Desastre en el hielo

40. Fallido

—¿A dónde vamos, papi? —Astrid lo observaba con sus ojitos curiosos—. ¿Iremos a cenar? ¿Mi nana irá?

—Iremos a buscar a la descarriada de Ally —le colocó una bufanda en el cuello—. Ella no puede andar por ahí teniendo citas.

—Pero es una mujer soltera…

—No, no está soltera y le diremos a todos que ella está casada y tiene una hija que eres tú —declaró buscando unas botas—. Ally no puede andar por el mundo teniendo citas sin mi consentimiento.

—Pero, papá…

—Silencio, estoy estresado —murmuró enojado—. Pues bien, como te seguía diciendo…

Le dijo a su hija todo lo que debía decir y ella, con su inocencia, asintió. No fue difícil investigar el lugar donde la llevaría; solo tuvo que hacer unas llamadas y listo, ya tenía la dichosa dirección esa. Tracy le dijo que estaría disponible por si pasaba algo y que hablaría con su familia acerca de que regresaba a sus labores como nana.

Druso condujo por alrededor de media hora rumbo al dichoso lugar donde estaban esos dos y un sabor amargo.

—Papi —Astrid lo llamó desde el asiento trasero—. ¿Y si ella se enoja?

—No se enojará —se dijo más a sí mismo que a su hija—. Ella se dará cuenta de su error y es todo —miró por el espejo retrovisor—. Ya sabes cómo es.

—Lo único que sé es que tú nos rompiste el corazón y que Ally se está vengando de ti. —Astrid negó con la cabeza—. Lamento decirte que estás en un error enorme.

—No, deja el tema y bajemos. —Druso se quitó el cinturón de seguridad—. Ya sabes lo que tienes que decir cuando estemos allá.

—De acuerdo.

Astrid esperó a que su padre le ayudara a bajar del auto y, una vez que aseguró todo, él procedió a ingresar al restaurante. Tuvo mucha suerte de haber conseguido una reserva que no usaría en lo absoluto, pero que dejaría una propina generosa.

La buscó con la mirada, y aunque su risa era discreta, su espalda era inconfundible, al igual que su cabello. Apretó un poco la mano de su hija y esta asintió antes de caminar hacia la mesa en la que ella se encontraba con Alariel.

—Mami, ¿por qué estás siéndole infiel a papá? —Astrid le soltó de golpe y sin miramientos—. Buenas noches.

Ally se dio la vuelta para verlos llegar y fue una sorpresa encontrarse con Druso parado con la pequeña Astrid. Por la expresión que ella puso de asombro, supo que ni en mil años se esperaba algo así en toda su existencia misma. Druso había convencido a su hija con un viaje a Londres, el cual obviamente haría, pero que estaba decidido a lograrlo sí o sí.

—¿Qué dijiste?

—Le estás siendo infiel a mi papá, mamá —Astrid repitió—. Me dejaste en la casa con mi niñera y papá me encontró allá llorando —la pequeña miró a su padre—. Tú me dijiste mentiras y papá descubrió que tú te verías con otro hombre.

—¿Astrid? ¿Druso? —ella se quedó mirándolos sorprendida—. ¿Qué están haciendo aquí?

—Vinimos a verte. —Druso enarcó una ceja—. Veo que estás en una hermosa cita.

—Sí, es una cita conmigo —Alariel no se levantó de su asiento—. Ally no es la madre de tu hija… así que no entiendo esto.

—¿Me permites unos minutos? —Ally se giró hacia Alariel—. Prometo que regresaré antes de que nos traigan la cena.

—Claro —Alariel asintió—. Puedes ir, no te preocupes.

Ella sonrió una última vez hacia él y luego su atención fue a parar hacia Druso. Astrid le mostró su mejor sonrisa, más inocente que podía por su edad, y salieron del restaurante con las miradas de los curiosos sobre ellos. Fueron hacia el estacionamiento y agradecía estar un poco oculto de las miradas de los curiosos.

—¿Se puede saber qué demonios están haciendo aquí ustedes dos?

—Estamos aquí para cenar…

—Sabes de lo que hablo —Ally le apuntó con el dedo—. ¿Ahora soy una madre infiel?

—Sí —respondió Astrid—. Papá dijo que te lo dijera cuando preguntaras.

—Astrid… —Siseó Druso—. No hagas eso…

—¿Usaste a tu hija para esto? —masculló con deseos de querer matarlo—. ¿Te volviste loco?

—Sí —Druso se encogió de hombros—. Te dije que no salieras con él.

—¡No puedes decidir lo que hago! —chilló furiosa—. ¡Es mi vida!

—No.

—¡Sí! —le apuntó con el dedo—. Tú tienes una novia que todos ya conocen, será tu esposa delante del universo y yo puedo hacer lo que se me venga en gana porque es mi vida —levantó los brazos al aire—. ¡Te odio!

—Puedes odiarme todo lo que quieras —Druso estaba extremadamente calmado—. No me importa; sin embargo, te dije que no salieras con él o con otra persona…

—Estás siendo un narcisista asqueroso —Ally apretó los puños—. Me jodiste todo porque eres una persona egoísta y no puedes asimilar el hecho de que decida hacer mi vida sin ti.

—Tuviste cinco años para hacerlo…

Ally lo miró con más deseo de querer matarlo en ese momento. Sus ojos brillaron y no fue precisamente de alegría.

—Fueron cinco años en los que tuve una jodida vida tan dura que en lo único que podía pensar era en mi hija, que dejé abandonada en este país —su voz sonó estrangulada—. Fueron cinco años en los que tuve que pagar deudas de tratamientos, hospitalarios y de bancos, porque tu madre me jodió tanto que hasta hace unos meses fue que pude respirar… —Ella pasó saliva—. Y esas deudas no las pagué, me las pagó tu hermano Niklas, y fue en modo de agradecimiento por ayudar a su esposa.

—Puedo…

—No puedes nada —Ally bramó—. Solo déjame vivir mi vida en paz y, si tanto te molesta mi existencia, avísame, así busco un lugar donde quedarme…

—Ally, no te vayas —Astrid jaló su vestido—. Si te vas, llévame contigo y abandonemos a mi papá. No importa.

—Cariño, es tu padre —se agachó a la altura de la pequeña—. Lamento que estés presenciando todo este lío, pero te prometo que todo se solucionará.

—Ya no quiero que te vayas…

—No tienes que irte —Druso se aclaró la garganta—. Por favor, solo…

—Regresaré a cenar con Alariel —anunció colocándose de pie—. Será mejor que regreses y lleves a dormir a Astrid —aconsejó—. Mañana tiene escuela y está en exámenes finales.




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