Apretó el puente de su nariz cuando leyó ese momento tan crítico en su vida que se le presentaba. Hazel lo había llamado histérica porque Ally y su hija la dejaron en vergüenza delante de docenas de padres y estudiantes. Esa mujer lo irritaba al grado de que quería estamparle el rostro contra la pared más cercana, pero se contenía, debido a que si quería acabar con ese hombre, tenía que pensar con la cabeza bastante fría, al menos por el momento.
Al fin tendría a lo mucho una semana completa; ya había reservado tres pasajes de avión hacia Londres para el domingo y las personas de su equipo sabrían de su existencia después de Año Nuevo. Era muy tarde, así que cuando llegara a su casa, quizás Ally y Astrid ya estarían durmiendo.
Se despidió de sus compañeros en cuanto llegó al estacionamiento y, antes de que pudiera siquiera abrir bien el maletero, ya tenía a Richard detrás de él.
—¿Viste las noticias? —Richard se le acercó en el estacionamiento—. Esa mujer y esa niña…
—Solo fueron a la escuela —colocó su maleta en el maletero—. No le veo ningún lío a eso.
—El lío es que esa mujer dejó a mi hija en ridículo y tú no le tomas las llamadas…
—Es que lo que pase ahí no es mi problema —se encogió de hombros—. Ya viste lo que pasó; la verdad es que me tiene sin cuidado —cerró el maletero después de acomodar el equipaje—. Estoy realmente cansado en este momento; quiero ir a mi casa.
—Haz un comunicado, llama a tu agente… a tu publicista…
—No, no llamaré a nadie para arreglar la porquería que ustedes hicieron —masculló girando hacia él—. Les dije que no me importaba en lo absoluto este lío y dejen de amenazarme con quitarme a mi hija.
—Hazel solo hace lo correcto para…
—Para su propio beneficio —se encogió de hombros—. ¿Crees que no sé que estuviste husmeando entre mis cosas y supiste que me quería ir a otro Estado?
—No puedes dejarme —Richard apretó los puños—. Hice mucho por ti, te di todo lo que tienes ahora.
—Me diste lo que tengo ahora, y en más de una ocasión te he agradecido por eso, pero en el momento que supiste que el apellido de mi familia, solo…
—Hice lo mejor que podía hacer por el equipo y tú saliste malagradecido —el entrenador tenía la mandíbula tensa—. Nunca pensé que serías de ese modo tan ruin.
—Jamás lo he sido en realidad —Druso sonrió altanero—. Que conste que esta personalidad la crearon ustedes en realidad —levantó una mano en señal de pereza—. Si me permites, tengo que ir a mi casa a ver a mi hija.
Richar apretó los puños al verlo marcharse con la frente en alto. Sentía que Druso jugaba con su suerte, tanto que le daba pesar ese chico después de todo. Aun así, no podía darse el lujo de que sus patrocinadores se marcharan, que sus negocios de igual modo se fueran en picada y, sobre todo, perder su estilo de vida.
Marcó el número de su hija, la cual respondió al segundo toque y fue más bien con un sollozo.
—Papá —sollozó Hazel con más fuerza que antes—. Todos están hablando de mí… —Lloró casi atragantándose con su propia saliva—. Esa mujer me dejó en ridículo, pero esa niña se pasó mucho. Todos ahora hablan de mí.
—Descuida, cariño —Richard buscó su auto—. Papá se está haciendo cargo de todo; tú sigue con el plan.
—Esa maldita niña me dejó mal parada delante de todos esos padres. —Hazel se limpió las lágrimas. Hay que hacerles pagar por todo.
—Dijiste que Druso nunca se quedaría con ella, por eso…
—Por eso nada, Hazel —Richard se detuvo un momento—. Saliste de ese lugar, no vas a regresar por nada del mundo, así que deja el drama.
—Pero…
—Continúa con lo que hemos hablado en los últimos meses —siseó—. Nada puede faltar, nada puede fallar en este momento tan crucial —se metió en su auto—. Druso se casará contigo sí o sí. Yo me quedaré con mis negocios, mis riquezas y ya está.
—¿Y si descubre todo? —su hija bajó la voz—. Ya la niña llegó a Londres —le recordó—. Su familia es poderosa y tengo miedo de que ellos descubran todo lo que pasó hace años.
—Druso es tan imbécil que no tiene idea de que la niña que encontró hace años en realidad es su hija con esa mujer —sonrió orgulloso—. Tú podrás tener a tu hija, cariño.
—Pero mi hija murió…
—Tu hija será Astrid —apretó el teléfono con algo de fuerza—. Ahora, busca información de esa maldita mocosa, apréndetela de una vez por todas y trata de buscar una alternativa para que Druso pase tiempo contigo —ordenó—. Porque necesitamos que decida quedarse contigo en Navidad.
—No creo que lo haga…
—¡Haz lo que te digo! —gritó enojado—. ¡¿No puedes hacer nada bien?! ¿¡Quieres que te lleve otra vez a ese lugar?!
—No, papi.
—Bien, ahora cálmate, respira hondo, porque esto apenas es el comienzo y no vamos a echarnos para atrás —respiró hondo—. Tú te quedas con Druso, yo me quedo con el dinero. Fin del asunto.
Su hija dijo: Está bien, antes de terminar la llamada de su parte. Ricuard se arregló el cabello e hizo algunas expresiones para que su esposa en casa no sospeche nada de lo que habló con su hija.
En cambio, Druso estaba entrando a su casa cuando de la nada sintió algo diferente. Aunque la nana de su hija se encontraba ahí, la calidez de Ally se notaba por montones. La casa estaba decorada; aun así, no podía quitarse de la cabeza el hecho de que la jodió en grande, puesto que de una u otra forma tenía que irse con Ally a Londres para visitar la tumba de su hija Willow.
Su hermano Niklas le había ayudado para que Ally no se fuera. En cada vuelo que ella programaba, le decían que había una supuesta tormenta de nieve, que no podía salir, que las carreteras a otros estados no se encontraban disponibles y agradecía que sus amigas no hicieran preguntas, aunque lo más seguro es que Nancy supiera de las malas costumbres de su esposo.
—¿Querías mucho a tu bebé? —le preguntó Astrid a Ally—. Debió ser hermosa.
—No la conocí por mucho tiempo —sonrió—. Pero cuando la tuve en mis brazos la primera vez, sentí una hermosa conexión con ella y fue asombroso —Ally jugaba con el cabello de Astrid sobre la alfombra—. Así como la que tengo contigo ahora.