Desastre en el hielo

55. Esquizofrénica

Estaba literalmente debajo de un cuerpo alto, musculoso y que no tenía intención de irse. Le dolía el cuerpo en partes que no pensó que volvería y la cabeza le estaba martillando como si hubiese bebido la noche anterior. Al estar nevando, el sol no dará señales de vida en mucho tiempo. La noche anterior estuvo con Druso, bajo el mismo techo, la misma cama, y ha de saber Cristo si la mesa resultó estar bien parada.

—Quédate quieta —Druso la abrazó contra su cuerpo con más fuerza—. Un rato más.

—Hay que ir por Astrid…

—Hablé con mi hermano y ella está muy bien viendo películas con Joshua y Yoman —recibió un beso en su cuello—. Aparte de eso, si ves la nieve caer, es obvio que no va a parar en mucho rato.

—No tiene ropa —quiso volver a moverse.

—Nancy se encargó de eso —Druso suspiró contra su cuello—. Extrañaba tanto esto. Incluso, lo pequeña que era tu cama.

—Es la única que tengo —murmuró—. Aunque la voy a cambiar.

—Sí, necesitamos una más grande —Druso lamió su cuello con cuidado—. Hablé con Niklas y le hará saber al abuelo lo que necesito.

—¿A qué hora hablaste con él? —se giró para verlo—. Porque…

—Es un poco tarde —rio entre dientes—. Hablé con él hace una o dos horas cuando lo llamé para saber cómo estaba Astrid y si había llorado debido a lo que sucedió la noche anterior —volvió a dejar otro beso—. Es por eso que tenemos todo el día para nosotros dos.

—Voy a darme un baño. —Ally quiso quitárselo de encima—. Déjame…

—Ya nos dimos un baño —Druso le dio la vuelta—. Mira qué sonrojada estás ahora y no precisamente porque quieras otra cosa.

—Yo soy una mujer —le recordó con el calor subiéndole las mejillas—. Y no volveremos a hacerlo.

—Da igual —él al fin la soltó—. No creo que puedan venir las personas que harán las remodelaciones y tú necesitas una nueva casa temporal en lo que hacen los arreglos.

—Lo sé, pero yo no puedo darme el lujo de…

—Puedes quedarte en el penthouse que era de Niklas; ya se convirtió en un condominio familiar —bromeó—. Primero Nancy, luego Yilda y ahora tú —rozó su mejilla con el pulgar—. Sé que no quieres regresar y que necesitas este trabajo, porque es tu sueño.

—Lo es… y siento a veces que Sariel se echa la culpa de lo que sucedió en Minnesota, ya que fue la que me metió en ese trabajo como azafata porque pensaba al inicio que yo era una fanática…

—Hay que agradecerle entonces porque nos reunió y gracias a ella nos dimos cuenta de que Astrid es nuestra hija. —Druso se sentó y apoyó su espalda en el cabecero de la cama—. Posiblemente, pague los gastos de su boda.

—Su boda será la más grande de todas —se quitó las sábanas—. Voy a alejarme de ti ahora.

—Ally, tenemos que hablar de lo que pasó anoche —Druso la tomó del brazo—. No puedes huir de mí porque quieras, no es justo.

—La vida no es justa, pero hay cosas con las que tenemos que lidiar todos contra todos —murmuró desviando la mirada—. Lo de anoche se queda en eso, en algo que pasó de una noche y ya está.

—¿Es en serio? —Druso la miró sorprendido—. ¿Es todo?

—¿Quieres que te diga que volví a cometer un error contigo? —ella señaló—. ¿Es lo que quieres? —levantó las manos—. Porque puedo decirlo.

—No, no fue un error —Druso bajó de la cama—. Lo que hicimos anoche fue algo que deseábamos.

—Pues sí, es algo que queríamos y deseamos en todo momento, pero…

—Pero no cambian las cosas, porque no hay un nosotros y no lo habrá jamás —le recordó—. Estás en una relación pública con una mujer que te hizo creer que era la madre de nuestra hija; te dejaste engañar por años por tu entrenador —continuó enumerándole todos los fallos—. Ni siquiera investigaste algo acerca de lo que pasó.

—¿Y tú lo hiciste? ¿Continuaste…?

—¡¿Cómo iba a buscarte si tu madre hizo todo para que no pudiera acercarme a ti?! —gritó enfurecida—. ¿¡Crees que para mí fue fácil creer que mi hija había muerto!?

—¿Yo soy el culpable ahora?

—¡Los dos lo somos! —lo empujó—. Fuimos culpables los dos y ahora estamos cargando con los pecados del otro —respiró hondo—. No regresaré contigo y si quieres frustrarte por lo que pasó anoche, pues hazlo. Da igual.

—Voy a solucionarlo…

—¿Qué vas a solucionar? —rio con sarcasmo—. ¿El hecho de que tu madre nos jodió la vida?

—Solucionaré lo que hicieron Richard y Celia —respondió Druso con naturalidad—. Y volveré a buscarte.

—Haz lo que quieras, pero mi respuesta será la misma…

—Puedes… puedes quedarte con Astrid aquí —sus hombros se hundieron—. Haré las gestiones para que sea aceptada en la escuela a la que va mi hermano y tú puedas tenerla.

—¿Qué? —su voz sonó como un eco lejano—. ¿Harás qué cosa?

—Es lo mejor para ella, que esté aquí contigo que conmigo en Minnesota. —Druso pasó saliva—. Por más que desee protegerla, no tengo los medios para cuidarla todo el tiempo; ni siquiera Tracy podrá hacerlo.

—Lo que dices…

—Prefiero que esté contigo aquí, que conmigo en Minnesota —él sonrió con amargura—. Es una decisión apresurada; sin embargo, Astrid te ama desde el primer momento que se vieron.

—Si así lo quieres, está bien —asintió—. Tengo… tengo que irme —susurró un poco confundida.

Druso no la detuvo cuando quiso salir de la habitación escapando de él. Ella se refugió en la cocina en busca de algo por hacer, porque tenía la mente hecha un lío. El timbre de la casa fue tocado y vio que era el chofer de Niklas, según recordaba.

—Buenos días —el hombre sonrió—. El señor Lemann le envía esto.

—¿Qué es? —tomó el sobre manila que se veía bastante espacioso.

—Es algo que solicitaron el día anterior y que el señor Gian les envió conmigo por precaución —el hombre se encogió de hombros—. Que tengan un buen día, aunque ya veo que tuvo una excelente noche.

Ally sintió que todos los colores se le instalaron en el cuerpo e intentó taparse las marcas, pero ya Lerman las había visto. No cabía duda de que ese hombre tenía las mismas mañas que su jefe. Cerró la puerta una vez que Lemann se marchó y se cuestionó si ese hombre no tenía una familia, porque Niklas lo tenía trabajando en plena época navideña.




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