Desastre en el hielo

13. Pequeña inteligente

Ally pensó que el desayuno sería tenso después de su conversación con Druso, pero no, este había mandado a comprarle sus flores favoritas y en ese momento las tenía a su lado. Astrid estaba al otro lado de la mesa, mirándola con una enorme sonrisa que parecía traspasarle el rostro de lo feliz que la pequeña se veía.

En cambio, Druso se notaba muy sereno en ese momento y no podía echarle la culpa, por el hecho de que él necesitaba asimilar muchas cosas.

—¿Crees que por ser fin de semana te darán ese expediente? —Druso rompió el silencio—. Digo, como en cada departamento tienen un horario…

—Llamé hace un rato y me dijeron que estaban trabajando hasta mediodía —Ally se limpió los labios—. Puedo ir e investigar.

—Está bien —él se quedó unos segundos en silencio—. ¿Te gustaron las flores?

—Sí, muchas gracias —murmuró con las mejillas rojas—. No sé cómo pudiste hacer eso…

—Creo que siguen siendo tus favoritas aunque no estemos juntos…

—Sí, continúan siendo mis favoritas —sonrió a medias—. Gracias.

—Aw, mi papá te regaló tus flores favoritas… —Astrid sonrió—. Sin duda alguna, esto merece un enorme premio…

—No, no es eso —Ally quiso explicarle—. Le dije que me las comprara…

La pequeña parecía no estar muy conforme con esa respuesta, pero continuaba teniendo un millón de escenarios en su cabeza. Las hortensias eran sus flores favoritas por lo llamativas y delicadas que eran. Incluso, en más de una ocasión le había dicho a Druso que no importaba el color, podía regalarle cualquiera que de todos modos les iba a gustar.

Un rato más tarde, ella fue con una canasta llena de ropa hacia su habitación asignada y la dejó junto a la cama para disponerse a arreglarla cuando llegaran después del partido. Presentía que no iba a durar mucho en ese sitio, puesto que en cuanto llegara el chisme de que durmió en la casa del jugador estrella del equipo de Minnesota, todos pondrían una cámara en su rostro para atacarla sin preguntar.

Cuando ya estuvo lista después de su relajante baño, leyó una que otra noticia por si había salido del incidente. Druso ya la esperaba con un bolso, el cual contenía su uniforme y otro por si pasaba algo con la ropa de Astrid.

—Vamos…

Druso asintió y le abrió la puerta del auto para que entrara; después se aseguró de que su hija estuviera con el seguro bien colocado, no sin antes verificar que no haya vecinos mirándolo. Aunque era un residencial en el cual había varios de sus compañeros, los chismes eran parte de su día a día.

—Iremos primero al hospital —le informó el jugador—. Ya después nos podremos ir al estadio…

—Pero si voy al estadio contigo…

—Ya mandé a que te colocaran un asiento junto al de mi hija —Druso salió del garaje—. Es un sitio reservado; no sabrán que estás ahí.

—Sí, está bien, supongo.

El trayecto hacia el hospital fue silencioso; solo se podían escuchar los videos educativos del nuevo idioma que Astrid estaba estudiando a través de la tablet. Aunque la pequeña no tenía el mismo coeficiente intelectual de Joshua, intentaba adaptarse a todos sus primos.

Cuando llegaron a su destino, Druso, en lugar de esperar por ella en el auto junto con Astrid, fue con ella a la recepción y de ahí los enviaron al área de registros porque pasaron años desde que pasó ese incidente.

—Buenos días. —Ally se acercó a la ventanilla—. Vengo a buscar un expediente o una información relacionada con el mismo.

—Buenos días —la chica al otro lado tecleó algo en la computadora—. ¿Es suyo? ¿O de otra persona?

—Es mío. —Ella le mostró su identificación y la chica frunció el ceño.

—¿Usted fue deportada?

—Sí…

—Entiendo, por favor, espere unos minutos.

Ally quiso decirle que no era necesario, pero la chica se fue dejándola ahí con el hombre que tenía cara de culo estreñido. S e mordió el labio y tomó asiento guardando su identificación.

—¿Qué pasó?

—Creo que mi caso está entre los legales —respondió con la mirada en el piso—. Le dije que fui deportada y cómo hasta hace unos meses no podía ingresar de manera legal a Estados Unidos; es posible que haya problemas.

—Pensé que ese tema estaba solucionado…

—Tu hermano me ayudó, pero nunca le dije ciertas cosas —sonrió incómoda—. Es decir, no le conté lo que vivimos juntos…

—En ese caso, no tienes de qué preocuparte…

Ella no dijo algo más, puesto que ahí se encontraba Astrid observándolos y escuchándolos. Solo faltaba ese paso; después podía pedir que colocaran en proceso la prueba de ADN y su imagen al lado del hombre que se encontraba a su lado quedaría limpia.

—Hola —la chica la llamó con un ademán para que se acercara—. El área legal no se encuentra, lo lamento —dijo con pena—. Sin embargo, ese proceso se hace con días de aplicación y, si me permites, puedo tomar tus datos y en diez días laborables podrás venir a buscar ese expediente.

Ally, con los ánimos caídos, le pasó sus datos a la chica y después se dispuso a irse con Druso. Debió verlo venir; todavía no estaba tan limpia del todo y necesitaba ese expediente para desenterrar a su hija.

—Tengo que venir en diez días laborables y creo que en esos días estaremos en otro Estado —suspiró—. Lamento esto.

—No te preocupes, será mejor que nos demos prisa y lleguemos al estadio.

Ally jugó con sus dedos al verlo tan serio y por unos segundos imaginó que ya él pensaba que toda su historia era una vil mentira. Astrid comenzó a hablar de cosas que a ella le parecían graciosas y eso fue mejor que estar con el silencio de una conversación que pesaba con creces.

—Hola —Alariel la saludó—. Vaya, llegaste con compañía.

—Ella cuida de mi hija —Druso habló antes de que ella pudiera saludarlo—. Estarán juntas cuando me toque…

—Así que te veré más seguido. —Alariel asintió—. Es un placer tenerte por estos lares…

—Sí, también es un placer verte, Alariel. —Ally extendió su mano hacia el jugador—. Mucha suerte.




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