Ally se removió debajo de la cama todo lo que pudo, pero el brazo que la tenía rodeada era demasiado fuerte como para apartarlo de un tirón. Druso se había dado la vuelta la noche anterior, invadiendo su espacio personal como si ella le hubiese dado ese poder de hacerlo. Bufó quitándose de un tirón el brazo que se cernía sobre ella sin ningún preámbulo y dejó que al fin su cuerpo pudiera respirar en paz. Druso era un hueso duro de roer y, desde que comenzaron a verse después de tantos años, parecía ser más una molestia en su camino.
Este se dio la vuelta, quedando con la vista en el techo, por lo que ella aprovechó para escabullirse en el baño. Tenía que hacer unas remodelaciones en la casa, ya que esa era la habitación de sus padres y las paredes necesitaban unas buenas mejoras… y ella necesitaba dinero.
Hizo sus necesidades y, después de un baño matutino, se dispuso a ir a la habitación de Astrid, dejando a Druso dormir. La pequeña estaba recién despertando cuando entró a la habitación y, por la sonrisa que le dedicó, supo que ella estaba ahí para verla.
—Hola, pequeña —le ayudó a sentarse en la cama—. ¿Dormiste bien?
—Muy bien, tu cama es muy cómoda. —Astrid se estiró.
—Es la cama que uso desde que estaba en la secundaria —bromeó—. Ya es hora de cambiarla.
—¿Haremos una supercompra? —preguntó con sus ojitos brillosos de emoción—. Tenemos todavía la tarjeta de papá.
—Oye, ya te has vuelto una cosita muy ambiciosa —le pellizcó la nariz—. Podemos ir a gastar dinero; de todos modos, hay que hacer algunos cambios.
—La casa de tus papás es bonita.
—Parece una caja de muñecas. Aparte de que la casa que tienes en Minnesota es diez veces más grande que esta —estiró su mano para darle una pequeña caricia en la mejilla—. Tienes una vida allá.
—¿Entonces no me quedaré contigo? —preguntó ella en un murmullo—. Eres mi mamá de verdad y las mamás tienen que estar con sus hijos.
—Yo no tengo un trabajo, allá no podré estar en las nubes como me gusta —le habló con calma—. Aquí podré regresar a mi trabajo, a lo que me gusta, pero iré a visitarte cada vez que pueda.
—Mamá…
—No llores, mi amor —le limpió las mejillas—. Estás en la escuela, es por eso —su voz sonaba tranquila, pero quería llorar también—. Verás que luego podemos estar juntas.
—Hablemos con mi papá y él puede dejar que estudie aquí con mis primos en la misma escuela —propuso la pequeña—. Yo no quiero estar allá.
—Legalmente, eres su hija —le dio un golpecito en la nariz—. Sin embargo, pronto serás legalmente hija de ambos. Solo necesitamos ordenar un par de cosas y ya podremos estar juntas, tomarnos de las manos y me dirás mamá cuando quieras y en donde desees.
—Así no quiero…
—Hablemos de eso luego —le ayudó a bajarse de la cama—. Tenemos una tarjeta que vaciar, cuentas que pagar y luego iremos a ver a tu abuela.
—La abuela da miedo…
—Da más miedo que no tengas el apoyo de las personas y que tus hijos deseen verte muerta —Druso entró a la habitación—. Buenos días.
—Buenos días, papi —Astrid bajó de la cama—. La abuela es muy mala, pero nosotros no vamos a ir a su casa a verla, sino a decirle a todos que soy tu hija de verdad y que el abuelo se puede meter la herencia que dijo que no me daría, por el cu…
—Hey, hey —Druso le tapó la boca—. Esa boca.
—Lo aprendí en la escuela.
Ally puso los ojos en blanco, porque esas palabras no deberían salir de la boca de una niña, menos de ella. Esa escuela estaba perdiendo su credibilidad.
—Iré a darle un baño a Astrid —informó Ally—. Puedes hacerlo tú en mi baño, y nos iremos.
—No sé a dónde iremos…
—Vamos a comprar algunas cosas para la casa que necesitan remodelación —le informó—. Después iremos a un laboratorio para hacer la prueba de ADN que se necesita, pero debe ser en un lugar donde nadie sepa.
—Le preguntaré a Yilda si están disponibles las pruebas de ADN.
Aunque él tenía el poder de su familia y acciones ahí, lo que menos deseaba era tener algo que ver con cosas de su familia. En lo que Druso se daba una ducha, ella hizo lo mismo con Astrid, dejándola ya cambiada en la cama y ella metiéndose en el baño del pasillo para ganar tiempo.
—¡Que no se te olvide secar el piso del baño! —le gritó a Druso—. ¡Lo dejas húmedo otra vez, y tendrás que levantarte a matar los mosquitos!
—¡Sí, señora!
Una hora más tarde, ella terminaba de hacerle el peinado a Astrid y Druso buscaba en Google una gasolinera confiable para llenar el tanque. Ella tenía una lista de las cosas que iba a comprar, las remodelaciones de la casa, y pensó que este le diría algo, aunque sea en broma, pero Druso estaba muy emocionado por colocar las verjas en la entrada.
—Ya llamé a mis hermanos —Druso informó—. Yo iré mañana a una pista de hielo a entrenar un poco.
—Pensé que ya no lo harías, porque no estás siguiendo una dieta.
—Descuida, que romperla de vez en cuando no es malo —Druso se encogió de hombros—. Voy a tomar entrenamiento aquí. Así no perderé el ritmo.
—Espero que las personas de tu equipo no se sientan enojados contigo por abandonarlos en plena temporada.
—Está bien.
Salieron de la casa con rumbo a hacer las compras como si fueran una familia feliz. Ahí Druso no tenía tanta fanaticada, pero a lo mejor alguien amante del hockey americano lo reconocería si lo viera y subiría fotos de ellos a las redes sociales. Le daba igual lo que esa familia de locos hiciera, mientras su hija estuviera bien, pues era igual.
Las compras que hicieron fueron desde ropa nueva para los tres hasta un nuevo dispositivo para Ally, ya que el teléfono que usaba no tenía una buena cobertura ahí y le sería más caro a largo plazo. Hasta compraron un sistema de seguridad que sería instalado en los próximos días.
Había visto de todo en su vida, pero nada se comparaba con el sin límite de la tarjeta de Druso; el dinero parecía ser más un lujo que una necesidad en su vida.