Peinaba con cuidado su cabello y las lágrimas amenazaron con salir de sus ojos en ese momento. Estaba segura de que parecía una mujer patética, pero no tenía más opción que decirle a Druso que durante esos meses, esas personas le estuvieron viendo la cara de estúpidos y que ambos fueron víctimas de personas crueles.
Tenía los regalos que le llevaría a Willow, la prueba de ADN con el nombre falso que usó para que se lo dieran, y con la fe en el Dios que siempre estaba con ella. Druso y Astrid la esperaban en la sala de la casa con el cambio de ropa, una canasta de comida y también con bebidas.
—Es hora de irnos —Ally amarró bien la correa de su bolso—. Nos espera un pequeño camino lleno de hielo y nieve.
—Está bien. —Druso tomó el bolso con la ropa—. Ya llevé la comida al auto.
—Me imagino que veremos a tu bebé. —Astrid la miró con pena—. No sé si es buena idea que yo vaya.
—Tienes que ir con nosotros, amor —Ally tomó su mano—. Es importante que vayas y sepas algunas cositas que sé que vas a entender.
—¿Estás segura de que es buena idea que Astrid vaya? —Druso cuestionó con duda—. Es una niña…
—Una niña muy inteligente que sabe bien lo que es bueno o malo en la vida.
Druso se le quedó observando durante unos minutos antes de asentir con la cabeza. El camino hacia el cementerio fue entre preguntas acerca de cómo era la tumba de su hija y de si ella no se iba a enojar. Niklas le había conseguido uno de los lugares más solicitados de todo Londres y que nadie podía entrar siquiera con un pase a menos que el familiar así lo quisiera. Ally dio su nombre en la entrada y el guardia revisó en el sistema y los dejaron pasar.
Hizo una mueca al ver que varias personas estaban ahí para darles un adiós a sus familiares.
Dejaron el auto aparcado y caminaron agarrados de las manos con las flores que colocarían en la tumba de Willow y con los regalos que dejarían. No negaría que a lo mejor sería su primera y última visita, ya que esa niña no era su hija biológica, pero haría todo lo necesario para que nada le faltara y poder ir de vez en cuando a visitarla cuando tuviera tiempo libre.
—Es aquí —Ally señaló la lápida que tenía el nombre de su hija—. Es la niña que me entregaron hace cinco años en ese hospital —miró nuevamente el nombre escrito—. Willow era el nombre que deseaba ponerle, por su significado, por su hermosura y por la fuerza que trae.
—Lo sé… —Druso pasó saliva en seco—. Me lo habías dicho hace un tiempo.
—Y tal vez fue un error habérselo dado en cierto modo —se puso de cuclillas y quitó las flores secas que ya tenía—. Quizás algunas cosas que fueron buenas en su momento.
—Lamento no haber estado contigo cuando trajiste al mundo a nuestra hija y no poder detener a las personas que te hicieron daño. —Druso se acercó y se puso de cuclillas—. Haré todo lo que esté a mi alcance para remediarlo.
—No tienes que hacer nada, al menos no ahora —fue colocando los juguetes a su alrededor—. Ya puedes abrir tu regalo de Navidad.
Druso soltó la mano de Astrid y sacó del bolso de regalos la cajita que Ally le había dicho que no podía abrir hasta ese día en especial y lugar. Ella vio de reojo la forma en la que quitaba de inmediato el seguro de la cajita. Lo primero que sacó fueron unos zapatos de color rosa que ella misma había tejido durante la travesía para llegar a Minnesota en su búsqueda.
—Una mujer me enseñó mientras cruzábamos a tejer y a hacer más modelos de bisutería con lo que tenía —sonrió al recordarla—. Ella tenía consigo a una niña de no más de tres años y me enseñó algunas palabras en el español que no conocía.
—Debió ser difícil…
—Lo fue, más porque estaba embarazada y estaba vetada por donde sea por culpa de tu madre —señaló la cajita—. Sigue, hay algo que tienes que ver en este momento que te asombrará.
Druso hizo un sonido afirmativo y Astrid ayudó a Ally a colocar los otros juguetes y acomodar las flores. Eran unas flores tan bonitas que le daban hasta deseos de ponerse a llorar, ya que por cinco años estuvo viendo y velando por justicia por una niña que no era su hija y que lo mejor ya su familia ni vivía.
Ally sacó de su bolso la prueba de ADN que hizo y agarró las manos de Astrid, y ambas miraron a Druso cuando le pasó el sobre a medio sellar. Este dejó de ver las pequeñas cosas que hizo durante el camino; incluso había una carta que no había leído y le prestó atención al sobre que tenía el nombre del laboratorio al que fueron.
—Esto es una prueba de ADN tuya con otro nombre…
—Es una prueba de ADN que confirma que Astrid es nuestra hija —le soltó al fin—. La niña que me entregaron hace años sin vida no es nuestra hija.
—¿Qué? —preguntaron tanto Druso como Astrid sin poder creerlo.
—La niña que encontraste en ese basurero es nuestra hija —miró a Astrid—. Tú eres mi hija, mi pedazo de corazón que se me fue arrebatado hace años.
Druso dio pasos hacia atrás sin poder creer lo que estaba leyendo.
¿Astrid todo ese tiempo había sido su hija biológica?
—Esto es…
—Cierto —Ally se puso de pie—. Hice la prueba; esto lo confirma.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—No te lo dije porque sé bien que irías corriendo a decirle a Hazel y Richard que tienes sospechas de que haría eso —se limpió las mejillas—. Puedes hacer una prueba aquí, pedirle ayuda a tu hermano o como gustes, pero sé que Astrid es mi hija y la tuya —lo encaró—. El parecido que hemos tenido ambas, los gestos, la forma de comer, la comida y cómo caminamos ya me estaba dando una idea, pero no quería aceptarla.
—Pero es imposible…
—No, no lo es —bajó la mirada hacia la pequeña que estaba casi llorando de la emoción—. Mis amigas me quitaron la venda de los ojos, me hicieron ver que no estaba loca y que esta pequeña sí es mi hija por el parecido.
—Es que no entiendo…
—¿No entiendes que te estuvieron viendo la cara de estúpido por años? —siseó sin soltar la mano de Astrid—. Ahí está la prueba. Astrid es nuestra hija y no Willow —apuntó—. ¿No te pones a pensar siquiera por qué tantas trabas? ¿Por qué ahora de la nada apareció esa mujer llamada Hazel?