Desastre en el hielo

59. Anillo de promesa

Los días pasaron con buen auge y ella pudo despedirse al fin de ese año que le dio tantos problemas y dolores de cabeza. Estaban de regreso a la ciudad después de pasar el Año Nuevo ahí en esa cabaña. Tenía las fotos de esos días y cada una mejor que la otra. Las imprimiría y haría un par de cositas con otras.

—¿Cuándo te irás a Minnesota? —preguntó Ally sin dejar de ver las fotos—. Quiero saber para…

—Me iré mañana temprano. —Druso la miró de reojo—. Es debido al cambio que se hará para las semifinales.

—Me parece bien —le envió una foto de ella a Alariel—. ¿Y la documentación de Astrid?

—La enviaré la próxima semana —continuó el jugador—. ¿Qué es lo que tanto ves ahí?

—Veo simplemente unas fotos. —Astrid lo miró de reojo—. No es algo que te importe.

—¿Qué no me importa? —bloqueó su celular—. Conformate con saber que tenemos una hermosa bebé que duerme atrás —miró a su hija—. ¿No te emociona tener una hija así como ella?

—Me llevo emocionando desde que Astrid tiene horas de nacida —Druso chasqueó la lengua—. Deja de comportarte como una niña. Es realmente molesto tener ahora que discutir por cualquier cosa.

—Cuando tenga un trabajo, podemos tener una conversación normal —le guiñó el ojo—. Aunque, fuera de broma, espero que te traiga problemas tomarte ese tiempo.

—No te preocupes. —Druso negó con la cabeza—. Ya les daré un ultimátum en su momento a esas personas.

Ally asintió y tomó la manta que había llevado para el viaje y puso el asiento de forma cómoda para poder dormir. Podía ser la peor copiloto del universo, pero confiaba en el hombre a su lado y solo lo estaba haciendo sufrir. Druso se detuvo, al igual que los otros, en una gasolinera, ya que por lo visto necesitaban vaciar sus cositas.

Fue con su hija hasta el baño de chicas como las demás, en lo que los hombres se quedaban llenando los tanques por precaución y dándole un pequeño chequeo al auto. Aunque era temporada de nieve, era mejor prevenir que lamentar.

Las siguientes horas de camino fueron con ella tratando de no dormirse y con Druso teniendo una conversación con sus hermanos a través del teléfono. Cuando al fin llegaron a su casa, era muy tarde y solo quería una bella y hermosa cama.

—Mañana iremos a llevarte al aeropuerto. —Ally se quitó el abrigo—. Alquilaré un auto…

—Puedes quedarte con el que uso. —Druso se encogió de hombros y dejó a su hija en el sofá—. O puedo comprarte…

—¿Me comprarás un auto? —enarcó una ceja—. Lo quiero de último modelo.

—No hay problema.

—Es una broma. —La sonrisa de Ally se borró por completo—. No lo dije en serio.

—Para mí, no es ninguna broma. —Druso la miró fijamente—. Voy a dejarte un auto para que puedas usarlo las veces que necesites y puedas desplazarte con nuestra hija por donde gustes. Porque no creo que algún servicio público pase tan cerca de aquí y sería un enorme retraso.

—Gracias, supongo…

—No importa —Druso se giró hacia su hija—. Vamos a darte un baño y a dormir.

—¿Te vas a ir por mucho tiempo? —Astrid miró a su padre con los ojos llorosos—. ¿No veré a mi nana otra vez?

—Podrás hablar con ella todos los días si quieres —él prometió—. Le daré el número de Ally de aquí para que puedan hablar, y tienes que entender que tu nana también necesita unas pequeñas vacaciones, porque ya está muy mayor para cuidarte.

—Está bien —Astrid se limpió los ojos—. Hablaremos todos los días, ¿verdad?

—Sí, todos los días hablaremos y tú me contarás cómo fue tu día en la escuela —se agachó para tomarla en brazos—. Es como si yo fuera a jugar a otro lugar y tú te quedas en la casa.

—Pero…

—Vamos a desempacar —pidió Ally rompiendo la charla que ellos estaban teniendo—. Hay que hacer algo de cenar o pedirlo.

—Es mejor pedirlo, porque no hay nada que comer aquí que sea comestible y que no haga daño en el proceso.

Ella asintió, dejó que Druso la llevara hasta la habitación y esperó pacientemente a que todo en la casa estuviera en completo orden. Pidió algo de comida y fue a darse un baño, indicándole a Druso que estuviera pendiente de la puerta cuando llegara el repartidor, ya que él se había dado un baño al igual que Astrid.

Lavó su cabello con todo el cuidado del mundo, mientras sus pensamientos iban y venían en los acontecimientos de los últimos días en esa casa alejada de todos. Había caído por Druso en más de una ocasión en ese sitio, olvidándose de que debía cuidarse, pero como había pasado tanto tiempo que no tenía intimidad con nadie, pues no era algo realmente relevante en ese instante.

Sus pensamientos recayeron otra vez en la noche que fue a buscar y, por inercia, llevó una mano hasta su abdomen, en donde albergó a su hija durante meses, mientras cruzaba la frontera sin un plan aparente en su vida… Solo quería hablar con Druso para decirle que todo estaba bien, pero había otras personas realmente malas que no deseaban que su relación estuviera sana y salva.

Minutos más tarde, escuchó el timbre ser tocado y los pasos de Druso moverse por la casa. Ella buscó algo cómodo después del baño y, cuando iba a salir, Astrid abrió la puerta de la habitación y la vio fijamente.

—¿Acontece algo, cariño?

—¿Ya no quieres a mi papá como antes? —cuestionó con su carita llena de interrogación—. Mi papá hizo mal, pero sé que te quiere mucho.

—Escucha, cariño —se puso a la altura de ella y se aseguró de que Druso no estuviera cerca—. Tu padre ama el hockey y sé que si yo le digo que se quede aquí, no irá por ese título —sonrió triste—. Yo amo estar en las nubes, en un avión y viajar por el mundo, pero no puedo retenerlo conmigo.

—Pero…

—Hasta que él no resuelva el problema en que solito se metió… —Tomó un mechón de su cabello—. Yo no puedo ayudarlo en eso y más que no me lo permite.




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