
Druso la terminó llevando, aunque no quería, a la pista de hielo para que lo viera entrenar con sus compañeros. No era que tuviera que ir del todo, pero estar todo el día en casa con ella ya le daba la peor sensación del mundo.
—Ahí vi que llegaste con alguien —murmuró Alariel—. También pensé que estarías descansando.
—Necesito estar en forma, ya que en los próximos días posiblemente pida una baja —chasqueó la lengua—. Juguemos.
Los jugadores se fueron dividiendo en dos equipos y a Druso le tocó en el equipo B. De vez en cuando su mirada iba y venía hacia la mujer que no le quitaba la mirada de encima, pero que tampoco dejaba de usar el dichoso teléfono en ningún momento. Sonrió sin darse cuenta, sabiendo que Ally buscaría la forma de hacer esas fotografías y subirlas a algún lugar.
Tuvo pequeños descansos hasta que fue la hora de irse; sin embargo, su entrenador no aparecía en ningún lado, por lo que firmó la hoja de salida como sus otros compañeros y fue en busca de Ally para saber si irían a comer algo antes de buscar a su hija.
—¿Y por qué no vas y le dices a Druso esto que me dices? —detuvo sus pasos al escuchar la voz de Ally—. Tuviste todos estos años para envenenarle la vida con tu sola presencia; a mí sácame de tus líos.
—Druso es el mejor jugador que tengo en este equipo —el entrenador masculló—. El hecho de que una chiquilla como tú…
—Una chiquilla que vino hace seis años a buscarlo y tú acabaste con dos vidas esa noche —Ally le habló con tono extremadamente serio—. Me viste esa noche embarazada y al poco tiempo me encontraba en un hospital tratando de luchar con mi vida para salvar a mi hija… la hija de Druso.
—Esa niña solo iba a estancar su futuro, no estaba dispuesto a perderlo…
—Pero estabas dispuesto a dejar que Celia te diera mucho dinero para joderme la vida desde el primer momento —señaló—. ¿Crees que no sé lo que ella te dijo acerca de ese chico que quería ser actor? ¿No crees que mereces la pena de muerte por lo que me hicieron?
—Haría lo que fuera necesario por las personas de mi equipo…
—Entonces Druso no fue el único —Ally sonaba sorprendida—. ¿Qué clase de persona eres?
—Una que haría lo que fuera para lograr lo que se propone, porque esos trofeos en esos estantes no se consiguen de migajas, no se consiguen porque…
—Porque eres una basura y ya sé lo que haré para hundirte —ella lo cortó con brusquedad—. Le diré la verdad a Druso, se enterará de lo que me hicieron y créeme que me reiré en sus caras cuando llegue ese momento.
—Si le dices a Druso algo, yo mismo me haré cargo de que jamás en tu vida pises un avión o salgas de la pocilga en la que te encuentres —sentenció el hombre—. Será mejor que guardes silencio o, de lo contrario, conocerás mi furia.
—Será un placer hacerlo…
Druso entró antes de que su entrenador hiciera algo más, y también porque ya había escuchado lo suficiente de ese embrollo.
—¿Pasó algo?
—No, solo estábamos hablando —el hombre se aclaró la garganta—. Me pareció extraño que una desconocida estuviera en esta área.
—Vino conmigo y tiene el gafete de invitada —señaló—. Por favor, permítame irme, tengo que ir por mi hija.
—Sí, claro… la niña —el entrenador sonrió a medias—. Te dejo entonces.
Se hizo a un lado para dejarlo salir y luego dirigió su atención hacia Ally.
—Es hora de irnos —se quitó el gafete del cuello—. No lo soporto más.
Druso asintió, estando de acuerdo con ella. Ambos salieron del estadio por uno de los pasadizos que daban al estacionamiento. Él tenía una capucha colocada, ya que la prensa estaba por los alrededores y algunos fanáticos estaban llegando.
—Escuchaste lo que hablé con ese hombre —Ally murmuró—. Sé que lo hiciste.
—No fue mucho si es lo que quieres saber —Druso encendió el auto y empezó la marcha—. Iremos a comer a un restaurante y luego iremos a buscar a Astrid.
—No importa ya si escuchas o no, por el hecho de que el daño está sembrado —ella negó con la cabeza—. Celia está en otro país, a miles de kilómetros, pero continúa siendo una mujer que sabe mover sus hilos.
—Mi padre la tiene domesticada…
—No conoces los límites de tu madre… pero dejemos el tema como está. No quiero seguir hablando de eso.
Druso hizo un sonido con la lengua durante el camino al restaurante que reservó para tener un poco de privacidad. En cuanto pisaron el lugar, dio sus datos a la recepcionista, la misma que le indicó dónde podía ir a sentarse.
—Es un lugar muy acogedor —Ally dejó su bolso a un lado—. Con un hermoso lago que se puede apreciar.
—Lo es —Druso asintió—. La comida de aquí es buena y de vez en cuando traigo a Astrid a comer.
—Está bien…
—Mañana temprano iré a pedir el favor de un abogado para acelerar el proceso de exhumación —tomó la carta del menú—. Es un proceso un poco largo, pero con dinero espero que se resuelva en poco tiempo.
—Es extraño, ¿sabes? —Ally sonrió desanimada—. Antes me veías y querías estrangularme y ahora me quieres ayudar a comprobar lo que te decía.
—Es lo mínimo que puedo hacer por ti y no me molestaba tu presencia… sino otra cosa —se aclaró la garganta—. ¿Qué vas a pedir?
—La orden número cinco, no tengo mucha hambre.
Duros levantó la mano para llamar al personal y pedir la comida. Solo sería esperar unos pocos minutos y ya estarían con sus estómagos llenos.
—¿Y qué era lo que más te molestaba de mi presencia? —entrelazó los dedos sobre la mesa—. Porque ahora mismo tú eres quien me molesta en realidad.
—Me molestaba verte y sentir que algo en mí continuaba deseando que ambos estuviéramos juntos —confesó y ella lo miraba fijamente—. Por alguna razón, no pude siquiera ver a otra mujer a lo largo de los años; mucho menos podía continuar siendo el hombre que alguien encienda, y solo me enfoqué en mi hija.