Desastre en el hielo

8. No podrá tener hijos

Cuando les entregaron las pulseras horas más tarde, pudo notar la sonrisa sincera que ella tenía al recibir esas baratijas con esos nombres. Ally siempre era tan amena con ese tipo de cosas, nunca se quejaba de las cosas baratas y, mientras todo fuera de manera sincera, le daba lo mismo.

—¿Y cuándo se los vas a entregar? —le quitó la bolsa donde la chica había colocado las pulseras—. Se ven tan baratas.

—Se las voy a entregar cuando esté de regreso en Londres. —Ally le quitó con brusquedad las bolsas—. Aléjate de mí.

—Tengo curiosidad…

—Me importa poco —ella sacó una de su interior—. Toma, dásela a Astrid y de ese modo podrá saber lo que es ser humilde.

Druso tomó la pulsera con cuidado y la examinó. Tenía el nombre de Ally y pequeñas flores a su alrededor. Eran sus favoritas y el recuerdo de lo que pasó el día que le fue a pedir matrimonio llegó de golpe.

—No le daré a mi hija esto —intentó regresársela.

—Entonces quédatela tú. —Ally espantó las palabras—. Botarlo es una opción, por el hecho de que no fui yo quien lo pagó.

Druso tensó la mandíbula al escucharla. Tan cambiada que estaba esa mujer que hasta le daba algo de pereza tener que lidiar con ella de vez en cuando en el pasado. Llegaron al hotel a la hora de la cena y ella no volvió a dirigirle la mirada. Tuvo que quedarse con sus compañeros de equipo cuando estos lo vieron intentar subirse en el elevador para seguir a Ally y poder hablarle un poco más.

Al día siguiente, el entrenamiento fue igual de intenso que antes. Era uno de esos juegos en los cuales todos debían estar alerta porque se estaban enfrentando con uno de los mejores equipos a nivel nacional. Aunque ellos llevaban varios partidos llevándose el gran premio, no todos salían victoriosos.

—Hola, papi —Astrid lo saludó a través de la cámara y vio que su nana le daba un poco de espacio—. ¿Cómo estás?

—Estoy bien, cariño —dejó el bolso en la cama del hotel—. ¿Qué tal te estás comportando?

—Muy bien. —La pequeña dejó caer el teléfono sin querer en la cama—. Lo siento, se me resbaló.

—No importa —rio un poco—. Supongo que debes estar cansada después de estar todo el día en clases.

—No… hoy me inscribí en un deporte para poder estar al día con mis notas —su hija se acostó en la cama—. La profesora dijo que en la escuela no hay equipos de hockey…

—No es necesario que te guste eso y más si eres pequeña… —susurró como si fuera un secreto—. Pronto iré a casa…

—Pensé que irías a otro lugar…

—Ya sabes que podemos tomarnos unos días libres de ser necesario —Druso se dejó caer en la cama—. Sabes que por ti haría lo que fuera… Si tengo que irme del país por unos días, lo hago.

—Papi…

—Sí, mi amor.

Astrid volvió a contarle qué tal fue su día a día en la escuela y de cómo estaba hablando con sus primos muy a menudo. Debía enviarles un agradecimiento a sus hermanos acerca de permitir que sus hijos tuvieran horas de estudios con su hija o llamadas de vez en cuando con su hija. Una hora más tarde, dejó que su pequeña descansara porque debía ir a la escuela en unas horas más.

Se pasó una mano por el rostro, sintiéndose aún más cansado que antes. No pensó que tenerla en el mismo lugar que él podría ser de ese modo. Chasqueó la lengua negando con la cabeza ante los pensamientos que estaba comenzando a tener en ese momento. No cabía duda de que posiblemente todo se le caería encima y Ally sería la culpable de eso.

Se dio un baño bastante largo y, en cuanto su espalda chocó contra la cama, no pudo evitar pensar en la pulsera que ella le había enviado a su hija. Se la puso en su muñeca y recordó que a ella anteriormente también le gustaba hacer ese tipo de bisutería y que él todavía tenía una que otra pulsera o cadena en su caja de recuerdos. Hasta las que se llegaron a romper en su momento las guardaba.

A lo mejor, ella se encontraba de lo más normal hablando con otros y él dando vueltas en la cama.

—Esa desgraciada —escondió la cabeza debajo de la almohada.

No pudo dormir mucho esa noche; fue mucho peor a la mañana siguiente cuando tuvo que almorzar con los de su equipo y ser una persona sociable por unas horas. No es que le gustara pasar tiempo con ellos; tenía que hacerlo sí o sí.

Pasó un trago amargo al ver a Ally llegar con el otro personal de vuelo, algo que lo sacó de quicio por completo, ya que vio a Alariel con la mirada fija en ella y cuando se saludaron, como si fueran los mejores amigos de años y no de dos días.

—¿Desde cuándo conoces a la bonita de allá? —le preguntó uno de sus compañeros de equipo de Alariel—. Hasta ahora es la que más llama la atención de entre todas…

—Nos conocimos ayer por la mañana —Alariel respondió quitando la vista de Ally—. Es una buena chica…

—¿Cómo sabes que es una buena chica si solo la conoces de un día? —preguntó Druso apretando el palo de hockey—. Uno nunca sabe…

—Es por eso que la invitaré a algunas citas mientras estemos viajando. —Alariel se encogió de hombros—. Uno siempre tiene que conocer a las personas y no andarse por las ramas —lo miró—. Si no se da en algo, lo dejo así.

—Bueno, si tú lo dices…

—¿Y la conoces? —el otro cuestionó al verlo tan irritado—. Porque noto un poco de incomodidad en ti en este momento.

—No.

Druso esquivó su mirada y se concentró en el juego que había comenzado. Ajustó bien las correas de su uniforme, mientras miraba con poca concentración el partido. De vez en cuando, miraba a Ally charlar con sus compañeras, señalándoles una que otra cosa, y recordó cuando él hacía lo mismo con ella para que pudiera entender una que otra cosa.

El partido acabó sin más contratiempos, y él recibió una que otra regañada por su bajo desempeño durante todo el partido.

—Jugaste horrible —su entrenador negó con la cabeza—. ¿Se puede saber qué te ocurre?

—Nada —Druso podía sentir la mirada de sus compañeros sobre él—. No todos los días hay días buenos o malos.




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