Ella había estado los últimos días hablando con el abogado acerca del traslado del cuerpo de su pequeña hacia Londres y todo salió más que perfecto. El hombre le estuvo explicando el proceso de traslado del cuerpo hacia otro país, ya que era un poco más extendido, pero como Druso tenía el dinero y el poder, pues sería en menos tiempo del acordado. Aprovecharía para ir a Londres los días que la pequeña estuviera con un pequeño receso de la escuela para darle una digna sepultura, puesto que deseaba que su hija descansara en paz después de todos esos años en donde ella no había podido ir a visitarla realmente.
Observó detenidamente al hombre que se preparaba para irse, puesto que era su último juego en Minnesota esa noche, después de unas largas dos semanas jugando allí; aun así, la distancia entre los dos era palpable y más porque ella le dio un ultimátum de toda su relación si él no ponía de su parte.
—Espero que tengas un buen juego —Ally jugó con sus dedos desde la puerta—. Te estaremos viendo desde aquí.
—Gracias. —Druso dejó de ponerse los tenis y la miró—. Espero ganar.
—Sé que lo harás.
Quiso preguntarle por qué no la invitaba; sin embargo, estuvo viendo en las redes sociales su cercanía con esa maestra y su pecho se arrugaba.
—¿Cuándo nos iremos con Ally, papi? —preguntó Astrid bajando las escaleras con su pijama lista; aunque era todavía media tarde, ella se había duchado y preparado para la batalla nocturna—. Quiero ver a mis primos.
—Estoy por considerar sinceramente que solo quieres ver a tus primos por cuestiones de chisme. —Druso se acercó a su hija y la cargó en brazos—. Pero iremos en Navidad, cuando me tome mis días libres. Estoy dejándolos acumular, debido a que tengo algunas campañas.
—Tu próxima parada es en Vancouver —Ally se mordió el labio—. Mañana inicia la temporada con más frío y…
—Estaré aquí pronto. —Él caminó hacia ella—. Se harán los trámites como acordamos, iremos a Londres, enterraremos a nuestra hija como es debido y listo.
—De acuerdo, gracias.
Druso se despidió de ambas unos minutos más tarde, dejándola con el corazón en la boca y con miles de preguntas por hacerle. Era fin de semana todavía y, por alguna razón, su pecho latía con fuerza desmedida.
Aun así, tenía la oportunidad de poder irse si quería, pero no lo haría por el momento. Quería saber hasta dónde era que Druso quería llegar realmente con todo eso sin decirle algo al respecto.
—Ally —Astrid se sentó a su lado en el sofá—. ¿Tú no me quieres?
—¿Eh? —tuvo que pestañear varias veces al escucharla—. Sí, te quiero muchísimo.
—Sé que no me quieres como quieres a tu bebé que murió, pero mi papá me dijo que el amor de mamá es grande y el tuyo es así por tu hija —confesó la pequeña y Ally sintió que su pecho era golpeado con brusquedad debido a esa confesión—. No quiero que te vayas, porque necesito que seas mi mamá y no otra persona.
—Es que yo no soy tu madre y el hecho de que tu padre ahora quiera…
—Mi maestra me dijo que pronto muchas cosas iban a cambiar y que tú ya no estarías en nuestras vidas. —Astrid la miró con mucha tristeza—. Le pregunté por qué me decía esas cosas y me dijo que soy muy pequeña para entender, pero que ahora mi papá debe decidir.
—¿Cuándo te dijo eso?
—El viernes en la escuela me lo dijo.
Ally asintió, la jaló hacia su cuerpo para sentarla en sus piernas. Tenía que hablar seriamente con Druso, de ese modo, ponerse de acuerdo con muchas cosas acerca de esa mala mujer que en ese momento le estaba llenando la mente a su pequeña de cosas malas.
Vieron el partido y otra vez andaba esa mujer de los mil demonios en primera fila, usando la camiseta con el número de Druso. Número que a ella le pertenecía sí o sí. Estaba tan harta de esa mujercita, que quería matarla con sus propias manos de ser necesario. Buscó una manta para ella y la pequeña cosita que no se separaba de ella en ningún momento, incluso cuando cabeceaba horas más tarde esperando la llegada de su padre.
Apretó los labios cuando vio que ya serían las doce, y Druso no llegaba como había dicho. Por curiosidad, buscó su celular y sus ojos picaron de una forma tan dolorosa que deseó jamás haber sido curiosa. Mordió la parte interna de su mejilla, pasando las fotos que se dejaban ver de Druso con una mujer misteriosa; aunque ella tenía la cara media tapada, sabía que era esa mujer.
Observó a Astrid dormir en su cama, tan inocente y pidiéndole que sea su madre. Negó con la cabeza; no iba a llorar y mucho menos a suplicar por un hombre que solo le estaba dando largas al asunto. Apagó su celular y arropó bien a la pequeña antes de ir a su habitación, cerrar la puerta con seguro y meterse en la cama.
Incluso, fingió dormir cuando Druso entró a la habitación horas más tarde, para ver si estaba durmiendo. Su rostro estaba casi metido entre la cobija y la almohada, pero no le daría el privilegio de verla por completo.
—Espero que mi plan funcione —murmuró—. Quiero casarme contigo, hacer las cosas bien, pero cada día que pasa es más difícil poder sobrellevar las cosas —sintió los dedos rozarle las mejillas—. Lo que hago es por nuestra hija, por Astrid y por ti… Por favor, dame algo más de tiempo.
Recibió un beso en la frente antes de que la puerta por fin se cerrara. Contó hasta veinte en su mente y abrió los ojos. No había rastro del hombre que se suponía que debía estar ahí con él.
—Hijo de puta.
Se secó las mejillas antes de tratar de dormir con las sábanas tapándole el cuerpo.
A la mañana siguiente, ella se encontraba acostada como si nada mirando el techo; sin embargo, había dejado que Druso se hiciera cargo de Astrid, es decir, llevarla a la escuela para que tuvieran un momento de despedida. Si fuera por ella, buscaría otro lugar donde meter a la pequeña, pero viendo el panorama de las cosas, era complicado.
—Entonces… —Escuchó la voz de su amiga Sariel al otro lado de la línea—. El desgraciado aquel ahora se la da de prófugo de la verdad y tiene novia.