Desastre en el hielo

9. Cementerio

Últimamente, su vida se resumía en cosas que ni ella misma podía entender del todo, pero que siempre terminaban en un mismo lugar con nombre y apellido… Druso Lemann. Los años continuaban pasando con tanta intensidad que se cuestionó seriamente si estaba haciendo lo correcto o estaba fallando miserablemente como siempre.

Le tuvo que contar todo a Sariel, puesto que ella la llamó luego de saber que estaría casi una semana de vacaciones en Minnesota.

—Ese estúpido —Sariel murmuró—. Debe pedirle consejos a su hermano Niklas… ese si es un hombre, pero después de mi novio —rio bajito—. No creo que él esté tranquilo; más bien, debe al menos haberte investigado…

—Conociendo a su madre, te aseguro que cada investigación que hizo en su momento, la desvió hacia otro lado. —Ally fue hacia la puerta para recibir la comida que había pedido—. Ya no vale la pena. He pasado los últimos cinco años creyendo una cosa y al final resultó ser otra.

—Bueno, estás con muchos hombres que tienen mucho poder…

—Le voy a contar a Greg que tienes pensamientos pecaminosos —bromeó—. Espera un momento.

Abrió la puerta y le pagó la comida al chico, dejándole propina de paso.

—Si mi novio te oye, lo más seguro es que termine pensando que le estoy siendo infiel… —comentó en un tono burlón—. Ahora, sobre Druso… creo que le sigues gustando.

—No, a él lo único que le gusta es su estúpido juego de hockey… —dejó la bolsa en la mesita—. Aquí es complicado… No sé si me gustará estar todo el tiempo en un hotel… aunque sea gratis.

—Bueno, puedes salir, tener citas con hombres diferentes… —Su amiga le dio la idea—. Con eso de que ahora la vida es solo una.

—Lo pensaré —suspiró y puso el celular en voz alta—. Lo único bueno de todo esto es que Druso tiene una hija preciosa. Esa niña tiene algo que me llama tanto la atención.

—Crees o sientes que tienes una conexión de madre e hija —Sariel hizo una pequeña pausa—. Hm, la verdad es que es complicado, y más contigo, que tienes tiempo que no vas a visitar la tumba de tu hija…

—Estoy en el mismo lugar donde la enterré hace años. —Ally dejó lo que estaba haciendo—. Ni siquiera me dejaron llevármela y de vez en cuando vengo.

—Puedes pedirle ayuda a Niklas para que te permitan llevarte a tu hija de ese lugar —su amiga propuso—. Será hasta abril que estarás con ellos; luego vas a regresar nuevamente.

—Es un proceso complicado…

—No, créeme que no.

Sariel le explicó el proceso que ella debía tener en cuenta a la hora de enviar a su hija de regreso a su país. Al menos podía pedirle ayuda a Niklas en ese aspecto y él que moviera sus contactos en ese país…

Se quedó hablando por un buen rato con su amiga, hasta que esta le dijo que debía irse porque su novio llegó. La soledad en esa habitación de hotel estaba realmente dándole con todo y no cabía duda de que era su culpa en ese aspecto. Pasó los últimos cinco años sola, sin una relación que le mantuviera con los pies en la tierra.

Al día siguiente, bajó a la recepción para que le pidieran un taxi e ir al centro comercial de ese lugar. De paso, iría a comprar unas flores para llevarlas al cementerio. Ella aprovechó que estaba en el vehículo para ver cómo era el proceso para llevarse el cuerpo de su hija, pero le era difícil hacerlo.

—Muchas gracias, señor. —Le pagó al taxista y entró al centro comercial.

Entró quedándose asombrada por todo lo que veía. Era el más lujoso del lugar; aun así, las personas se venían demasiado tranquilas.

—¡Ally! —la llamó alguien, pero ella no encontraba quién lo estaba haciendo—. ¡Estamos aquí arriba!

Subió la mirada hacia el segundo piso y vio a Druso con su hija Astrid. Alzó su mano con cuidado sin saber qué hacer exactamente, puesto que el jugador se veía demasiado incómodo o enojado; no podía ver bien desde esa distancia. Se aclaró la garganta y caminó hacia las escaleras eléctricas que, como si el destino quisiera que ese momento siguiera, se encontraban casi vacías.

Pensó que ellos se irían, pero él estaba vistiendo una gorra, sudadera y su hija estaba descubierta. Supuso que era debido a que nadie tenía fotos de ella o algo así.

—Hola, buenos días. —Ally saludó a Druso nerviosa, luego miró a la pequeña—. Estás enorme… —Se agachó un poco para saludarla—. Sin duda, estás comiendo mucho.

—Vine con mi papá. —Astrid sonrió—. Mañana tiene un juego y mi nana está en otro lado…

—No debes decir eso. —Druso alejó a su hija y ella se levantó incómoda por eso—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Vine a comprarme algunas cosas —ella explicó—. Como estaremos unos días por estos lugares, quise darme una vuelta.

—¿Justamente hoy?

—Lo que sea —rodó los ojos—. Tengo cosas que hacer y no tengo tiempo para estar al pendiente de tus problemas personales —dirigió su atención hacia la pequeña—. Nos vemos por ahí, cariño.

Ally se despidió de la niña y ni caso le hizo a Druso. Sin embargo, sentía en su pecho que esa pequeña era una cosita que se metió de lleno en su vida y quería pasar tiempo con ella cada vez que la veía. Con el corazón en las manos, decidió mejor ir hacia alguna tienda, pero se detuvo en seco.

Se giró rápidamente y los vio mirándola. Sonrió de oreja a oreja al ver la muñeca de Druso y notar que tenía la pulsera adornando su mano. Le señaló la pulsera que se suponía que debía dársela a su hija, y este frunció el ceño bajando la mirada hacia su muñeca y su rostro perdió todos los colores. Le guiñó el ojo antes de meterse de lleno en alguna tienda por culpa de la emoción.

Compró un par de juguetes, algunas cosas que esperaba que en su momento a su pequeña le hubiesen gustado, pero no estaba segura de si estaba lista para eso. Le dio la dirección a un taxista del cementerio donde estaba su hija y emprendió el viaje. El trayecto duró media hora y, cuando llegó a su destino, notó que al menos limpiaban la tumba de su hija.

“Willow Cooper”




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