Desastre en el hielo

41. Vergüenza ajena

Ally se estaba colocando unos pequeños aretes en la oreja cuando recibió un mensaje de Druso con la petición para que fuera con Astrid a la escuela a participar en el último día de clases de su hija. Suspiró extremadamente cansada con la situación, puesto que en St. Paul se había desatado una temporada de nieve tan masiva que ya no sabía bien qué pasaría con su vida si continuaba de ese modo.

Era como si el universo le dijera que se quedara ahí, pero le era imposible hacerlo. Le envió un mensaje de que estaba bien y, por la hora, supo que no faltaba mucho para que Astrid entrara a la habitación. Era viernes y ese pequeño ser del universo estaba ya feliz porque en unos días se iría a Londres con sus primos. Y a ella le entregarán los resultados el martes, por lo que tendría que buscar un vuelo antes de Nochebuena.

—¡Ally! —Astrid llegó a su habitación—. ¡Hoy serás mi mamá!

—Vaya, sí que sabes cómo llamar la atención —se agachó para recibirla—. Sí, hoy seré tu bella acompañante.

—Mi nana me dijo que mi papá no podrá saltarse el juego y es la primera vez que pasa algo así —la pequeña la abrazó con mucha fuerza—. Ahora, vámonos. Tú vas a conducir y quiero que todos nos vean.

Ally negó con la cabeza y le indicó que la esperara abajo, puesto que iba a tomar un par de cosas antes de irse. Obviamente, preparó un cambio para ambas de ropa, ya que estarían todo el día fuera en caso de que ocurriera algo fuera de lugar en esa escuela.

Se despidieron de Tracy y, como ella ya se había acostumbrado un poco al cambio de conducción en ese país, pues era lo de menos. Ya quería verle la cara a esa mujer cuando la viera entrar con Astrid a la escuela y no fuera Druso. Sin embargo, ya se esperaban algunas miradas de madres amantes del hockey y también de padres al verla bajar del auto con Astrid y con unas bolsitas de regalos, puesto que Tracy le había dicho que eran para un intercambio de última hora.

Ayudó a la pequeña con su mochila, y ella fue con algunas bolsas hasta el pequeño salón donde ya había sillas para los padres y los alumnos.

—Buenos días. —Ally entró al salón de clases y el silencio fue tanto que se cuestionó seriamente si fue buena idea… sí, fue una excelente idea—. Vengo en representación de Astrid.

—Buenos días —Hazel se acercó a ella y tomó su brazo—. No eres su madre.

—Querida, soy su tutora —se quitó con brusquedad su mano—. Que tú seas su maestra y novia de su padre, es otra cosa —hizo una mueca al verla—. Es una lástima que él no te haya autorizado llevarte a su hija a ninguna parte —subió y bajó la mirada—. No hagas dramas —le limpió el polvo falso—. Eres una novia de un jugador de hockey… —Acercó sus labios a su oreja—. En su familia de vez en cuando suelen usar sus dones de magia.

—Tú…

—Por favor, tenga —le pasó la mochila de Astrid y los regalos—. Lamento no haberlos colocado en la mesita —sonrió sin mostrarle los dientes—. Por favor, no se detenga. Sea una buena novia.

Hazel tensó la mandíbula sin ningún disimulo por su disgusto por verla a ella ahí. Astrid, quien sostenía la mano de Ally, tampoco le quitaba la mirada de encima a la mujer, por lo que de repente y delante de todas las personas le dijo:

—Tú no me gustas como mi mamá —Astrid habló fuerte y claro—. Y Ally es muy buena conmigo, tú no.

—Pequeña… —Hazel trató de sonreírles—. Claro que soy buena contigo.

—No, porque tú dices que soy un estorbo y que no quieres que sea tu hija —señaló—. Te escuché decirle eso a otras personas cuando creías que nadie te escuchaba y nunca has dicho que quieres pasar tiempo conmigo y que tomaste este trabajo porque así podrías atrapar a mi papá con tus…

—Será mejor que comencemos con la actividad. —Hazel se dio la vuelta sintiéndose peor que nunca.

La vergüenza que esas dos le hicieron pasar sería la comidilla de todo el mundo y más si alguna de esas madres influencer se ponía a subir cualquier tipo de comentario en sus redes.

Ally y Astrid tomaron asiento en la parte de atrás, y la pequeña, en un punto determinado de la charla y las presentaciones de la película navideña, se apoyó en su regazo para dormir. Ella le envió un mensaje a Druso de que controlara a su novia, porque si volvía a meterse con ella en ese lugar, el golpe que le daría sería descomunal.

Le envió una foto de ambas sonriendo de oreja a oreja y este le envió otra en el entrenamiento con sus demás compañeros. Tuvo que detenerse un momento, ya que Druso no era de los que se la pasaba hablando con otras personas ni por señales. Vio atrás a Alariel y una sonrisa llena de maldad se asomó en sus labios.

“Por favor, dale mis saludos a Alariel y que no se le olvide que me debe un paseo”.

Tuvo que aclararse la garganta cuando este la dejó en visto y la risa que tenía atorada se le asomó. Ese hombre era un caso perdido. Vio de reojo cómo Hazel no le quitaba la vista de encima y ella, sin ningún tipo de disimulo, se arregló su cabello, mostrándole el dedo del corazón en el proceso.

Si años atrás su padre y ella le hicieron la vida de cuadros, ella le haría un infierno ese noviazgo de mentiras, aunque se llevara a Druso en el proceso.

La película terminó casi dos horas después y Hazel se puso de pie para decir un par de palabras. Ally visualizó a un grupo de mujeres que se encontraba con sus celulares y otra sonrisa malvada se posó en sus labios.

Le susurró algo al oído a Astrid y esta asintió. Hazel les indicó a una madre que se pusiera de pie para entregar algunos bocadillos que ella había hecho y fue el momento perfecto para su plan.

—No, gracias —Ally negó con la cabeza—. A mi pequeña Astrid no le gusta el queso, tampoco las nueces en las comidas…

—Oh, es una pena —la mujer se echó hacia atrás—. Debieron decirle a la maestra.

—Ella ya lo sabe —Astrid hizo un puchero—. Nos hizo escribir una nota con las cosas que podíamos comer y que no —puso sus ojitos de perrito abandonado—. Le dije que, como sería mi mamá, era fácil saberlo después…




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