Desastre en el hielo

34. Un poco más

Tener que jugar a regañadientes con su propio equipo le daba la sensación de que todo en su vida estaba por dejar de tener sentido. Ver a esa mujer sentada en ese asiento que no le correspondía en cada juego que tenía en Minnesota, tener pruebas de ADN que certificaron que era la madre de la niña que él protegió con su vida durante unos largos cinco años, ya dejaba mucho que desear. La sensación de agobio que tenía encima no se iría de un momento a otro, mucho menos el hecho de que estaba por perder a la única mujer que en realidad necesitaba en su vida.

El partido había terminado hace unas horas y él fue de inmediato hacia el hotel donde se hospedaba; no quería ver siquiera a su entrenador, o que la prensa viera su estado deplorable. Esa noche solo quería escuchar la voz de Ally, pero ella no tomaba sus llamadas y eso lo irritó todavía más.

Habló con su hija durante unos cortos minutos, ya que ella tenía que irse a dormir por la escuela, aunque, conociéndola, era que tenía una seria conversación con sus primos o lo estaba evitando. Le alegraba que pudiera tener un momento con ellos, pero hasta ahí. No quería tenerla relacionada con Londres por nada del mundo.

—¿Estás bien? —le preguntó Alariel en cuanto lo vio en el bar del hotel—. Es la primera vez que te veo de ese modo y más por estos lugares.

—Estoy bien en lo que cabe —Druso respondió calmado, algo que le sorprendió al otro—. No te preocupes, no voy a mostrarme como un ogro en este momento.

—Aunque en ti me parece un poco extraño, supongo que ahora debes estar pensando en algún romance. —El otro jugador levantó su mano—. ¿Puedo saber quién es?

—No.

—Ah, típico de ti. —Alariel rio—. No te preocupes, no voy a molestarte con tu pasado o esas cosas —negó con la cabeza—. Tus razones tienes para no querer que nadie sepa.

—¿Por qué estás aquí hablando conmigo realmente?

—Me causa curiosidad y más por tu familia. —Alariel levantó la mano hacia el bartender—. Cuba libre, por favor.

—Como ordene. —El chico asintió, yendo a preparar la bebida.

—Vaya, no pensé que te gustara ese tipo de cosas.

—Es que se vería muy mal verte así sin beber acompañado —bromeó el otro—. Volviendo al tema—. Quiero que sepas que no somos tus enemigos, aunque estamos celosos de que tengas toda la atención mediática; sin embargo, es obvio que te lo ganaste a pulso.

—Es un poco extraño que me lo digas cuando todos en el equipo dicen que solo soy un hombre que usa su apellido…

—Un hombre que usa su apellido y que, cuando es el líder o arquero… siempre ganamos.

Druso detuvo su bebida a medio camino, pensando en lo que Alariel le había dicho, porque era cierto. Le gustaba ser arquero y líder; aun así, no podía serlo siempre, ya que había más personas en su equipo que querían hacerlo aunque sea por una noche. Las estrategias que hacía eran únicas, los cambios por igual.

—Supongo que sí.

La conversación continuó muy amena desde que él se sentó a su lado. Incluso, un par de jugadores se unieron unos minutos más tarde cuando los vieron en la barra charlando, y fue como si un soplo de vida le devolviera la existencia por unos minutos.

Al día siguiente tuvieron que volar hacia otro estado, para un partido que pasó sin pena ni gloria, perdiendo, y nadie se sintió mal por eso. Aun así, quería regresarse a su casa lo antes posible para tener una conversación con Ally.

En Calgary, Canadá, el partido fue tenso. Los jugadores eran bastante buenos y se notaba que tenían bastante experiencia sobre el hielo. En las entrevistas, estos dejaron ver que no les importaba en lo absoluto el hecho de que él fuera el mejor de su liga; solo querían ganar y en las entrevistas se la pasaron tirando pequeñas indirectas acerca de su vida y su apellido.

—Se rumora que tienes una relación con una hermosa maestra de primaria —fue lo primero que le dijo el entrevistador en cuanto el partido acabó y él lo miró de forma neutra—. Es hermosa… ¿Podemos saber el nombre de la mujer que le robó el corazón al jugador más valioso de la NHL?

—No, no estoy interesado en ninguna maestra de primaria —Druso se encogió de hombros—. No sé de dónde sacan tantas cosas. Sin embargo, sé de primera mano de quién estoy interesado y me espera en casa.

—Vaya, acabas de romperle el corazón a millones de fanáticas. —El entrevistador soltó una risita nerviosa y él entendió que Richard estaba detrás de todo eso—. Preguntamos, porque ha sido una de las tantas preguntas en el chat, ya que en Minnesota se ha visto a la misma hermosa mujer…

—La misma mujer que acabas de decir es solo la maestra de mi hija y no tengo ningún interés amoroso en ella —sonrió—. Si me permiten, tengo que tomar un vuelo con mis compañeros y ellos tienen, de igual modo, un par de cosas que decirles acerca del partido.

Le dedicó una última mirada a su entrenador antes de abordar el auto. Fue directamente al hotel y se encontró con la maravillosa sorpresa de que no tenía ni una sola llamada de Ally en su celular, algo que ya se suponía que sabía, puesto que ella únicamente hacía eso cuando no quería ni hablar con nadie y él en ese instante no era la persona más cooperativa que digamos. Suspiró cansado de todo y prefirió mejor esperar a sus compañeros para irse de regreso a casa a pasar las próximas semanas allá.

—Hiciste bien allá. —Uno de sus compañeros le dio un golpecito en la espalda—. Bien hecho, Lemann.

Druso asintió y chocó los puños con sus compañeros; es decir, era la primera vez desde que se volvió una sensación que ellos se tomaban el tiempo de pasarlo con él.

El vuelo de regreso hacia su hogar fue una certidumbre para él; Ally no le hablaba, su hija andaba igual y estar con esas dos mujeres en el mismo espacio del silencio ya era demasiado. Llegó a su hogar en un taxi y por la hora, supo que Ally estaba en casa y su hija en la escuela. Incluso, tuvo que esquivar a su entrenador cuando este de la nada quería hablar con él de saber qué cosa.




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