Desastre en el hielo

37. Soltera

Tenía todas sus cosas en las maletas, no quería quedarse un minuto más en esa casa y con Druso ya tenía suficiente. Le daba tanta pena la pequeña Astrid, con la cual había tomado un momento tan maravilloso, que se cuestionó si era su hija o no. Tenía un cepillo de dientes en una bolsita para llevarla al hospital más cercano, aunque sea con mentiras.

Se limpió las lágrimas y, en cuanto tomó su celular, vio las notificaciones en su correo, redes sociales y hasta en su número de teléfono. Hasta eso iba a tener que cambiar. Su número estaba comprometido a más no poder.

Guardó sus documentos en un pequeño espacio que hizo en su maleta y decidió que ya era hora de salir de ahí lo antes posible. Si Druso continuaba siendo tan mezquino con ella, pues no le iba a dar el gusto en realidad de verla tan decaída.

—Ally —Druso la llamó el lunes por la mañana cuando estaba bajando las escaleras—. Por favor…

—Tengo cosas que hacer —Ally exhaló con un poco de fuerza el aire que tenía retenido en su momento—. Saldré…

—¿A dónde vas? —indagó al verla tan cambiada—. Tenemos que hablar de cosas importantes y no puedes irte…

—Saldré, no es que me vaya a morir —murmuró—. De todos modos, tengo que comprarme un celular nuevo, investigar por mis propios medios cómo salir del país y…

—Ally…

—Deja de ser un hombre tan asqueroso y ponte los pantalones como se debe —masculló—. Tienes una prometida, la cual será parte de tu vida, ¿para qué me quieres aquí? —tensó los puños—. Ya me quedó claro todo lo que pensabas de mí; ahora te pido amablemente que me dejes en paz.

—Hablemos, me estás ignorando desde el sábado y no me parece la cosa más correcta del universo…

—La cosa más correcta es que tú me hubieras hablado con la verdad desde un principio. —Ella negó con la cabeza—. ¿Querías tenerme como tu amante? ¿Tu escape para cuando te aburrieras de tu esposa? ¿Planeaste todo este tiempo que dejara mis sueños de azafata para tenerme aquí siempre?

—Nunca permitiría algo como eso y mucho menos a ti. —Druso la miró con súplica—. Te explicaré todo, pero tienes que saber que ese compromiso es falso y que…

—Lo único falso en todo esto es el amor que me decías que tenías para mí —Ally chasqueó la lengua—. Nos vemos luego. Si gustas, puedes prepararte algo para comer o esperar a mi llegada.

—Déjame acompañarte…

—¡No quiero que lo hagas! —Ally lo empujó con tanta fuerza que Druso tuvo que sostenerle las muñecas—. ¿¡Quieres que todos sepan que me usaste!? ¿¡Que soy la estúpida amante!?

—No…

—Bien, en ese caso, déjame en paz de una vez por todas, porque tú eres el único hombre en toda mi vida que me ha roto el corazón tantas veces que ya no sé si tiene reparación.

Se dio la vuelta para ir a la entrada del residencial rápidamente, ya que el servicio de taxis le avisó que estaba cerca y, como no tenía siquiera permiso para entrar al lugar, no quería hacerlo esperar. Ajustó bien su abrigo, colocándose unos lentes para pasar desapercibida y que nadie la reconociera del todo en el centro comercial en lo que buscaba las cosas.

—Al laboratorio principal, por favor —pidió en un tono neutral—. Es mi parada.

—De acuerdo.

Había leído que ese lugar era bastante rápido a la hora de entrar pruebas de ese tipo y lo que menos deseaba era tener que lidiar con la prensa amarillista. Su celular continuaba enviándole notificaciones, las cuales bloqueaba por completo. Sus redes sociales fueron una locura en su momento, porque cada vez que le daba a suspender o eliminarlas, le llegaban cientos de mensajes.

Una vez que llegó al laboratorio principal, agradeció haber usado ese camuflaje y el procedimiento fue mucho más corto de lo que pensó. No le hicieron muchas preguntas y la suma de dinero que pidieron igual era generosa. Tuvo que darle documentos falsos que pedían de Astrid, los cuales sacó a escondidas esa mañana cuando Druso la llevó a la escuela y se tardó más tiempo de lo normal.

Astrid se mostraba igual de enfadada con su padre. Hasta le daba miedo que su promedio bajara mucho por culpa de la situación. Lo más incómodo de todo es que su rostro se mostró en las enormes pantallas.

Fue directamente al centro comercial con el mismo sujeto, y en las noticias todavía se seguía comentando la azafata roba novios que estuvo llorando sosteniendo la mano de la hija del jugador más famoso del momento de la NHL.

—Buenos días —saludó a la dependienta—. Vengo en búsqueda de un nuevo celular y un número de teléfono.

—Claro, por favor, venga por aquí a ver los modelos.

Siguió a la mujer y había algunos celulares que no eran de su agrado, hasta que se decidió por uno, al igual que su nuevo número de teléfono. Lo primero que hizo con su celular nuevo fue enviarles mensajes a sus amigas, guardar números importantes y tirar a la basura el otro teléfono, no sin antes borrarlo de fábrica.

—Al menos me sirvió este lío para comprarme un teléfono después de seis años —murmuró viendo la pantalla rota de su antiguo celular—. Vamos a comprar algo de…

Su rostro impactó con fuerza contra el pecho de alguien y tuvo que dar pasos hacia atrás para ver al hombre que chocó con ella y que su bebida había caído al piso.

—Mierda —el hombre maldijo al ver su bebida en el piso—. Debe ser una broma.

—Dios mío, lo lamento —Ally levantó la mirada—. En verdad no te vi, Alariel…

—No, es culpa mía —mostró su celular—. Salí de la cafetería y venía con la vista en la pantalla.

—Oh, entonces es culpa de ambos —sonrió un poco—. Te compraré una bebida, así que no me la rechaces.

—Creo que tampoco me vendría mal esto. —Alariel quitó con cuidado los lentes de sol que ella todavía usaba—. Mucho mejor.

—Yo…

—Vamos, porque aunque no lo creas, no todo el tiempo están pendientes de los jugadores.




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