Desastre en el hielo

47. Resultados

Verlos entrar a su casa como si fueran los dueños del universo le dio un tic nervioso en el ojo. En esa pequeña propiedad solo había dos habitaciones, ya que en la tercera estaban las cosas de sus padres y uno que otro recuerdo de cuando era la novia de ese hombre que ahora pretendía hacer creer que todo estaba bien.

—Solo hay dos habitaciones —se rascó la ceja—. La de mis padres y la mía, pero Astrid y yo podemos dormir juntas y tú en…

—No, quiero dormir sola —intervino Astrid—. Tengo que hablar algunas cosas con mis primos temprano y…

—Creo que es mejor que Druso duerma en una habitación o en el sofá —Ally quería morirse en ese momento—. No es necesario que durmamos juntos él o yo.

—Yo no tengo problema en compartir la habitación contigo —Druso se pasó la lengua por los labios—. No es que sea la primera vez que la compartamos y, la verdad, me gustaría pasar tiempo contigo —se encogió de hombros—. Vamos, será divertido.

—Divertido será mi puño en tu rostro —masculló—. Ahora vamos, les mostraré las habitaciones.

—Yo sé dónde quedan —Druso caminó detrás de ella—. Ya sabes, pasaba todo el tiempo aquí cuando venía.

—Fácilmente puedo sacarte de mi casa y decirte que vayas directamente a la casa de tus padres —siseó—. Cállate o atente a las consecuencias.

Druso hizo una línea recta con los labios, manteniéndose en silencio. La primera habitación en la que entraron fue en la de Ally, la cual estaba limpia y la cama seguía siendo la misma, por así decirlo, ya que lo único que había cambiado eran las fundas de almohadas. Astrid se metió entre ambos para entrar de lleno a la habitación y tirarse en la cama y, viéndola desde otra perspectiva, no iba a caber bien en la cama, ni siquiera Druso.

—¡Me encanta! —Astrid comenzó a saltar en la cama—. Todo es tan bonito.

—De acuerdo —Ally rio—. Acomódate todo lo que puedas; es bastante tarde y mañana tendremos que ir a ayudar a Nancy con la cena.

—Sí, está bien. —Astrid asintió.

Druso salió un momento de la habitación para buscar el equipaje de su hija y sacar un pijama del mismo. Ella fue a ver si la habitación de sus padres estaba limpia y, obviamente, lo estaría, hasta con unas sábanas negras y almohadas rojas. Se llevó una mano al rostro al ver que Niuklas y Nancy planearon todo ese lío de habitaciones y que la única persona que no lo sabía, pues era ella en realidad. Estaba realmente harta de Druso y, si se pasaba de la raya, lo tiraría por la ventana hacia la calle.

Lo único bueno de todo eso es que no lo vería más.

Astrid en media hora ya estaba dormida; el viaje y más la adrenalina del momento la agotaron por completo. La pequeña se acomodó bastante bien en su cama y ella hizo silencio lo más que pudo al guardar las cosas en el closet que en algún momento fue de sus padres. Ahora que se quedaría en esa casa, era lo mejor el poder acabar con el pasado en cierto modo.

—¿Vas a quedarte aquí de forma definitiva?

—Sí, lo haré —Ally asintió—. No creo que sea tan malo después de todo.

—Era la habitación de tus padres —Druso pasó saliva en seco—. Digo, con eso de que muchas veces es mejor mantener las cosas en su lugar de origen…

—Lo haré después —ella se aclaró la garganta—. Como se van a quedar aquí hasta después de Año Nuevo, podemos mantenerlos en esta habitación por el tiempo que sea necesario —se encogió de hombros restando importancia al asunto—. Yo soy la que se quedará aquí.

—¿Qué dijiste? —la voz de Druso casi se perdió en el proceso—. ¿Cómo es que te vas a quedar aquí?

—Sí, ya que no le veo caso alguno en seguir viviendo en tu casa si ya no trabajo para ti —señaló las maletas—. Me traje todo lo que me pertenecía y que compré con mi dinero; lo demás lo dejé allá porque no es para mí nada de eso.

—Hay cosas que se deben hablar y no solo quedarse callado. —Druso la miró con incredulidad—. ¿Solo te vas y ya está?

—¿Tienes la cara para decirme que no tengo que quedarme callada para las cosas? —apretó los puños—. ¡Fuiste tú quien se comprometió y me dejó de lado!

—¡Ya te expliqué lo que pasó! —Druso levantó las manos exasperado—. ¡Te dije que me iba a quitar a Astrid!

—¡Pues no te la quitaron! —gritó de regreso—. ¡Podríamos solucionarlo todo! —señaló—. La ley te protegía de cualquier cosa porque te la encontraste en la basura y eso ya era un punto a tu favor, aparte de los momentos que la cuidaste.

—Pues no es tan fácil…

—¡Sí era fácil! —lo empujó—. Pudiste pedirle ayuda a tus hermanos, a Niklas, al FBI, a la CIA, al presidente o a quien sea, pero decidiste hacer todo tú solo.

—Porque nadie podía…

—Sí, todos podíamos ayudarte; no obstante, tú decidiste hacerlo solo, sin importar nada de lo que yo pudiera sentir —se apuntó a sí misma—. ¿Te importé en algún momento?

—Me importabas tanto que todavía siento que mi corazón quiere salirse del pecho al verte, oírte o tocarte por unos segundos —él pasó saliva—. Lo sé, me equivoqué al no decirte, al no dejarte saber lo que ocurría.

—Me da igual ya —murmuró negando con la cabeza—. Si me permites, tengo que cambiarme de ropa.

Druso se le quedó viendo por unos segundos antes de asentir y cerrar la puerta detrás de él. Ella al fin pudo dejar salir el aire que tenía en los pulmones; sin embargo, fue hacia su bolso y cerró la puerta con seguro. Se sentó en la cama y vio que su nombre estaba escrito en el sobre con los resultados. Ella quiso abrirlo cuando estuvo en el laboratorio, pero el terror de que se dieran cuenta de algo le ganó.

Había quedado en shock por unos minutos, ya que una familia se enteró en su momento de que perderían a un miembro debido a una enfermedad y cómo ya tenía a Druso esperándola con Astrid.

Se mordió el labio inferior con cautela y quitó el pegamento del sobre. Ni ella misma se podía creer lo que se llevó de las palabras de sus amigas y pensó que se estaba volviendo loca. Durante unos minutos se quedó quieta, observando a la nada, y pensó en todos los buenos momentos que pasó con Astrid, esos momentos tan hermosos que ella sin duda alguna se quedó a su lado.




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