Desastre en el hielo

11. Dolor

Ally se dejó llevar por Druso hacia el estacionamiento del hotel, justamente en un sitio tan remoto donde se encontraba su auto. Estaba tan segura de que sería una odisea lo que pasaría en unos pocos días cuando el personal del hotel supiera que el gran jugador de hockey salió de la habitación del hotel en el que ella se hospedaba.

Agradecía enormemente que su auto fuera polarizado, porque no cabría de la vergüenza si alguien la viera por esos lares con él.

Llegaron a un residencial que parecía ser un buen cuento de hadas por la vegetación del lugar. Todo se encontraba tan ordenado que la misma Ally imaginó que se debía a una mala pasada o broma misma.

—¿Vives con alguien aparte de tu hija? —preguntó sin dejar de ver las casas—. Al menos nadie se pierde; cada sitio es diferente.

—Con el ama de llaves, quien también es la nana de Astrid —informó bajando la velocidad—. No te preocupes, es una buena mujer y viene solo los días que no estoy en la ciudad para quedarse con Astrid.

—Entiendo… supongo que la llevas a tus viajes los días que ella está de vacaciones de la escuela —comentó sin mirarlo todavía—. Esto es mucho mejor de lo que pensé que sería realmente.

—Sí, la llevo a mis viajes… a ella le gusta mucho pasar tiempo conmigo y es bueno que vea otras cosas —respondió de regreso—. Es un lugar que está todavía en remodelación en algunas áreas… casas que todavía no están terminadas.

—Pero no veo que haya algún vecino mirando con quién llegas. —Se enderezó en su asiento y escuchó la risa del piloto—. No te rías… era lo que pasaba cuando ibas a mi casa.

—Todavía continúas viviendo en ese lugar. —Druso asintió—. Al menos no has dejado…

—Era el hogar de mis padres y lo único que me dejó tu madre antes de quitarme todo lo familiar.

El jugador de hockey asintió; eso había sido un golpe bastante duro. La puerta del garaje se abrió cuando él buscó la aplicación en su celular y las cejas de la chica se elevaron tanto que parecían fuera de lo normal. Druso tenía varios autos en esa cosa y, si no estaba mal, también tenía un tipo de sótano abajo.

—Mi papá tiene muchos autos, así que cuando quieras, él te puede regalar uno. —Astrid se quitó el cinturón de seguridad—. Vas a dormir cerca de mí…

—Hey, detente un momento —pidió Druso apagando el motor y mirando a su hija—. Vas muy rápido, eso no se hace.

—Descuida, aunque sé conducir gracias a tu padre, no quiero un auto en este lugar. —Ally sonrió—. Gracias por dejarme quedarme en tu casa.

—No te preocupes, de todos modos, tenemos mucho de qué hablar.

Ally asintió y pasó un trago en seco ante eso. Por su parte, bajaron los tres del auto y Druso le ayudó con el equipaje, que, aunque era mucho, se notaba que ella estaba realmente preparada para cualquier eventualidad. Su hermano Niklas siempre estaba con una maleta, hacía pocos vuelos y derecho para su hogar. Con razón se había casado con esa chica después de pasar los últimos cinco años detrás de ella, como si fuera un perro detrás de la cola de otro animal.

Su hogar estaba de manera cálida y el frío se podía sentir un poco. La temporada navideña era una de sus favoritas.

—Vamos, te llevaré a tu habitación para que te des un baño y pongas esa ropa a secar…

—Me gustaría lavar mi ropa —pidió tímida—. Tengo mucha ropa que llegué a usar y la verdad es que me da un poco de pena tener que usarla así.

—Claro.

Astrid los seguía muy de cerca. Ni siquiera le importaba que fuera la causante de que, después de tantos años, ella y Druso se encontraran en la misma casa. La llevó hasta el último piso de la casa, y Astrid no podía ocultar su felicidad.

—Estaremos en el mismo pasillo. —La pequeña aplaudió—. Yo duermo ahí, mi papá en la otra habitación. Aquí solo hay como tres habitaciones, pero las otras son de sus hermanos… —Comenzó a contar la niña—. Por el momento, porque él me dará más hermanos y ya ellos no van a venir…

—¿Tienes novia? —Ally detuvo su andar—. Fue una mala idea… lo siento, no debí…

—No, no tengo novia. —Druso frunció el ceño—. Son cosas de mi hija, es una niña, es todo.

—Entiendo, pero te pido de favor que si tienes una pareja, me lo hagas saber…

—Mi papá no ha tenido novia, dice que es por mí, pero sé que…

—Astrid —Druso la detuvo bruscamente—. Silencio.

—Lo lamento, papi.

Ally quería saber a que estaba refiriendo la pequeña, pero por culpa del hombre fortachón que tenía enfrente, era imposible. Con un pequeño suspiro, entraron a lo que parecía ser su nueva habitación y estaba bastante amplia.

—El baño está ahí —señaló la puerta—. Puedes dejar tus cosas en el clóset…

—Recuerda que no me quedaré por mucho tiempo. —Ally se abrazó a sí misma—. Es hasta que nos toque viajar nuevamente y sabes que es imposible que me quede contigo…

—Si lo dices por la prensa, aquí no vienen y notarás que hay más jugadores viviendo por estos lares —le explicó—. Acomódate, le iré a dar un baño a mi hija y yo me daré uno…

—Está bien… —Ella hizo una pequeña pausa—. Sobre nuestra conversación…

—Tenemos tiempo.

Asintió y se despidió con un ademán de manos de la niña. Una vez que se quedó sola, pudo respirar en paz, calmada y sin la necesidad de creer que el mundo se le estaba yendo encima. Tenía poco tiempo de haberse encontrado con Druso y ya tenía todo un mundo encima.

Buscó la ropa que se colocaría para pasar la noche ahí, sacó la que estaba suicida, dejándola junto con la húmeda, y se metió en la ducha. Hablaría con Sariel más tarde para saber que tal iba todo con Nancy e Yilda.

Media hora más tarde, estaba bajando las escaleras con la canasta de ropa sucia y buscó al Druso con la mirada.

—¿Druso? ¿Astrid? —los llamó cuando llegó al primer piso—. ¿Hola?

—Estoy aquí. —Druso salió de un pasillo—. ¿Es tu ropa?

—Sí…

—Ven, te llevaré al área de lavado —le indicó—. Astrid está durmiendo… cayó rendida.




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