—Cinco páginas.

—Es imposible.

Elena la miró.

—Entonces serán cuatro.

Clara soltó una pequeña risa.

—Ahora entiendo por qué todo el mundo le tiene miedo.

—No me tienen miedo.

—Me respetan.

—Con muchísimo miedo.

Elena sonrió.

Le gustaba Clara.

No lo decía.

Pero se notaba.

Y Clara empezó a disfrutar del trabajo.

Por primera vez en mucho tiempo tenía la sensación de que alguien esperaba de ella algo más que cumplir.

Alejandro aparecía poco.

Eso debería haberla tranquilizado.

No lo hizo.

A veces entraba en las reuniones.

Escuchaba.

Hacía dos preguntas.

Se marchaba.

Y aquellas dos preguntas podían cambiar el sentido de todo el trabajo.

Clara empezó a comprender por qué estaba donde estaba.

No era solo dinero.

Ni apellido.

Ni poder.

Alejandro era bueno.

Muy bueno.

Y eso lo hacía todavía más peligroso.

Una tarde, al terminar una reunión, Elena cerró el portátil.

—Te puedo hacer una pregunta personal.

Clara dudó.

—Depende.

—¿Te pone nerviosa Alejandro?

Clara casi dejó caer el bolígrafo.

—¿Qué?

—He dicho si te pone nerviosa.

—No.

Elena la miró.

—Muy convincente.

—Es el director general. Supongo que impone.

—A ti no te impone cuando discutes con él.

—Yo no discuto con él.

—El otro día le dijiste que una previsión suya estaba equivocada.

—Porque estaba equivocada.

—Exactamente.

Clara sonrió.

—Entonces no entiendo la pregunta.

Elena guardó sus papeles.

—No importa.

—Ahora ya ha preguntado.

—Y tú has respondido.

—Mal.

—Muchísimo.

Clara suspiró.

—¿Hay algo que deba saber?

Elena la observó un instante.

—Alejandro es complicado.

Clara sintió curiosidad.

—Eso ya lo había notado.

—No. No me refiero al trabajo.

Antes de que Clara pudiera preguntar, se abrió la puerta.

Alejandro entró.

—¿Interrumpo?

Elena sonrió.

—Siempre.

Clara recogió sus cosas.

—Ya habíamos terminado.

—Perfecto.

Alejandro dejó unos documentos sobre la mesa.

Elena se levantó.

Antes de salir miró a Clara.

—Mañana seguimos.

Clara supo que no hablaba únicamente del informe.

Aquella noche, Clara volvió a pensar en la conversación.

Alejandro es complicado.

No necesitaba que Elena se lo explicara.

Lo sabía.

Lo sabía cada vez que él hacía una pregunta y después parecía arrepentirse de haberla hecho.

Cada vez que se fijaba en algo que Clara creía que nadie había visto.

Cada vez que la miraba durante un segundo más de lo necesario.

Pero también sabía otra cosa.

Alejandro iba a casarse.

Y aquella era la única información verdaderamente importante.

Se lo recordó mientras cenaba con su madre.

Se lo recordó mientras recogía la cocina.

Y volvió a recordárselo cuando, a las once y veinte, cometió el error de mirar el teléfono y comprobó que no había ningún mensaje suyo.

Ridículo.

Absolutamente ridículo.

Dejó el móvil boca abajo.

—Se acabó.

—¿Qué se acaba?

Clara dio un pequeño salto.

Su madre estaba en la puerta del pasillo.

—¿Puedes dejar de aparecer así?

—Vivo aquí.

—Eso no significa que tengas que desplazarte como un fantasma.

Elena miró el teléfono.

Después a su hija.

—¿Esperabas algo?

—No.

—Vale.

Clara frunció el ceño.

—¿Por qué dices «vale» así?

—¿Así cómo?

—Como si no me creyeras.

—Porque no te creo.

—Buenas noches, mamá.

—Buenas noches.

Elena empezó a marcharse.

—Clara!.

—¿Qué?

Su madre sonrió.

—No mires otra vez el teléfono.

Clara esperó a que desapareciera.

Después lo miró.

Nada.

—Te odio —murmuró.

Desde el pasillo llegó la voz de Elena.

—Yo también te quiero.

Clara sonrió.

Y se fue a dormir.

Los siguientes días fueron intensos.

Elena cumplió su amenaza.

El informe de quince páginas terminó convertido en cinco.

—Ha dicho cuatro —protestó Clara.

—Estoy aprendiendo a ser flexible.

—Qué generosa.

Pero aquello solo fue el principio.

Elena empezó a incluirla en reuniones a las que Clara nunca había asistido.

Le pedía opinión.

No para hacerla sentir importante.

Eso Clara lo descubrió enseguida.

Si decía una estupidez, Elena se lo hacía saber.

—No.

—¿No qué?

—Eso no tiene sentido.

—Podría decirlo de otra forma.

—Podría. Pero perderíamos tiempo.

Y cuando Clara acertaba, tampoco había grandes felicitaciones.

Un simple:

—Bien.

Al principio la desesperaba.

Después empezó a gustarle.

Porque con Elena nunca tenía que preguntarse si estaba siendo amable.

El jueves por la tarde, Clara llevaba casi una hora trabajando sobre una previsión cuando Alejandro entró en la sala.

Elena estaba junto a la pantalla.

—Llegas tarde.

—Tengo una empresa que dirigir.

—Excusas.

Alejandro dejó una carpeta sobre la mesa.

—¿Cómo va?

—Pregúntale a ella.

Señaló a Clara.

Clara levantó la cabeza.

—¿A mí?

—Tú has hecho el análisis.

Alejandro se sentó frente a ella.




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